lunes, 4 de marzo de 2013


 
 
 
 
 
De dónde vengo
y
A dónde voy
Ensayos para una Autobiografía
existencial
 
 
POR:
MU-KIEN ADRIANA SANG
 
 
 
 
 
A papá porque habiendo arriesgado su vida zarpando a la aventura,  supo echar raíces en la  tierra que lo acogió.
A mamá por haber sido la mejor su amor incondicional
A Rafael por enseñarme el significado  del amor verdadero
A Rafael, Arancha, Rocío  y Rafael Eduardo por completar el sentido del amor y la familia
Al inmenso universo de  mis hermanos, hermanas, cuñados, cuñadas, sobrinos y sobrinas
Por nuestros lazos de amor filial y respeto, a pesar de nuestras diferencias


 
UNA EXPLICACION NECESARIA: 
 


Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos  de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores.  Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre,  de las semillas que en él fecundaron o no lo hicieron,  o dejaron de hacerlo, y del momento aquél, el único en que es diosa.  Una mujer es la historia de lo pequeño, lo trivial, lo cotidiano, la suma de lo callado. Una mujer es siempre la historia de muchos hombres. Una mujer es la historia de su pueblo y de su raza. Y es la historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer que fue alimentada por la anterior  para que ella naciera una mujer es la historia de su sangre. Pero también es la historia de una conciencia y de sus luchas interiores…. es la historia de su utopía.” Marcela Serrano, Antigua vida mía
 
“Este es el libro de mis nostalgias la nostalgia por el decir no dicho, por ese mar de sensaciones inexplicables en la cotidianidad y a propósito de ella; por mi pueblo natal hecho de polvo, de geografía y de unas particularidades que he creído muy suyas; la nostalgia también de mi país, el que fue; de mis calles, de mi barrio de adolescente; de la vida y de la muerte que llevan en ellas tantas nostalgias infinitas...” Ida Hernández Caamaño, Viajera del Polvo.


 

Abandono por un instante los documentos que durante muchos años me han ayudado a hacer la reconstrucción histórica.  Me olvido de los cientos de libros de necesaria  consulta para poder entretejer un discurso coherente, de algún trabajo de investigación.  Desde hace unos días he dejado de escuchar los discursos, desagradablemente estridentes, de los líderes políticos en pos de ganar simpatías populares.  No me interesa ahora conocer cuáles fueron las últimas publicaciones de los intelectuales nacionales o extranjeros. No quiero escuchar las últimas noticias internacionales. Cómo anda la guerra, el precio del petróleo, ni la situación de los países de África, de América Latina o de Asia. Pierde en estos días interés saber si nuestro  Presidente seguirá con su rutina habitual, o si los partidos políticos continuarán con sus críticas a la sociedad civil. No quiero pensar ahora en los momentos difíciles que vive el mundo de hoy, marcado por el fanatismo religioso, o la llamada globalización, tan expandida como la pobreza. No quiero dedicar tiempo para saber los últimos detalles de la larga, triste, cómica y trágica telenovela latinoamericana protagonizada por nuestros cuestionados líderes.  Como pueden ver me dispongo a dejar de lado un poco lo que han sido mis preocupaciones durante más de dos décadas.

He querido aislarme del mundo para concentrarme en mi propio mundo.  He decidido simplemente dejarme llevar, ser simplemente mujer y ser humano para escribir  estas confesiones. Mi historia personal no tiene el glamour de las estrellas del espectáculo de Hollywood; ni las estridencias de la farándula criolla; ni el atractivo de las luchas espectaculares que han tenido que hacer, a fin de poder sobrevivir, los valiosos hombres y mujeres marginados de la riqueza y la vida.  Ellos, a diferencia mía, a fuerza de aventuras y desventuras han sabido sobreponerse a los embates cotidianos que pretenden destruirlos, a fin de construir sus propias vidas.   

Cumplí hace poco 50 años de vida. Poco y mucho tiempo a la vez. ¡Divina contradicción! Poco tiempo para conocer mejor el mundo que me ha tocado vivir, y sobre todo para hacer realidad tantos sueños. Muchos años, muchos días, muchas horas para descubrir las nuevas experiencias que me ofrece la vida.  Medio siglo es para los jóvenes que se abren camino a la vida, un largo trayecto. Tal vez para los octogenarios soy todavía una joven que todavía tiene energías para seguir cabalgando por la vida,  pues como dice Coello “Un guerrero de la luz no tiene “certezas” sino un camino a seguir, al cual procura adaptarse de acuerdo con el tiempo...”[1]

Soy Mu-Kien la mujer que lleva en su sangre una simbiosis entre oriente y occidente.  Soy Mu-Kien, un nombre oriental que significa belleza sutil, y cuyo segundo nombre es Adriana, como forma de dejar constancia de esa hibridad de mi vida, Soy la mujer historiadora que por amar profundamente la historia, vive intensamente cuando entra en el éxtasis de intentar descifrar el pasado.  Soy Mu-Kien la mujer que para sobrevivir, el destino la colocó también como ejecutiva. He tenido que asumir grandes y diversas tareas burocráticas, donde el seguimiento cotidiano de las pequeñas acciones constituyen una impronta innegable para que funcione ese aparato integrado por otros seres humanos.  Soy Mu-Kien la mujer que disfruta plenamente haciendo artículos en su columna  “Encuentros”, porque es una forma de escribir para expresar pensamientos y sentimientos que el trabajo de investigación histórico no permite.  Soy Mu-Kien la mujer que no ha dejado nunca de ser maestra; porque a pesar de las múltiples cosas que le ha exigido su propia existencia, el compartir con los jóvenes constituye un aliciente de vida y una renovación constante de la fe en el futuro; porque enseñando aprende también; y porque es su forma de agradecer a la vida de tantos dones y privilegios recibidos.  Soy Mu-Kien la mujer que también es esposa, rol que entraña sus obligaciones y su propia dinámica; y que debe compartir, atropelladamente a veces,  con las otras facetas que integran su existencia.

Soy simplemente una mujer, con miles de fantasmas no superados; intentando ganar la batalla eterna y cotidiana en contra del sobrepeso; la mujer de las dudas, de los sueños no concluidos; la mujer que ha errado muchas veces en su vida; la mujer que ha perdido amigos y amigas entrañables por culpa de los avatares de la vida, o porque ha pronunciado la palabra incorrecta en momentos no indicados, causando heridas, aún sin  proponérselo.  Soy Mu-Kien la mujer que es madre por accidente, de unos hermosos hijos heredados y  de un hermoso nieto que ha colmado su existencia. Soy Mu-Kien la mujer que ha amado, que ha llorado de dolor o indignación; que ha reído de felicidad; que se ha enfurecido de indignación, que ama o que atropella. 

Decidí escribir estas páginas para desnudar mi alma.  Quizás estas ideas organizadas puedan servir de espejo para otras almas, tal vez con mayores vivencias que yo, a quienes la vida le ha deparado más enseñanzas, no han encontrado el tiempo, la forma o las palabras para expresar lo  que han pensado y sentido.  

Vengo acariciando este proyecto desde hace varios años. Razones laborales, personales y compromisos de investigación, me obligaron a detenerlo.  Escribí algunas cosas a retazos, cuando el tiempo y la paz me lo permitieron.  Después que durante los años 2002 y 2003 me entregué en cuerpo y alma al monólogo sobre Minerva Mirabal [2],  me convencí que una parte de mí como escritora trascendía el marco de la historia. Al escribir el monólogo, si bien utilicé la investigación histórica, pude hacer uso de mi imaginación y mis sentimientos. 

Dos partes componen esta locura.  La primera  contiene algunos planteamientos  y reflexiones que escapan a mi propia existencia, intento hacer un balance-reflexión sobre  mi entorno. Mencionar la segunda, “Revelando un secreto”,  me produce vértigo y rubor, sensación extraña a mis años.  He decidido, después de mucho reflexionar y debatirme internamente,  publicar una selección  de poemas ¡Qué atrevimiento llamarlos así!  de amor y desamor. Incluyo también algunos dedicados a mi padre y a mi madre.  Los publico sin el debido  permiso de sus dueños.

Una vez más gracias por acompañarme en esta hermosa aventura. Una vez más mi eterno agradecimiento por compartir conmigo este manojo de reflexiones y sentimientos.

 

Mu-Kien Adriana Sang

Mujer de híbrida identidad


 

I. Orígenes

 

“Últimamente comprendí el significado de la tranquilidad. Día tras día me mantuve apartado de la multitud. Limpié mi cabaña y la preparé para la visita de un monje, que llegó a visitarme desde las montañas lejanas. Vino bajando desde los picos ocultos por las nubes. Para verme en mi casa de techo de paja. Sentados en el pasto compartimos la resina del pino...Al terminar el día encendimos nuestra lámpara. Las campanas del templo anuncian el comienzo de la noche. Repentinamente advertí que la Tranquilidad es realmente la FELICIDAD, y sentí que mi vida tiene abundante ocio...” Wang Wei.

 

Desde hace varios años he venido leyendo las nevelas de Amy Tan, una autora americana china que vivió y vive en California[3].  Sus relatos llenos de pasión sobre el proceso de adaptación de su familia migrante en el que sobresalen los secretos de algunos familiares, especialmente cuando era niña, los problemas que su familia vivió con el choque cultural y su necesidad de adecuarse y vivir  en una sociedad diferente a las tradiciones familiares, me hicieron pensar en la historia de mi padre y en la de mi familia.

