jueves, 24 de septiembre de 2015

Las plantaciones en El Caribe y su impacto en todos los ámbitos, 11


TEMAS SOBRE HAITI, REPUBLICA DOMINICANA Y EL CARIBE

 

Las plantaciones en  El Caribe y su impacto en todos los ámbitos,  11

 

Por: Mu-Kien Adriana Sang

 



@MuKienAdriana

 

 

BARCOS NEGREROS

En su itinerario de horror
barcos negreros vomitan cadáveres en una mar de topacio
anidan en el viento voces quebradas por el látigo
trapiche oxidado por un dolor ancestral
areito fúnebre
batey desolado
aluvión sangriento
sudor que al tocar la tierra se convierte en sangre
miradas de sal derretidas por el sol
cadenas que atan a la quimera al canto de las luciérnagas
luna de que todas las noches llora sobre las ceibas
caminos de luto y gloria
cruces clavadas en el útero de la inocencia
corazas plateadas en donde se enseñorea la muerte
pasos que se pierden entre las sombras en donde se cobijan los sueños
pechos reventados por un rayo carnívoro
grito diluido en la memoria de una raza que se extinguió en su heroísmo
llora el tiempo en el pecho de la noche que el viento enlutece
isla perdida en la ruta del sol
antigua y ambigua
ubicada en un cateto de azúcar y sangre
puerta de jade por donde penetraron los caballos apocalípticos
a perforar con sus arcabuces la tierna inocencia de los Brigada cimarrona Sebastián Lemba.

 

Retomamos esta semana con el interesante ensayo del colega y muy querido amigo, Wenceslao Vega[1] titulado “El cimarronaje y la manumisión en el Santo Domingo colonial. Dos extremos de una misma búsqueda de libertad”.  En esta entrega hablaremos del paso de la economía de plantación azucarera a la economía del hato. Comienza su planteamiento diciendo que el siglo XVIII fue para el Santo Domingo colonial hubo un cierto aumento poblacional a partir de 1718, una vez se superó la crisis producida con las Devastaciones de Osorio un siglo antes.  El ligero aumento fue el producto de la renovación de la producción azucarera, que siguió aumentando hasta que hubo una gran corriente migratoria hacia otras colonias cuando se firmó el Tratado de Basilea del 1795. La salida casi abrupta de los azucareros provocó la necesidad de buscar alternativas de subsistencia. Por esta razón se inició la economía del hato ganadero. Existían grandes diferencias:

 

 En la plantación existió un conglomerado poblacional central, donde estaba el ingenio propiamente dicho, con sus calderas, hornos y demás maquinarias, los almacenes, oficinas casas de los capataces y técnicos, casa del amo… los barracones de los esclavos, los corrales de los animales, las bodegas y otros almacenes para las piezas de las maquinarias y los de los productos terminados. Allende…estaban los campos de caña sin un árbol… Todo lo que había en la plantación tenía un uso, no había áreas ni terrenos baldíos, pues a todo había que sacársele provecho.  [2]

 

El hato, a diferencia de la plantación azucarera era una gran extensión de sabanas donde crecía libremente la hierba y los árboles, ofreciendo sombra a los hombres y las bestias.  Los requerimientos eran mínimos:

 

Una casa, choza apenas, para el amo, algunos cobertizos para dormir los animales, y en derredor, dispersas chozas más rústicas aún para los peones y los esclavos. Cerca de la casa del amo, algún conuco u hortaliza para la manutención de todos. Lo demás eran extensos pastizales sin cercas ni empalizadas que los dividieran, donde vagaba suelto el ganado. A lo lejos…las monterías que escondían el ganado escapado, llamado también cimarron y donde solo muy de vez en cuando se penetraba para buscar esas reses…[3]

 

Vega también establece una gran diferencia en el régimen de propiedad entre el hato y las plantaciones.  Afirma que el hacendado azucarero necesitaba un título específico y claro sobre el derecho de propiedad de la tierra, así como también la especificación de la extensión de la tierra poseída. El título de la tierra provenía de cédulas reales dadas por la corona o sus representantes; mientras que el hatero ocupaba tierra marginal, de poca calidad, pero de mucha extensión, que si bien su título podría rememorarse a sus antepasados, pero primaba el sistema de los terrenos comuneros. Concluye diciendo:

 

Habiendo una diferencia tan marcada entre la plantación y el hato, necesario es pensar que la hubo también en la vida de los seres humanos que habitaban en esos dos tipos de explotaciones rurales.  El esclavo de la plantación, como ya vimos, era objeto de la mayor utilización por su amor, quien requería sacarle el mayor provecho y en el menor tiempo y cuando no le era útil  lo descartaba como inservible y compraba otro en su lugar.  El hatero, por el contrario, que vivía en un ambiente pre capitalista y donde no usaba casi el dinero, no tenía que comprar nuevos esclavos…[4]

 

Finaliza esta parte de su intervención diciendo que existió una gran diferencia entre el trato al esclavo de plantación y del hato ganadero en la colonia española de Santo Domingo durante los siglos XVII y XVIII, sin que esto signifique que hubo caridad o benevolencia, sino que fue el fruto obligado de diferentes modos de producción y estilos de vida.

 

Wenceslao Vega llega a la misma conclusión de los demás historiadores: en el Caribe hispano el modelo de plantación no tuvo las mismas características que en los demás caribes. En el caso dominicano la plantación fue mucho más corta que en Puerto Rico y Cuba. Nació, creció, se desarrolló y pronto desapareció, dejando espacio para el nacimiento de una nueva forma de economía: el hato ganadero; modelo económico que fue a todas luces, dentro de la perspectiva estrictamente económica, un retroceso.

 

La verdad es que el tema de las plantaciones ha permitido indagar, husmear, buscar explicaciones.  Este Caribe nuestro, muy nuestro, es definitivamente, fascinante y rico. Nos vemos en la próxima entrega.



[1] Wenceslao Vega Boyrie, “El cimarronaje y la manumisión en el Santo Domingo colonial. Dos extremos de una misma búsqueda de libertad”,  Trabajo presentado en el curso Azúcar y esclavitud en el Caribe,  para optar al Doctorado en Historia de América de la Universidad de Sevilla, Santo Domingo, 2001. Publicado en la Revista Clio 2005, No, 170-05.
[2] Ibidem, p.75
[3] Ibidem.
[4] Ibidem, p. 76.

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