 Cuando leí la primera novela pensé mucho en nuestras propias vidas. Los mismos problemas, las mismas pasiones y los mismos intentos por hacer sobrevivir una cultura subyugada por la patria de adopción.  Al leer los relatos, y constatar el drama familiar que se produjo en el seno de esta familia de migrantes, reviví muchos escenas de mi propia familia.  Me impactó la historia con la cual Amy Tan inicia su novela El Club de la Buena Estrella:

La anciana recordaba un cisne que comprara hacía muchos años en Shanghai por una suma ridícula…Luego la mujer y el cisne navegaron a través de un océano…hacia Estados Unidos. Durante la travesía, ella arrullaba al cisne diciéndole: “En América tendré una hija igual que yo, pero allí nadie la mirará con desprecio…, porque la obligaré a hablar sólo en un perfecto inglés norteamericano ¡Y allí estará demasiado saciada para tragar ninguna pena! Sabrá lo que quiero decir porque le regalaré este cisne… un animalito que llegó a ser más de lo que se esperaba de él.”  Pero cuando llegó al nuevo país, los funcionarios de inmigración le arrebataron el cisne, y ella se quedó agitando los brazos y con una sola pluma del ave como recuerdo… La mujer había envejecido y tenía una hija que creció hablando sólo inglés y tragando más coca cola que penas. Desde hacía mucho tiempo la mujer quería darle a su hija la única pluma del cisne y decirle: “Ahora tal vez parezca que esta pluma no vale nada, pero viene de lejos y trae consigo todas mis buenas intenciones,” Y aguardó un año tras otro, hasta el día en que pudiera decirle eso a su hija e un perfecto inglés norteamericano,

 

Una identidad híbrida

 

Quizás porque mi doble origen, en el que oriente y occidente entremezclan e interponen de manera activa, me coloca en una situación de especial sensibilidad. Tal vez porque mis ocho hermanos y yo, vimos y sufrimos con él,  el gran esfuerzo de nuestros padres por abrirse espacio en una sociedad tan cerrada y difícil, como era, y es, Santiago.  Nací un año en que la Oveja del 1955 iba por la mitad de su trayecto, un día 8 de septiembre, en el corazón de Virgo, el mismo día en que nació mi hermano Ping Jan cuatro años  antes.  Soy oveja y virgo, expresiones simbólicas del horóscopo oriental y del occidental. Esa mezcla de oveja  y virgo, diferentes en esencia, se evidencia la composición de mi doble y complementaria identidad.

Soy hija de emigrantes pobres que salieron por el mundo en búsqueda de mejores vida. Esta condición especial me ha convertido en una persona des especial sensibilidad con respeto a las peripecias y dramas que viven y padecen los hombres y mujeres que cruzan mares, llanos y montañas; parten, llegan y tratan de integrarse en tierras desconocidas que  a fuerza de lágrimas y sufrimientos luchan por convertirlas en sus hogares. ¡Lo he dicho tantas veces! La humanidad se ha conformado con las rutas de los seres que van a todas partes y llegan a cualquier parte. La búsqueda de mejor vida es el norte de los seres que se sumergen en la aventura de emigrar, de reiniciar el camino de sus vidas para mejorar y lograr un mejor futuro.

Soy un ser humano a quien el destino dio la oportunidad de haber nacido, formando parte de dos grupos socialmente excluidos y marginados. Con orgullo digo y afirmo que soy mujer y lucho por la igualdad de oportunidades de nuestro género. Tuve además el privilegio de ser bautizada con dos nombres que reflejan fielmente los dobles senderos que formaron mi origen.  Tengo un rostro con rasgos indiscutiblemente asiáticos; sin embargo, mi patria chica amada es Santiago de los Caballeros. En esa ciudad norteña, corazón del tabaco, de la industria naciente, de la oligarquía que subía y bajaba presidentes, nací, y desde ahí asumí a la República Dominicana como la tierra de mi pertenencia y de mi identidad. Correteando por las calles de esa ciudad norteña, aprendí a amar esta tierra, nací dominicana, sentí como dominicana y tomé conciencia de que formando parte de Las Antillas Mayores, también era caribeña.

Soy, como mis ocho hermanos y hermanas, el producto de los horrores de guerra y la miseria. Hija de un migrante que zarpó desesperado a la aventura por el mar desconocido. Nuestro padre, Miguel Sang, nació en Cantón, China, en 1919.  Un momento terrible para la gran nación continental.  Japón, desde su isla, buscaba tierra firme para dominar, por eso no se detenía en su afán de conquistar la  gran nación del continente asiático. Desde principios de siglo XX la nación nipona no cesó de atacar a China. La década del 30 fue especialmente dura para el pueblo chino, pues Japón se había anotado varios triunfos después de haber logrado, anotándose un tanto militar, la invasión y anexión de Manchurria en 1931; de haber penetrado a Mongolia en 1933;  y de haber bombardeado  a Shangai y Nanking en 1937[4]. La situación política y económica se hacía cada vez más difícil para los pobres chinos.  Las esperanzas acerca del futuro eran no sólo inciertas, sino casi imposible de vislumbrar.

Buscando mejor vida para su familia, nuestro abuelo, a quien no conocimos, decidió hacer la conquista marina, antes de la llegada de su hijo. En 1919 llegó a Cuba, permaneciendo allí varios años.  Luego decidió probar suerte en la República Dominicana. Llegó primero a La Vega, donde trabajó duro pero no vio grandes oportunidades. Quiso entonces probar suerte en otro lugar para seguir labrándose camino. Llegó hasta Santiago.  Un empleo tras otro fue su vida en los primeros años, hasta que pudo asociarse con otro  chino desheredado de la vida,  fundando el Restaurante Seng Chong Long, al lado del Teatro Colón, frente al muy reconocido Hotel Mercedes. 

Entonces mi padre quiso seguir los pasos de su padre ausente y casi desconocido. Zarpó hacia América, la tierra prometida de los grandes sueños.  Agobiado por la pobreza y la imposibilidad de vislumbrar una vida digna se entusiasmó con la aventura marina, camino indiscutible de la mayoría de los seres, que como él, no encontraban horizontes en sus propias tierras. Otro chino más de la gran masa desposeída que perdía las esperanzas y las expectativas del futuro, decidió partir a la aventura. Sin pensarlo ni un momento, en 1936, emprendió el camino hacia lo desconocido. Tomó el barco acompañado de un pequeño bolso con sus escasas pertenencias, pero repleto de esperanzas, dudas y miedos.  Tras su decisión, dejó atrás el resto de su familia: su madre, un hermano, una hermana, tíos,  primos y amigos. En su bolsillo pendía como azabache de la buena suerte la dirección de su padre y una carta que contenía la dirección del tío Tomás que vivía  en un lugar llamado San Francisco de Macorís, y había prometido ayudarlo si osaba emprender la hazaña. 

Desde Cantón, en el margen sur de la China continental, salió huyendo de las secuelas de miseria, desolación e inseguridad. Después de largos meses de insoportable travesía,  cruzó el Océano Pacífico y llegó a América, la tierra grande, luego tomó rumbo hacia el Mar Caribe. Aquí en esta media isla, decidió a los 17 años reiniciar su vida.  Fue recibido con alegría por su padre. Trabajó a su lado por diez años en el Restaurante del abuelo, el Seng Chong Long, hasta que cerró en 1949. Allí aprendió el oficio de cocinero y en sus tiempos  libres se esforzó por aprender el español.

Papá contaba que cuando llegó al país tenía dos objetivos: aprender bien el idioma,  y conseguir un trabajo.  Decía, algo que también fue confirmado por sus allegados, que cuando cerró el Seng Chong Long tuvo que trabajar en todo lo que pudiese aparecer. Trabajó como zapatero, como tendero, hasta creo que estuvo algún tiempo en una sastrería. Finalmente pudo pasar a trabajar al Restaurante Antillas, propiedad de nuestro abuelo materno, Ventura Ben.  Allí conoció a nuestra madre, Ana Ben, una hermosa joven domínico china, que acudía en las tardes a saludar a su padre.

Siempre me llamó la atención el hecho de que a pesar de los trabajos duros que realizó papá, sus manos no estaban llenas de callosidades. Todo lo contrario, eran largas y suaves. En los momentos de paz e intimidad familiar, papá adoraba acariciar el pelo de sus hijos.  Ese gesto amoroso lo llevo prendido en la memoria. No olvido las mañanas cuando calentaba el vehículo para llevarnos a la escuela, esos minutos de deliciosa intimidad, nos acariciaba con ternura pasando sus manos por nuestros largos cabellos.

Su paso como cocinero, fue un regalo para sus hijos.  Uno de los más hermosos recuerdos de nuestra infancia, son los bizcochos que preparaba papá, decorados con esmero. No olvido el rosado intenso de los “suspiros”, característico de la repostería oriental. Esa intensidad en el color de las decoraciones chinas es algo que ha llamado siempre mi atención. El concepto estético chino privilegia el color, la luz, los primeros planos. ¿Será una forma de alegrar la dura vida de trabajo y tragedia que ha caracterizado su historia a través de los siglos?

 

 

 

Un enorme entorno  familiar

 

Mi memoria se nubla, pero no sé que pasó con el abuelo paterno. Cuando llegué al mundo había regresado a China, muriendo años después.  De lo que sí estoy convencida es que el Tío Tomás se convirtió en el protector de papá.  Todavía lo recuerdo cuando visitaba a mi padre, acompañado de su eterno bastón, hablando un español atropellado, del que solo podía entender algunas palabras. Mis hermanos y yo teníamos que saludarlo con especial reverencia, pues su presencia en nuestra casa era un signo de distinción hacia nuestra familia.  Al escribir estas notas, me recuerdo de una conversación “macondiana” que sostuvieran el Tío Tomás y Suk Yien, una excelente ejecutiva financiera, pero distraída como pocas.  Durante varios años era común que el tío visitara nuestra casa los domingos en la mañana, uno de esos días le tocó a Suk Yien atenderlo.  Aunque él tenía mucho tiempo en el país, su español era extremadamente pobre. Al recibirlo, mi querida hermana le preguntó qué cómo había podido llegar solito a la casa. El tío, sorprendido por la  pregunta le dijo, “Fácil, como mi batón”. Por la forma de pronunciarlo, la distraída hermana entendió “motor”. Entonces le preguntó, “¿Y usted sabe usarlo?”. El respondió: “Claro es  muy fácil”. Entonces ella respondió: “¿Verdad? ¿Y usted no se cae?”. El tío contestó: “No, es muy seguro”.   Hablaban, se preguntaban, se respondían y cada uno tenía un referente diferente. Suerte que papá llegó e interrumpió la conversación. Creo que el tío nunca supo que su “batón” era para mi distraída hermana un “motó”

A finales de los años 50 vino el único hermano de mi padre, Arturo, a quien debíamos decir “Patiá” (tío, hermano mayor de mi padre).  Tiempo después, nuestro tío hizo las diligencias de traer a sus hijos. Primero vino su esposa, Padión (esposa del hermano mayor de mi padre), Alfredo, Ping Kuen, hoy el tronco de la familia. Años después vinieron sus dos hermanas: Musieng y Su Gui. Cuando ellas llegaron pusieron notas especiales a nuestra cotidianidad. Musieng era bella, parecía una verdadera estrella de cine chino. Con un cuerpo espectacular, se vestía para resaltar sus atributos físicos.  Vivieron en nuestra casa por largo tiempo, compartimos mucho. Musieng nos enseñó el arte del arreglo personal, a usar maquillaje, a utilizar las bondades del físico oriental. Hoy ambas viven en Miami, dedicadas a sus respectivas familias.

 El tío Arturo murió de leucemia cuando yo apenas tenía 10 años.  Mi primer encuentro con la muerte fue también un choque cultural.  El velatorio de mi tío se hizo en nuestra casa.  No pude ver el ataúd. Cuando me disponía a entrar a la sala para estar a su lado, las luces de las velas se reflejaron en la vitrina del comedor, y la impresión fue tan grande, que quedé petrificada en un asiento llorando en silencio. Nos vistieron de blanco. Ahí supe que el dolor y la rigurosidad del luto en China se expresa externamente usando  ropa blanca. Contrastaba con el negro que usaban los dominicanos bajo el sol tropical y las vestimentas brillantes de los amigos de la colonia que fueron a acompañarnos.

 A finales de los 60 mi padre pudo otra parte del resto de la familia. Su padre había muerto, entonces trajo a su madre desde la Aldea cercana de Cantón. Ya constituida nuestra inmensa familia nuclear compuesta por papá, mamá y sus nueve hijos, la abuela paterna que desde su llegada pasó a vivir con nosotros y la abuela materna, nuestra querida “Guela Andrea”. Me viene a la memoria que nos enseñaron a decirle “Aguian”, un calificativo especial para nombrar a la  madre de nuestro padre. Ella, a pesar de haber vivido casi dos décadas en el país, nunca aprendió a hablar el español, nunca aprendió a comer comida criolla, ni tampoco hizo esfuerzos por conocer la cultura dominicana. Sus gustos gastronómicos eran muy reducidos.  Los años de penuria en la Aldea la dejaron marcada para siempre.  Uno de sus platos favoritos era el arroz blanco, sin sal ni aceite, con el “jan gui”, un pescadito saladísimo. Le preguntamos a papá por qué era tan salado. Nos dijo que la sal hacía una mayor salivación, entonces debían comer muchos arroz para mitigar el fuerte sabor. De esta manera la demanda de ingesta de proteína se hacía menor, y el arroz tenía un acompañante.  Nos explicó que era la alimentación más utilizada por los pobres en China, que a veces podían pasar hasta un día entero con un tazón de arroz y un pescadito. Su habitación  se constituyó en su pequeña China, hasta el olor era particular.  En una de las mesas había siempre un frasco lleno de miles de pastillitas negras hechas de algas marinas.  Este medicamento servía para cualquier dolor, desde la cabeza hasta el estómago. Servía también para los dolores musculares, menstruales, intestinales, en fin, curaba todo, aseguraba la abuela.

Tiempo atrás había venido el hermano de mi abuela, a quien nos enseñaron a llamar “Keykung (que se traduciría algo así como hermano de mi abuela y tío  materno de mi padre). Junto a él vinieron su mujer, Keypuá (cuyo significado era esposa del tío materno de mi padre) y su hijo que en español fue bautizado como Jorgito.  Una vez le pregunté a papá por qué cada familiar tenía una forma especial de denominarlo. Me contestó que en la cultura china cada persona en la familia tenía un papel importante que jugar, sobre todo los ancianos. Y que esos calificativos especiales eran símbolos de respeto.

Mi primera infancia la pasé en la llamada Calle del Pantalón, la Máximo Gómez 47, ubicada en el mismo corazón de la ciudad de Santiago.  Esa fue la primera morada propia de nuestra familia. Cuando nos mudamos allí, ya habíamos nacido los nueve hijos. El más pequeño, Peng Bian, tenía apenas un año.  Con la llegada de esos primos, hubo que hacer mejoras a la casa. Tiempo después, ellos fueron a vivir a otros lugares. La casa era estrecha y larga, pintada de color verde claro por dentro.  Mamá dividió las habitaciones, unas estaban destinada a los “varones” y otras para las “hembras”. Nuestras primeras correrías se hicieron en la calle Pantalón. Un tiempo feliz, sin muchas riquezas ni bienes materiales, pero con la seguridad de que contábamos con unos padres que nos amaban, protegían y luchaban duro para sacarnos adelante.

 Cuando tenía 15 años nos mudamos al sueño de todo emigrante: una casa propia amplia y en un lugar residencial. El proyecto de construcción de la casa, fue un verdadero proyecto familiar.  Mientras la hacían, muchos de los paseos dominicales era ver el desarrollo de esa aspiración que se hacía realidad. Fuimos testigo de los primeros picazos de la zapata, cuando empezaron a subir las paredes, cuando la pintaron, hasta que finalmente fue terminada.  El día de la mudanza la familia tenía una algarabía generalizada.  Papá no podía estar más feliz.  La casa era inmensa.  Nueve habitaciones, cinco baños, una gran sala, un gran comedor, una terraza, un patio español y una biblioteca.  La nueva residencia pudo dar albergue a mucha gente. Hubo momentos en que habitaban más de 20 personas.  Además de la familia nuclear de nueve hijos y nuestros padres, 11 en total, vivieron con nosotros en esa casa hasta el día de sus respectivas muertes, las dos abuelas.  Vivieron también dos primas, Samira y Rosanna, hijas de una hermana de mi madre que fueron a nuestra casa a formarse y educarse. Luego se incorporó el primo Luichy (Luis Canela, hijo), que llegó desde la capital a estudiar economía en la universidad.  Estaban también las dos mujeres del servicio doméstico. 

Una de las cosas más hermosas que recuerdo de mi infancia, fue el amor y el respeto que se prodigaron mis dos abuelas. No olvido cómo pudieron entenderse sin hablar una lengua común. Se acompañaban, se hablaban, se cuidaban y nos cuidaban. Mamá les había dado la tarea de “ser nuestros guardianes” mientras ella y papá se iban a atender los negocios.  Cuando llegaban le hacían un recuento amplio y detallado de nuestras andanzas.  Mi abuela paterna era osada, sin saber español, se atrevía a contestar el teléfono. Cuando el interlocutor preguntaba por alguno de nosotros, y si no estábamos en la casa, o ella no quería molestarnos, simplemente decía “no ta, se fue”.   Con la astucia juvenil, algunos de nosotros aprendimos a decir algunas cosas en el dialecto de la abuela.  De esta forma nos la ganábamos y ella nos premiaba con algunas monedas. La abuela nos cuidaba, pero evidentemente que su preferido era Peng Bian Ventura. El, sabiéndose privilegiado abusaba.  Suk Lang Julia, se enfurecía ante la injusticia, y le daba un manotazo escondido al pequeño hermano, quien enseguida iba a denunciarla donde la abuela.

Un episodio familiar que los amigos de la época siempre recuerdan, es que una vez una madre y su hija fueron a trabajar a la casa a ayudarnos. La joven Miledys se hizo muy buena amiga de mi abuela paterna.  Se entendían no sé cómo. El problema fue que Miledys asumió el cantadito de mi abuela.  Era gracioso ver a esta dominicana de pura cepa hablar con la entonación y el acento de los chinos que aprenden a hablar español en la adultez.  El episodio se expandió tanto, que mucha gente llamaba a la casa sólo para escuchar a la joven.  La situación se tornó insostenible porque el teléfono no paraba.  Su madre se mortificó tanto que decidió renunciar al trabajo.

Aprendí el verdadero significado de la longevidad, cuando mi padre organizó una gran fiesta cuando Aguian cumplió sus 80 años.  Papá tiró verdaderamente la casa por la ventana. Le pregunté porqué se hacía tanto alboroto por una anciana.  Papá me respondió con una larga explicación cultural.  En occidente se festejan los 15 años, como si un joven tuviera algún mérito especial, porque en este lado del mundo se enaltece a la juventud. En China, continuaba, se reconoce la vida a partir de los 50.  Cuando una persona cumple los 80 ha tenido una larga vida de batallas cotidianas, que le hacen merecedora de ese homenaje.  Años después, cuando inicié mis lecturas taoistas, comprendí el significado de sus palabras.  En alguno de esos libros leí un día que el merito no es haber nacido, sino de haber vivido, con dignidad, responsabilidad y alegría. Para vivir, yo agrego, hay que cumplir años.  Entendí también, que en la cultura china, los ancianos tienen un lugar especial en la familia, ellos son la garantía de la tradición y las buenas costumbres.  Ahora entiendo mi fascinación con los viejos, especialmente las mujeres que han alcanzado la plenitud de su vida con alegría y tesón. Vienen a mi memoria mis líderes eternas: mamá, Dedé Mirabal y Doña Josefina Padilla.

 Recuerdo que cuando Aguian entró en su fase final, Guela Andrea, mi abuela materna, la cuidó de manera muy especial.  En 1977, Aguian murió como un pajarito.  No pudo jamás olvidar a su hija que se había quedado en China, tampoco que no pudo volver a ver a su hijo Arturo, muerto años antes de su llegada.  Vivió físicamente en República Dominicana, pero su espíritu y su corazón estaban en su aldea amada en la lejana China Continental.

A finales de los 60 llegó el primo José Chiang, “Sion Cha”, hijo de la única hermana que tenía mi padre, pero que se había quedado en la Aldea.  Llegó primero solo. Papá lo había traído para que rehiciera su vida aquí.  Aprendió el oficio de la elaboración de muebles de rattan, con él pensaba papá iniciarse en la fabricación de muebles. Tiempo después vinieron su hijo menor y su esposa.  Ellos tres también vivieron en nuestra casa.  Con los años José pudo traer al resto de su familia, su madre, y sus dos hijos mayores,

La llegada del primo José y su familia puso un ingrediente familiar especial. José vino al país en los años 60, años más tarde, llegaron su esposa y su hijo menor Yu Chon,  un pequeño niño de unos siete años. Me impresionó la miseria que reflejaban en sus ropas. La desnutrición que resaltaba a todas luces, sus ropas harapientas y la tristeza de sus rostros. Yu Chon llegó a nuestra casa vestido de un traje marinero que le compraron para venir al país. Ese fue su traje de gala por mucho tiempo. No olvido sus ojos de asombro al ver nuestra casa.  Al principio de su llegada, nuestro padre nos hacía la traducción.  El pequeño tenía un discurso aprendido. Al saludarnos dijo, que el Gran Mao Tse Tung, el Gran Timonel, tenía la solución a todos los males, y que su gran marcha era el símbolo de la grandeza de China. Nos sorprendió con ese discurso político aprendido de memoria, que con el tiempo se esfumó. Cuando lo escuchamos la primera vez, nuestro padre hizo la traducción y de una vez aprovechó para darnos su arenga política anti comunista. Yu Chon, como niño al fin, aprendió rápido el español, en cambio su madre, incluso ahora que tiene más de treinta años en el país casi no sabe hablar el español.

Con la llegada de los tres nuevos inquilinos, el universo familiar se amplió a 21 personas que comían, dormían y hacían todas sus diversas cotidianidades. Era un verdadero ejército.  Las compras del almacén eran enormes. Sacos de arroz y habichuelas, cientos de naranjas, fundas interminables de pan, queso y otros ingredientes. Lavar la ropa era una tarea que se organizó como una verdadera industria. La ropa interior era marcada para que se diferenciase. Antes de enviarla a lavar a una señora que vivía en “La Joya”, se dividían y se contaban y se anotaban en dos hojas.  Al llevarlas a lavar se le entregaba esa hoja, copia de la cual mi madre conservaba. Se hacía constar que el día tal del año tal, se había enviado a lavar, tantas camisas, tantas camisetas, tantos pantalones, tantas blusas… Se llevaban y se recogía la ropa de la semana anterior.  Mi madre recibía el cargamento. Cuando llegaba a la casa la distribuía en los armarios de cada uno de nosotros, no sin antes verificar y contar para ver si la entrega era correcta. Si algo faltaba, entonces hacía la reclamación debida.

Como dije antes, Papá había traído a José a trabajar en la fábrica de muebles de rattan que quería poner. José había aprendido el oficio en China. Se hacían los aprestos para instalar la modesta manufactura, Artesanía Rattan C x A.  Como José no sabía español, papá me asignó la tarea de enseñarle.  ¡Imagínense, enseñar español sin saber chino!  Le pedí una mesada adicional por la tarea y aceptó.  La primera lección fue el aprendizaje de los números, comenzamos del uno al 20 y luego hasta el cien.  Tenía una obsesión con el cuatro, pues casi nunca lo recordaba, siempre decía, uno, dos, tres, cuatriolo…no sé por qué. Pero cuando más graciosa era su pronunciación era en el 33, me encantaba poner a repetirlo, pues hacía un esfuerzo de pronunciación y siempre caía diciendo “treintairere”.

En esa tarea aprendí varias cosas.  En el idioma chino, especialmente en el dialecto cantonés que hablaba papá y su familia, la conjugación del verbo no existe.  El tiempo se determina por los adverbios, por eso era tan duro para hacer las conjugaciones. Aprendió un español rudimentario con acento cibaeño. Era frecuente escucharle decir frases como estas: “Mu-Kien, ¿Tú fue mañana pa’la capitai?”  Recuerdo una anécdota muy graciosa.  Había recién cumplido los 15 años y le pedí a mi padre que me llevara a Puerto Rico como regalo, una verdadera hazaña en ese tiempo.  Para entonces la fábrica de muebles funcionaba bastante bien. Entonces mi padre me dijo que debía ganarme el viaje, por lo cual tenía que cubrir las vacaciones de la Secretaria.  Mi jefe inmediato era José, el primo, mi ex alumno de español.  Debía hacer los pedidos a las ferreterías, atender los clientes, atender llamadas, entre otras cosas.  Un día José me dictó un pedido. Lo escuché, escribí, eso pensé yo, lo que me había indicado.  Al momento recibí una llamada de la ferretería diciéndome que ellos no vendían “luces de bengala”. Llamé a José y le di el mensaje. Se puso furioso. En su español me dijo: “Yo no pedir luce e bengala. Yo dije a ti clavos de tles pungalas”.  Todavía me río con ganas de ese episodio.

José fue mi primer alumno de español. Con el tiempo me gané buen dinerito danto clases de español a chinos recién llegados.  Iba sus casas o negocios y le daba una o dos horas de clases.  Esta forma de ayudarme a conseguir dinero extra lo mantuve por un buen tiempo.  Llegada a la capital, tuve varios miembros de la embajada de Taiwán como alumnos.  Para entonces ya era maestra graduada y con varios años de experiencia.

La llegada de José y su familia, profundizó y ratificó las posiciones políticas de papá. Durante los prolongados almuerzos dominicales, papá adoraba contarnos una y otra vez sus hazañas juveniles.  Hoy, con la distancia, y después de haber leído tantos relatos increíbles sobre China, pienso a veces cuán injusta fui al pensar que muchos de sus relatos estaban teñidos de un poco de imaginación. Papá tenía razón sobre las atrocidades del régimen de Mao. La historia se ha encargado de confirmarle sus aprehensiones y críticas. Nos contaba cómo el comunismo era un peligro para las familias; cómo muchos de sus parientes, producto de la desesperación optaron por lanzarse al mar, y ver si a nado podían llegar a alguna parte.  Muchos perecieron en el intento. Cuando comenzaba a relatar sus historias, sus nueve hijos nos mirábamos con la picardía de la edad, y en nuestras miradas saltaba al aire, sin verbalizar, la exclamación colectiva ¡Otra vez con lo mismo!  Algunas de las historias, a fuerza de tanto escucharlas, eran finalizadas por nosotros.  Repetíamos exactamente las mismas palabras. Papá tenía la virtud de contar una y otra vez no sólo el contenido sino también la forma.  Cuando se percataba de nuestra travesura, concluía también con una frase lapidaria: “No se preocupen mis hijos, que cuando  ustedes crezcan y tengan sus familias harán lo mismo que yo. Aconsejarán a sus hijos y le dirán los consejos que solo la experiencia puede dar. Estas canas salen no por sabiduría sino por las experiencias de la vida.” Nueva risa entre dientes de nuestra parte. Por dentro pensábamos ¡eso no pasará nunca! ¡Qué equivocados estábamos!

Hace unos años me reí muchísimo. En mi nuevo núcleo familiar, sucedía algo, que hoy honestamente no recuerdo lo que era, lo que sí no puedo olvidar es que comencé a sermonear y a decir algo que a la edad de Rafelito yo hacía y que consideraba que él debía imitar mi acción.  No llegué a concluir la anécdota, cuando mi aconsejado, con un tono burlón me dijo;  “Si, China (es su manera de llamarme cariñosamente) ya lo sé. Usted hizo esto y lo otro...ya me lo ha repetido muchas veces. Usted va a venir otra vez con lo mismo...” No bien terminó de hablar, cuando lancé una carcajada. Como la situación era seria, los rafaeles de mi vida me preguntaron con sorpresa de qué reía, y les respondí que había recordado a mi papá. ¡Cuánta razón tenías, papá! ¡Cómo se repite  la historia!                                                                                                   

Para los chinos, la ceremonia de la comida tiene un significado especial. En nuestra familia, el almuerzo del medio día era el punto de encuentro familiar. La mesa enorme estaba siempre rodeada. Mi padre, sentado en el frente, flanqueado por las abuelas y mamá, los hijos y sobrinos nos distribuíamos en los otros lugares.  La familia china era y es claramente patriarcal y patrilineal.  En el caso nuestro caso ambas características eran evidentes.  Cuando papá hablaba, teníamos que escucharlo y evidenciar que poníamos atención. Sus discursos, a veces largos repetitivos, tenían que ser escuchados en silencio. Si algún miembro de la familia había salido a estudiar, sus cartas eran leídas en voz alta para que todos estuviéramos enterados.  Una vez, me tocó el viaje a mí. Había ido a México a hacer un post grado en Educación de Adultos.  Escribí una larga carta a la familia, y al final hice una descripción de lo que pasaba. La risa fue colectiva según me cuentan, porque había descrito la escena: papá plegando la cara con ojos atentos para poder entender o haciendo repetir la lectura de algún párrafo que no entendió o simplemente necesitaba escuchar de nuevo; mamá en silencio vigilando si la comida estaba equitativamente distribuida; el resto del grupo comiendo en silencio y haciendo que escuchaban con atención para no recibir la reprimenda de papá. 

Hice conciencia de que la comida que se servía en nuestro hogar era un verdadero sincretismo gastronómico, siendo adulta. En la casa siempre se servía una combinación arbitraria de alimentos, que podían ir desde el arroz con habichuela, un chop suey, tallarines o el pescado saladísimo para la abuela china. El arroz siempre era blanco, pero sin ningún aditamento. Aprendí que en el país se comía el arroz con sal y aceite una vez que fui a casa de mi amiga Amelia. En ese momento lo sentí rarísimo para mi paladar acostumbrado al arroz hervido.    

Entre las muchas anécdotas y recuerdos que papá no paraba de contar en los almuerzos familiares, eran sus hazañas y proezas para sobrevivir. Su periplo por la vida había sido difícil. Se había casado con mi madre en 1947, una dominicana, de ascendencia china por parte de su padre,  nacida en San Francisco de Macorís. Con la esperanza de rehacer su vida en su tierra natal, quizás para no sentirse extranjero, alzó vuelo con mi madre hacia Cantón. Una vez tomó el camino de regreso,  una vez más se lanzó a la aventura. Volvió a su aldea, allí encontró trabajo, y alojó a mi madre en la choza familiar.  Tuvieron su primer hijo, mi hermano mayor, Peng Kian Miguel.  Mi madre tuvo que hacer de tripas corazón para adaptarse a un medio y a un idioma desconocido. Aprendió a hablar un poco el dialecto de la aldea, y pudo hacer algún dinero bordando y cosiendo para las lugareñas.  Recuerdo una anécdota que Mamá siempre contaba.  Estando en la aldea tenía hambre y quería hacer un chocolate. Al decirle a su interlocutor, pidió hacerlo, pero su mala pronunciación la traicionó. En vez de decir, “Quiero hacer un chocolate”, dijo “Quiero hacer peo de caballo”

 No bien se habían instalado en la Aldea, cuando se produjo la Revolución.  En 1949, atemorizados por el enfrentamiento entre Mao y Chan Kai Tse, vendieron lo poco que tenían, tomaron un barco que los trajo de nuevo al país.  Era la tercera migración de papá. Decidieron instalarse en Santo Domingo.  Con lo poco que habían ahorrado instalaron una pequeña tienda de variedades y mercería.  Allí nació su segunda hija, mi hermana mayor Muling Alejandra.  La vida en la capital era difícil, sobre todo porque no tenían familia. Entonces decidió mudarse a Santiago, una ciudad donde la estratificación social era, y pienso que lo es, muy rígida. Sabíamos de memoria cómo logró hacer sus primeros ahorros; que prefería caminar para ahorrar los diez centavos que contaba el pasaje.  Que se había propuesto trabajar honradamente para levantar su familia. Que no pondría los negocios tradicionales de los chinos: lavanderías, moteles o colmados.  En Santiago al principio de su retorno, tuvieron que vivir con una tía de mi madre, Abuela Julia, a quien no conocí. En su casa nacieron otros tres hijos: Ping Jan Adriano, Mu-Yien Altagracia y Peng Sien Rafael. Comenzaron a laborar en la tienda El Dragón, trabajando duramente con dos objetivos: comprar una casa y montar su propio negocio. Uno de los sueños fue cumplido. Por el año 1953 compraron la casa del pantalón, que hablé antes.  Mis recuerdos de infancia se remontan a esta casa. Los 4 hijos restantes, Suk Yien Ana Cristina, Suk Lang Julia y Peng Bian Ventura, nacimos allí.  Tiempo después tendrían su propio negocio. A finales de los 50, en la calle El Sol, casi esquina Duarte, inauguraron la Tienda La Pagoda. Duró más de 25 años funcionando. 

De esta tienda sui generis en que se vendía de todo: hilos, agujas, botones, tejidos, ropa de niños, ropa de damas, ropa de hombres, accesorios femeninos, carteras…y hasta la flecha y la salsa de soya, nacieron los demás negocios.  Primero la Granja La Altagracia, el Pez Dorado y Artesanía Rattan.

 

Imponiéndose al medio

 

También permanecen en mi memoria sus luchas internas para superar las barreras del idioma.  Recuerdo una anécdota que papá siempre contaba reiteradamente.  Teniendo poco tiempo de haber llegado al país,  como no tenía reloj, preguntó  la hora a un  transeúnte, el señor amablemente respondió mirando su muñeca, “Son lasonce”. Mi padre sonrió, pero no entendió nada. Dio las gracias amablemente y se fue a su habitación a buscar en el diccionario. Fue directamente a la letra “S”.  Por supuesto que no encontró el vocablo buscado.  Como tenía necesidad de saber la hora, volvió a preguntar. Le dijeron son “lasonce treinta”. Entonces  fue cuando reparó que eran las once y media de la mañana. Otro día, siendo todavía empleado del Restaurante “Antillas”,  alguien solicitó un “pai de crema”, y él le sirvió un pedazo de pastel  de crema (pie crema). El cliente se molestó, porque le había solicitado cigarrillos. En realidad lo que el cliente deseaba era un “par de cigarrillos de la marca Cremas”. 

Las limitaciones idiomáticas hicieron que mi papá se impusiera el aprendizaje del español.  Siempre me sorprendió su buena ortografía y su letra tan bien delineada.  Me confesó un día, que después de pasar su larga jornada laboral como cocinero en el Restaurante Antillas, se retiraba a su habitación para estudiar y practicar la caligrafía palmer. Su español era bastante bueno,  incluso en su sintaxis.  Papá fue capaz de hablar con coherencia y sentido, incluso pensamientos muy complejos. Leía mucho. En su cama, siempre tenía libros en chino, en español y hasta en inglés. Esto explica porqué su universo lingüístico y su vocabulario era superior al de los demás chinos de la colonia.  A pesar de que la estructura de sus oraciones era correcta, en el lenguaje verbal tenía un acento chino muy simpático, dejando ver claramente que su socialización no había sido en español. La sílaba NO y NA tenían un nivel de dificultad increíble para él. Nunca pudo pronunciarlas por claridad.  Me parecía tan gracioso cuando llamaba a mi madre “Anda”, en vez de Ana, o decía “mando” en lugar de mano.  Una vez papá tuvo un pequeño incidente de tránsito. Estaba parqueando su vehículo en la calle Duarte, en el centro de Santiago, muy transitado y lleno de vendedores ambulantes. Al abrir la puerta golpeó a un perro que caminaba con un señor.  Se armó una discusión. El señor reclamaba un indemnización, papá decía que no, pues la ley decía que los perros debían caminar con sus amos “de la mando”, por querer decir que debían caminar con un collar y su cadena. El señor reclamó de nuevo, y le dijo: “¿De que mando usted me habla?” y papá le respondía, “de la suya”. Bueno suerte que la sangre no llegó al río. Al final llegaron a un arreglo.

Parece que Mamá antes de morir presintió que algún día escribiría estas notas.  Un día cualquiera recibí un paquete que ella me enviaba.  Al abrirlo descubrí algunos de los tesoros de nuestro padre: álbum con recortes de periódicos. Los revisé con nostalgia. Las lágrimas no se detenían.  Luego los coloqué en un lugar seguro en un anaquel destinado a los libros.  Al escribí estos recuerdos, revisé de nuevo los viejos recortes. En uno encontré noticias de varios periódicos que datan del 1946 en adelante.  Papá era osado.  Tenía apenas 10 años de haber llegado al país, era un cocinero desconocido de un Restaurante chino, y se atrevía a hacer traducciones al español de artículos aparecidos en periódicos chinos, que conseguía en la legación diplomática.  En su archivo personal, colocaba los recortes del periódico chino, y al lado la publicación del periódico dominicano.  Hay recortes de cartas que papá envió al Director de La Información, cuando a su juicio algún comentario era perjudicial para la colonia china en el país, o sencillamente porque una opinión del medio perjudicaba sus intereses.  En octubre de 1946 [5] protestó por la crítica que había salido publicada cuando los restaurantes chinos subieron el precio de los platos, especialmente el muy demandado arroz con pollo. Comerciante al fin, en su réplica Papá le argumentaba que el aumento se explicaba porque los demás ingredientes había subido de precio, le decía:

Este es un plato que se prepara con arroz y gallina (materias primas), salsas de tomates extranjeras, manteca o aceite, alcaparras, jamón picado y otros ingredientes que no es el del caso numerar.  Pues bien, todos sus componentes han subido en la actualidad, el que menos un 100% y el que más 250% (por ejemplo el arroz y la salsa de tomate). Nosotros servimos este condimento al público solo con aumento del 50%, sobre el precio anterior que no llega, proporcionalmente al precio de costo de sus componentes…sirviéndose también con su correspondiente pan untado de mantequilla…”

  Papá era apasionado de Joan Meng Wang, una intelectual china, que a su vez era directora de la escuela de Agricultura de China  en  Chungking y esposa del Secretario de la Legación China en el país, el Sr. Wang Shick [6].  Al revisar las traducciones, comprobé que estaban bien traducidos, en un español correcto. ¡Qué orgullosa me siento!  Publicó, traducido por él más de 10 artículos de esa competente mujer.  Los primeros fueron una serie sobre La Religión China, que reflejan muy bien las tensiones que vivía esa gran nación a mitad de la década del 40, después de décadas de enfrentamientos sangrientos con Japón.

Sus traducciones permitieron que la comunidad de Santiago estuviera al día del desarrollo de la guerra chino-japonesa.  En uno de los artículos, papá se hace eco de la posición de la Señora Wang, sobre los efectos negativos de la invasión japonesa en la educación china [7]:  Antes de la guerra, la mayoría de las escuelas de China, estaban establecidas en las provincias costeras. Entre las fuerzas inagotables de China de la guerra contra la agresión Japonesa están las instituciones educacionales. Los planes de destrucción del Japón a las universidades de China han fracasado. Los miembros de esas instituciones simplemente se trasladaron al interior del país y en esas zonas, ellos encontraron insuperables dificultades, sin embargo continuaron sus labores con espiritu indomable.

Tradujo también una serie de artículos sobre la participación activa de la mujer china durante la guerra.  En su traducción destaca cómo había ido cambiando el papel de la mujer en la sociedad. La actitud general de la mujer en la China de hoy, es completamente distinta a la de ayer. Anteriormente, la mujer que tenía los piesecitos vendados y el cuerpo delicado, no podía hacer nada más que sentarse dentro de su hogar. En cambio, hoy día toda clase de empleos en el Gobierno están abiertos para la mujer…El poder de la mujer china se ha centralizado en las organizaciones del Comité Consejero del Movimiento de la Nueva Vida, el cual fue presidido por Madame Chian Kaishek. Actualmente cuenta con un total 317 instituciones femeninas extendidas en las 21 provincias…

Me sorprendió sobremanera, ver la copia de un comunicado público firmado por papá  y que salió publicado en la prensa nacional. El recorte no tiene fecha ni especifica el periódico, Por la ubicación en el álbum, deduzco que es un documento de 1946.  En el mismo, papá y un grupo de “paisanos” se declaran abiertamente a favor de la independencia China y sobre todo de su líder, el Dr. Sun Yat Sen, el Padre de la República China, como ellos lo llamaban. El título del comunicado es directo y sin miramientos: Entramos en el 7º año de lucha:

La colonia China de la República Dominicana, en el séptimo año de lucha por su independencia nacional, hace constar su incondicional adhesión al régimen democrático que sustenta nuestro país de origen, y prometemos intensificar nuestras aportaciones materiales y espirituales para ganar la guerra, aplastar al Fascismo y destruir definitivamente al criminal militarismo japonés. Estamos completamente identificados con los principios revolucionarios que preconiza el Doctor Sun Yat Sen (Padre de la República China), cuáles son: conseguir la independencia nacional, realizar la implantación de una auténtica república democrática y sobre todo elevar cultural y materialmente el nivel de vida de las masas. Nosotros los residentes en Santiago de Los Caballeros, al igual que todos los demás compatriotas que viven en esta incomparable República, estamos dispuestos a realizar los máximos sacrificios para lograr la guerra. Para llevar a cabo la presente publicación, es justo reconocer el entusiasmo que han desplegado e su actuación mis compatriotas Mon Chez, Jaime Joa, Alejandro Ben, Alfonso Mok y otros que harían muy extensa esta enumeración, que en todo momento están dispuestos a aunar sus esfuerzos  en pro del triunfo de nuestra santa lucha.

Hacemos votos fervientes porque en el próximo año, en este mismo aniversario glorioso, se haya aplastado y destruido el imperialismo japonés, causante de todas las penalidades y tragedias que vive y sufre el pueblo chino. Los países democráticos, los aliados, los mantenedores del orden, de la justicia y la equidad universal, al luchar por la libertad sagrada de los pueblos, se granjean la simpatía y estimación de todos los hombres de buena voluntad, los cuales, al igual que nosotros, los chinos, luchamos por un ideal de independencia, fundamentado en principios democráticos, que se podrán conseguir y plasmar en verdadera realidad, obteniendo la victoria definitiva,

Creo que ninguno de los hermanos teníamos conciencia sobre cuán comprometido estaba papá en el movimiento político. Ahora entiendo muchas cosas.  Su afán de regresar en 1947 a China, era para poner en ejecución sus sueños de una China democrática, y sobre todo colaborar con el régimen de su líder Sun Yat Sen.  Ahora también entiendo sus cóleras cuando sus hijos diferíamos en sus posiciones políticas. Los mayores conflictos ideológicos se presentaron con mi hermano Peng Sien, quien desde joven abrazó la teoría marxista, las posiciones del cura revolucionario de Colombia, Camilo Torres.  A veces la discusiones se hacían interminables.  Un verdadero diálogo entre sordos.  Un padre anticomunista y un hijo comunista que se amaban profundamente.

Éramos muchos hermanos. Entre nosotros había también diferencias de percepciones y consideraciones de la vida. Yo apoyaba secretamente a Peng Sien y lo ayudaba en lo que podía. Incursioné en diferentes actividades sociales, pero nunca llegué a sus niveles de compromiso. Nosotros, nacidos de una generación que se cargó con los sueños de una sociedad justa, nos tropezábamos con una mole de hierro, nuestro padre, un convencido anticomunista, defensor de la china republicana y enemigo acérrimo de Mao. ¡Cuánto lo habremos hecho sufrir con nuestras impertinencias juveniles! Creo, sin embargo, que él mismo nos enseñó a ser activos y críticos, y a “pensar con cabeza propia”, como él nos solía decir.  Al leer estos trabajos que papá publicó hace más de sesenta años,  me parecía escucharlo. Encontré que muchas de las frases que papá nos repetía constantemente fueron tomadas de estos artículos. ¡OH Dios, cuánto me nubla la nostalgia!

Habiendo aprendido el español, papá se dispuso a aprender a hablar y escribir el inglés.  Se inscribió en la escuela Hemphill scholl para estudiar el nuevo idioma por correspondencia. Tenía interés de hacer negocios con Estados Unidos y otros países.  Ese idioma era entonces una necesidad.  Leyendo ahora sus cartas comerciales confirmo lo que desde niña me deslumbraba, papá hablaba bastante bien el inglés.  Me cuenta Peng Bian cuando fue a hacer sus estudios a Boston, que papá lo fue a visitar, y que era gracioso escucharlo hablando inglés con acento chino-cibaeño.  En una oportunidad, fueron a una tienda, y papá agradecido le dio con mucha efusividad las gracias al dependiente, quien le a su vez le agradeció la amabilidad de mi padre. Papá respondió entonces: “You Weicome”. 

Decidió también aprender mandarín, el idioma oficial de China, ya que sólo sabía cantonés y el dialecto de su aldea.  Recuerdo verlo en las noches practicando una y otra vez las expresiones. Su sentido de la perfección le hizo desarrollar una hermosa caligrafía china. Era el “escriba no-oficial” de la colonia. Cuando alguien quería escribir a China, le pedía a papá que le hiciera las cartas.  Durante las celebraciones de las festividades de la luna, papá era el responsable de escribir los letreros de las buenas nuevas.

 

Devolviendo a la vida los dones recibidos.

 

Papá estaba consciente de la descalificación y marginación que viven los chinos  en la República Dominicana. Autoexclusión posiblemente, sueños del regreso, posiblemente, distancia obligada por los dominicanos ¡Quién sabe! ¡Cuántos factores podrían ser! Pero lo cierto es que todavía hoy, los chinos de la primera generación han vivido segregados en su pequeña china. Papá luchó por romper ese molde. Se dispuso a diferenciarse. Vestía bien, demostrando higiene y orden a toda prueba. Era bastante culto. Espontáneo y amistoso.  Luchó arduamente para ganarse un espacio social en Santiago.

Tenía interés papá de aglutinar la muy desarraigada y desunida colonia china. Nosotros lo relajábamos y le decíamos que se había convertido en “El Padrino” de la colonia china. El chiste no le hacía mucha gracia porque el calificativo lo vinculaba a negocios turbios.  De los recuerdos que me asaltan a la memoria son las visitas de  los “paisanos”.  Papá era intermediario en conflictos familiares o de negocios.  Sus consejos eran escuchados por los miembros de la colonia. Su fama de mediador trascendió las fronteras de Santiago, llegando hasta algunas localidades del interior, como San Francisco de Macorís, La Vega, y especialmente la capital.

   Hurgando en fotos y recuerdos, me topé con fotos de los carnavales de Santiago. Quería que la colonia china estuviera representada en todos los principales eventos de Santiago. El carnaval en Santiago es una vieja tradición.  Durante muchos años se hicieron desfiles de carrozas.  Desde el mes de enero mi casa era un verdadero torbellino. Reuniones vienen y van, papá liderando la organización de la carroza de la colonia. A mis hermanas y a mí nos encantaba participar en esos eventos. Nos vestíamos con los trajes típicos chinos, nos maquillábamos, nos ponían unos guantes largos, unas coronas, nos subían al carruaje y a desfilar.  Además de nosotras, participaban otras chicas domínico chinas de la colonia. En una oportunidad, estuvo presente la prima Musieng, quien dejó a todos boquiabiertos con su belleza. Parecía que papá había traído a una modelo desde el mismo Taiwán. La carroza normalmente estaba resguardada por “edecanes chinos”, entre ellos mi padre, junto a mis hermanos y algunos otros chinos de la colonia. Se ponían unos holgados pantalones brillantes con una túnica manga larga, cuello típico chino, y un gran sombrero hecho en cartulina gruesa, bordeada de canutillos de colores.  Nuestras carrozas siempre se destacaban por su colorido.  En algunas ocasiones ganamos los mejores premios.  Los preparativos duraban meses: buscar el camión, comprar las maderas, hacer el diseño, y luego fabricarla. Mi mamá se ocupaba de nuestros vestidos. Como buena modista, los ajustaba y reutilizaba las telas durante años. El desfile normalmente comenzaba por las tardes, pero la preparación duraba el día completo. La última vez que me disfracé de “china” tenía un vestido amarillo, adornado en el frente con un dragón bordado en lentejuelas y canutillos amarillos en tono más oscuro.

Como era popular en la colonia, siempre estaba invitado a banquetes de celebración de cumpleaños, bodas y compromisos.  La tropa familiar lo acompañaba en todo momento. Aprendimos en esas incursiones gastronómicas que un banquete es de categoría cuando tiene más de 9 platos.  Nos enseñó que de los primeros platos había que comer poco, pues los mejores eran los últimos.  El plato tradicional que habría el banquete era un pollo sudado en salsa de soya, que en nuestro lenguaje infantil le llamábamos “pollo pataliao” porque no la carne no estaba bien cocida y siempre estaba de color rosa sangre. Servían té a granel. Entendí después que esta bebida ayuda a la digestión y acomoda las vísceras estomacales para la ingesta de muchas comidas.  Las celebraciones chinas eran siempre iguales: mucha comida, mucha comida y mucho, mucho ruido. Gente hablando alto, riendo a granel, con una música china de fondo, con sus chillidos estridentes, hacían de aquel panorama algo peculiar. Ahora entiendo que parte  de la cultura china es hablar alto y duro. Quizás porque son muchos deben destacarse. Lo cierto es que todavía hablo alto, muy alto. Imagínense, maestra, de origen chino y nacida en un gran seno familiar. Tenía que vocear para hacerme notar. Hoy es  una queja eterna de mi esposo Rafael.

Consciente de que se debía romper con la imagen de abandono y desinterés del emigrante chino, papá, junto a un grupo de comerciantes de Santo Domingo, crearon el Centro Cultural Domínico Chino. Vienen a mi mente las imágenes de la inauguración. El centro pretendía hacer actividades culturales, ofrece clases de mandarín a los hijos de chinos de segunda generación, así como expender productos importados. Estaba ubicado en la zona oriental de la capital y funcionó por varios años.

La apatía de algunos de los paisanos en los proyectos que protagonizaba Papá, no lo desanimó. A finales de los 70, fue uno de los gestores para la creación de la Cámara de Comercio y Cultura Domínico China. El esfuerzo tuvo resultado. Se constituyó la cámara y fue electo Presidente. Estaba compuesto por profesionales y empresarios de origen chino y empresarios dominicanos con fuertes vinculaciones en el negocio de importación y exportación. La idea era ampliar el volumen de comercio con Taiwán, y además realizar actividades culturales. Cada mes se organizaban cenas-conferencias con el propósito de debatir algún tema con un orador invitado.  Recuerdo ver a papá feliz vistiendo sus mejores galas para asistir a esos eventos.

Cuando papá regresó en 1949, con su hijo y esposa en brazos, y luego de su incursión pasajera en el comercio capitalino, se asentó en Santiago, y allí echó a andar sus raíces. Conjuntamente con sus incursiones comerciales, papá decidió abrirse el espacio social. Se hizo socio de los diferentes clubes recreativos, como el Country Club, el Club Santiago, y años más tarde, cuando era un próspero empresario, fue aceptado en el exclusivo Centro de Recreo de Santiago. Pienso que inicialmente lo hizo como una forma de darse a conocer, después, lo asumió como apostolado y, según sus palabras, para dar gracias a esa ciudad y a su gente por haberlo acogido.

En 1964 fue aceptado en el Club Rotario de Santiago, llegando en varias oportunidades a ser miembro activo de la Directiva.  Las reuniones del Club eran todos los miércoles por la noche en el Hotel Mercedes. Papá se esmeraba en prepararse. Con el tiempo se hizo amigo de todos, y al final de la jornada siempre le pedían que hiciera un chiste,  Tenía un gran sentido del humor.  Almacenaba en su cartera de bolsillo chistes de todos los colores y para todas las edades.  Tuvo activa participación en las jornadas internacionales del Club Rotary Internacional. Viajó a diferentes países representando  la delegación dominicana. Aquí se realizaron reuniones y mi casa fue el hospedaje de muchas parejas de extranjeros que venían a participar en las actividades.

            Para la misma época, mediados de los 60, se integró al grupo del Patronato Cibaeño Contra el Cáncer.  En 1968 fue electo Presidente, posición que mantuvo hasta su muerte en 1987.  El mes de octubre era el Mes del Cáncer.  En mi casa se hacían las reuniones de organización.  Se hacía siempre una colecta callejera, una cena de gala pro recaudación de fondos, radio y tele maratones para apelar a la sensibilidad social.  Durante todos esos años, la familia se integró a trabajar arduamente en las actividades.  Cada año se ponían metas: la construcción del edificio, la contratación de especialistas, la compra de la bomba de cobalto para las terapias… Hoy todavía funciona el Patronato con el mismo entusiasmo de hace treinta años.  Ironías de la vida.  En 1986, papá cayó mortalmente enfermo de Cáncer. Estrenó la bomba de cobalto a la que puso tanto empeño para que se comprara y una de las camas que adquirieron nuevas cuando se amplió el hospital. 

            Papá se hizo católico. Creo que fue ferviente en su creencia religiosa cristiana. Era un hombre de misas dominicales y de confesiones permanentes.  En 1966, él y mamá hicieron los cursillos de vida, convirtiéndose en un activo cursillista. En 1971 renovó sus votos con el Cursillo de Dirigentes de la Cristiandad, llegando a ser un activo miembro del movimiento por más de diez años.

Para finales de los 60 Obispado de Santiago, en la persona del entonces Obispo Monseñor Roque Adames, necesitaba un nuevo local. Papá fue llamado para que sirviera de tesorero. Participó activamente en las campañas de recaudación.  Hicieron rifas, cenas, recolectas directas a empresarios…y los resultados se vieron.  Poco tiempo después el Obispado estrenaba un amplio edificio de varios pisos ubicado en el centro de la ciudad, casi a orillas del Río Yaque.

No sé de dónde sacaba tanta energía. En los 60 fue aceptado como miembro de la Asociación de Comerciantes e Industriales de Santiago (ACIS), llegando en varias oportunidades a formar parte de su directiva.  Como sus nueve hijos estudiaron inglés en el Instituto Cultural Domínico Americano, la dirección del centro lo invitó a formar parte de la directiva,  ocupando en varios períodos la primera posición. 

Su vida era realmente activa. Dormía poco, trabajaba mucho, atendía los negocios, las demandas de ayuda de la colonia, las reuniones de los organismos que formaba parte… Tenía tantas y tantas preocupaciones y ocupaciones, que a veces durante la comida, pensaba solo y gesticulaba.  Sus hijos lo mirábamos con picardía. Nos tocábamos debajo para señalar su ensimismamiento. Era simpático, verlo presidir la larga mesa que acogía al batallón familiar. En medio de nuestros pleitos y risas, hablaba, a veces callaba y pensaba, pero cuando se dirigía para aconsejar, debíamos callar y escuchar, aunque no nos interesara el tema de su alocución. 

 

El sentido del trabajo

 

Una de las principales enseñanzas de nuestros padres, fue el amor al trabajo.  Para poder tener el premio del cine, “la tanda vermut” como se le llamaba a la función de la mañana, debíamos trabajar en la tienda.  Las tareas eran diversas: ayudar en los inventarios, vender hilos y botones, cobrar en la caja, atender a los clientes, y responder las llamadas telefónicas. En los meses de gran venta, como febrero 14, el día de las madres, el día de los padres  y sobre todo las fiestas navideñas, nuestras responsabilidades eran mayores. Nos distribuían el trabajo: los más pequeños debíamos envolver regalos, los mayores estar en la caja y atender las ventas, y el resto debía vigilar a los clientes, pues la presencia de mucha gente en la tienda podría, como de hecho sucedió en varias ocasiones, atraer a los ladrones.  Las mujeres de la casa teníamos también otras responsabilidades. Como éramos cinco, cada una tenía un día asignado para limpiar y recoger la parte de arriba de la casa. Mi día era el martes. Suk Yien siempre procuraba estar después de mí, porque sabía que podría trabajar menos, ya que yo era, y soy todavía, fanática del orden y la limpieza.  Los varones tenían otras tareas, menos en verdad.  Creo que esa enseñanza práctica nos dio mucho sentido de la responsabilidad y del trabajo, aunque con los años cada uno haya tomado su propio rumbo.

El recuerdo que tengo más claro de mis padres era lo mucho que se afanaban. Tenían sus días llenos con miles de cosas.  Cuando vivíamos en la Calle Máximo Gómez papá ya había hecho su incursión en el comercio de la venta al detalle. Nuestra tienda La Pagoda, era mercería, tienda de tejidos, roja interior de mujeres y de hombres, fantasía, en un todo incluido desenvuelto en un local cuadrado no muy grande pero organizado de tal manera que esa oferta de mercancías estuviera organizada y atractiva al público. La Pagoda fue la madre de los demás negocios que fueron surgiendo por las inventivas y los riesgos de papá.  Recuerdo muy bien que antes de iniciarse el episodio de  Abril del 65, había incursionado en el negocio de los pollos barbecue.   La sala de nuestra casa era un expendio de pollos horneados, atendidos por el primo Jorgito. Nosotros debíamos ayudar también. 

Después incursionó en el negocio de los huevos.  Como no conocía del negocio, se fue a la Universidad de Texas a hacer un curso de avicultura. Al llegar, fundó la granja La Altagracia, la cual era atendida por la prima Su Gui y su esposo Ángel.  Nos encantaba pasar los domingos en ese lugar o irnos de vacaciones a pasarnos largas semanas junto a la abuela materna. La granja desapareció en los años 80, no recuerdo las razones.

Como tenía interés en seguir trabajando en los negocios,  hizo en la Universidad O&M un curso nocturno sobre Gerencia. Éramos niños, cuando cenaba temprano para dirigirse a estudiar de noche. Mamá quedaba en la casa como la guardián oficial de la casa.

Tiempo después, a mediados de los 60 fundó el Restaurant El Pez Dorado, que era atendido por Jorgito, su padre el tío Key Kung, y Alfredo Sang, el hijo del tío Arturo, que había muerto años atrás. La fábrica de muebles de rattan, comenzó a finales de los 60, luego de la llegada de José Chiang, como dije antes.  Inició en una pequeña casa, luego pasó a un edificio que papá pudo construir en La Joya, un barrio popular de la zona sur de la ciudad, para luego pasar a la parte alta, en una finca que le compró a la familia Martínez. Esta fábrica fue pionera en la fabricación de muebles de rattan y mimbre.  Me encantaba ver a papá vendiendo a sus clientes.  Tiraba las sillas para demostrar a los interesados en comprarlas cuán resistentes eran.  De hecho, todavía conservo las sillas del comedor familiar, que deben tener más de 30 años.

Como la medicina china era tan popular en la cura de enfermedades, papá vio en este renglón una oportunidad para el negocio. Quien introdujo al país, los ungüentos más famosos para aliviar dolores, fue papá. Primero fue una pomada, “el pochum” que venía en una caja redonda con un tigre en su tapa, luego “la flecha”, con variada presentación. En frascos de cuatro tamaños.  Recuerdo bien que en nuestra casa del Reparto Panorama se destinó un lugar especial para colocar la mercancía. Se vendía a las farmacias de todo el Cibao.  Todavía hoy la flecha es un producto muy expandido en la sociedad dominicana. Recuerdo que papá y mamá utilizaban esa pócima como algo mágico. Si te dolía el estómago, te ponías un poco en el vientre. Si te dolía la cabeza, unas gotas frotadas en las sienes eran suficientes. Para el dolor de mueles te dejabas caer unas gotitas en el diente afectado y listo. Si tenías gripe y no podías respirar, te echabas unas gotas en el dedo índice y luego lo frotabas en cada cavidad de la nariz, y a respirar se ha dicho.

La comida china se hacía cada vez más popular. Aprovechando la demanda en el mercado, decidió incursionar en el negocio culinario. Papá también fue de los primeros en introducir al mercado la salsa de soya.  Junto a la flecha, el pequeño almacén que estaba en la casa, se colocaba la salsa.  Comenzó a venderse de manera individual primero. Pero como era muy agotador, amplió el mercado hacia los colmados y supermercados, y la verdad que tuvo muy buena demanda.  Hoy día la salsa de soya de produce industrialmente por las fábricas locales.  Papá decía que la de él era mejor, porque era más espesa. 

El dúo matrimonial que conformaban mis padres era muy especial. Papá era el hombre de las ideas, de los contactos, del convencimiento general para conseguir los préstamos para sus negocios.  Decía siempre que lo importante era saber invertir el capital de otros.  Mamá era la mujer de todos los días. La que supervisaba la casa, la que se ocupaba de las necesidades de cada uno de sus hijos, la que vigilaba el servicio doméstico, la que atendía la clientela que acudía a la tienda, la que atendía la caja…Desde la tienda monitoreaba la casa y disponía la comida.  En las noches, mientras supervisaba las tareas de sus hijos, se pegaba a una máquina para hacer juegos de sábanas, que luego bordaba para ser vendidas en la tienda, o para hacer los trajes que sus hijas usarían en los cumpleaños, o para zurcir las medias de sus hijos varones.  No tengo memoria de ver a mamá ociosa o descansando. Era la laboriosidad hecha persona. La recuerdo como una mujer silenciosa, práctica, trabajadora, dinámica, fuerte, dulce, con un gran sentido de la responsabilidad.  Era la que imponía la disciplina en el hogar. Papá el que aconsejaba e instigaba a estudiar y luchar. Una derrota, un fracaso, era solo una piedra en el camino. Decía que si uno se caía, se levantaba de nuevo. Caerse 100 veces, significaba levantarse en 101 oportunidades.  

 

La vuelta a su lar nativo

           

Durante su función como Presidente de la Cámara de Comercio y Cultura Domínico China, papá y mamá visitaron varias veces a Taiwán.  Gozaba enormemente aquellos viajes, pues era una forma de mantener viva su imaginario cultural, guardado durante tantos años en su memoria y su corazón.  En alguno de esos viajes, se llevó a nuestro hermano mayor, Miguel, llegando a otros lugares del oriente.

Como sabemos, en los años de la Guerra Fría, China, Cuba y los países de la órbita soviética estaban vedados para el mundo occidental.  Para 1966 se había iniciado en China la llamada Gran Revolución Cultural, que trajo consigo muerte y desolación. Años después el panorama mundial de relaciones entre los dos polos cambió cuando en 1972 el Presidente Nixon visitó China. En 1974 un grupo de estudiantes de Cantón había firmado un Manifiesto a favor de la democracia. 1976 Mao murió, y con su muerte se produjeron grandes cambios. Por ejemplo, en 1979, se produjo la apertura de China a las empresas extranjeras, aunque el proceso produjo serios enfrentamientos internos. Ese mismo año nació el movimiento por la democracia llamado “Primavera de Pekín”, mortalmente reprimido poco tiempo después de su nacimiento. Pero los hechos abrieron a China al mundo, permitiendo que muchos de los hombres y mujeres que habían salido, volvieran a su patria.

No recuerdo haber escuchado a papá hablar de volver a su hogar.   Sin embargo, cuando la cortina de hierro se abría ante el mundo, y se flexibilizaron las medidas para la comunicación entre oriente y occidente, entre el mundo capitalista y el llamado mundo comunista, papá vio la oportunidad del regreso. Esta vez no para quedarse, sino para visitar sus viejas tierras. Regresó a China continental en 1980, cuando en el Gobierno de Antonio Guzmán ofrecieron facilidades. 

            El viaje fue cuidadosamente preparado. Papá había mantenido contacto con sus viejos amigos. Les volvió a escribir y les dijo que regresaría a la aldea a visitarlos. Nuestros padres pasaron un mes por la China Continental.   Nosotros esperamos con ansiedad su llegada.  En vez de alegría, sus rostros reflejaban tristeza.  Mamá nos contó que cuando llegó a la Aldea y vio la miseria en la gente se sintió muy triste. Que sus amigas y amigos de antaño usaban las mismas ropas que les vio hacía más de treinta años.  Que la gente andaba triste, con hambre y sin horizonte.  La experiencia del viaje, le dieron nuevos argumentos a papá para ratificar su posición anti-comunista.

            En 1986, invitado por la Embajada de Taiwán aceptó visitar a la isla de Formosa.  Aprovechando el viaje hacia oriente, decidió visitar de nuevo China continental y otros exóticos lugares como Bangkok, Japón y Tailandia.  Fue su última visita al oriente. En Bangkok un fuerte aguacero le produjo una neumonía que lo mantuvo hospitalizado por mucho tiempo. Allí se le descubrió el cáncer.

             

Su viaje final

 

            Papá era un guerrero. Cuando le diagnosticaron el cáncer decidió librar la batalla. Fiel creyente del I-Ching y las predicciones del futuro, apostó a la salida que le ofrecía le proponía ese instrumento.  Me cuentan en su último viaje, papá y mamá visitaron a una vidente y experta en el I-Ching.  La señora le dijo que en su futuro inmediato aparecía una mancha oscura y difícil de atravesar.  Que si la superaba podría vivir una larga vida.

            Nos enteramos de la situación en el país. La noticia nos destrozó el corazón. Por azar de la vida, Mu-Yien estaba en Asia, y al enterarse, se encontró con ellos. De inmediato, nos comunicó la ingrata noticia. Guerrero al fin, papá quiso que lo vieran médicos norteamericanos.  Así, acompañado de nuestra hermana Mu-Yien y mamá se fueron a la ciudad de Nueva York. Allí no solo le confirmaron el diagnóstico, sino que le dijeron que el cáncer de pulmón era uno de los más difíciles de superar.  Decidió hacer los tratamientos de quimioterapia que le aconsejaron. 

Quizás como una forma de encontrar aliento, le pedimos una cita al Dr. Peralta, reputado médico, especialista en oncología, y por demás, amigo entrañable de papá.  Cuando le entregamos el diagnóstico, el Dr. Peralta se transformó. Con su calma habitual nos explicó los problemas de ese tipo de cáncer y nos dijo con voz entrecortada que el pronóstico de vida de papá no superaba el año.  Y así fue.  Su cáncer fue detectado en octubre de 1986 y murió un 22 de diciembre de 1987.

El año de enfermedad de papá fue una lección para todos. Aprendimos el valor del amor familiar en su más profunda dimensión. Durante los ocho primeros meses papá se sometió a todas las pruebas y tratamientos que le aconsejaban los médicos. Era guerrero y estaba decidido a luchar.  Recuerdo perfectamente en una de sus crisis que se vio obligado a hospitalizarse, que me dijo en su pequeña cama de cuidados intensivos: Mu-Kien, soy guerrero, y los soldados mueren de pie. Con el tiempo se dio cuenta que la batalla estaba perdida, entonces trató de que lo acompañáramos el mayor tiempo posible.

Durante su largo período de enfermedad, se produjeron en papá muchos cambios. Cristiano como era, pidió ayuda a sus amigos sacerdotes, e incluso cuando vio que el final estaba cerca, se confesó y comulgó en paz.  Sin embargo, quizás como forma de no olvidar sus lejanas raíces culturales, cada tarde de ese largo año de enfermedad, hacía una ofrenda de incienso a la diosa del amor, la Kuanyin.  En uno de sus viajes a Oriente había traído una hermosa estatua de esta diosa amada, que colocó con especial esmero en el centro del patio español-terraza de nuestra casa.  Durante sus ofrendas, la casa se impregnaba del olor a los palitos de incienso que colocaba en las manos de la diosa.  Cuando fuimos a China en el 2002, en una tienda se vendía una Kuanyin esculpida en jade. Al verla, recordé de inmediato el episodio de papá.  Desde entonces adorna la sala de mi casa y nos protege de cualquier energía negativa.

Cuando papá enfermó sus hijos éramos adultos y casados, por lo cual teníamos que hacer de tripas corazón para visitarlo en Santiago. Uno de los sucesos más hermosos de su final, fue que su hijo Peng Sien, el comunista, el que lo desafió abiertamente en sus concepciones ideológicas, lo cuidó con esmero, amor y dedicación.  El enfermero improvisado lo cargaba, lo inyectaba, le daba las medicinas o simplemente lo acompañaba. Papá lo miraba complacido y sonriente. Creo que ninguno de esos dos hombres, que se amaban profundamente que se habían distanciado por posiciones políticas, se reencontraron e hicieron las paces sin mediar palabras.  

            El deceso de papá se produjo sin sorpresas, pero con mucho dolor. La prensa nacional se hizo eco de su muerte.  Los periódicos nacionales lo homenajearon con  hermosos editoriales: el Listín Diario (24 de diciembre de 1987), El Nuevo Diario (30 de diciembre de 1987) y La Información, que le dedico dos editoriales (22 y 26 de diciembre de 1987).  Personas que lo conocieron testimoniaron de su vida a través de artículos de prensa[8]. Recibimos cientos de cartas de solidaridad y cariño, que aligeraron un poco la carga de su partida. Para el sepelio nos vestimos de blanco, como nos habían enseñado dos décadas atrás.

Papá finalizó su vida habiendo logrado muchas cosas. Durante los 68 años de vida, recibió testimonios vivos de reconocimiento. Recibió la Medalla Paul Harris otorgada por el Club Rotario Internacional a personalidades que hayan contribuido al bien social. Fue declarado Hijo Meritísimo del Ayuntamiento de Santiago, la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) le hizo un reconocimiento meses antes de morir en su graduación ordinaria de 1987 y la Universidad O&M le entregó en Doctorado Honoris Causa póstumo en marzo de 1988. . La vida lo premió cuando justo un año antes de serle descubierta su mortal enfermedad, fue objeto de un gran homenaje por su amado Club Rotario. A su muerte, el Patronato Cibaeño Contra el Cáncer bautizó con su nombre su salón de reuniones y convenciones.

            En el año 2000, el periódico Hoy realizó una publicación especial de noticias seleccionadas y las más importantes de cada año del siglo XX.  Se hicieron 99 números.  En la publicación correspondiente al año 1987, se puso como noticia de importancia e interés la muerte de papá.  Como hija, este fue quizás uno de los mejores homenajes que se pueda recibir.  Adriano Miguel Tejada, el responsable de este enjundioso trabajo de archivo e ingenio,  colocó su deceso en un lugar privilegiado de ese año 1987. Me sentí muy orgullosa cuando alguien me llamó para darme la buena nueva.

            La partida de papá a su viaje final abrió la compuerta de una parte de nuestra identidad dormida.  Habíamos optado por ser dominicanos de pura sepa, con todas las implicaciones que eso suponía. Al darnos cuenta del valor y la valentía de este hombre que luchó hasta la muerte para romper barreras en un medio adverso, inconscientemente,  todos los hermanos buscamos en lo profundo de nuestros corazones y nuestra memoria a fin de rescatar esa rica dimensión de nuestra propia existencia.

            Quizás el producto que hoy somos sus nueve hijos no tenga el brillo ni la característica de lo que papá y mamá trabajaron, soñaron y aspiraron por construir. Sus hijos, seres humanos que asumieron la vida por el camino que cada uno consideró conveniente, estamos conscientes de que recibimos de ellos muchos dones, y un verdadero ejemplo de amor, dedicación y trabajo.


 

II. La Búsqueda de explicaciones a mi híbrida identidad

 

Mi hijo ronca como el trueno

Nadie escucha mis golpes

Apoyando en mi vara

Escucho al río...

Siempre me lamento

Que mi ser no es mío,

¿Cuándo no recordaré de apresurarme por nada?

De la noche profunda el viento sueña,

La seda blanca yace plana,

Pronto el pequeño barco navegará

Pasando el resto de su vida por los ríos y mares.

Su Tung-po (1036)

 

Con los años he descubierto que la enorme riqueza que entraña la cultura que ha ido construyendo la humanidad durante su tránsito por esta tierra diversa, teñida de seres humanos de colores distintos, quienes al entremezclarse han reconstruido y recreado sus propias herencias culturales. Y en ese proceso he redescubierto que tengo la fortuna de ser una especie de síntesis cultura. Pueblan en mí millones de años de una rica y contradictoria cultura china; quinientos años de historia de amor y horror de una historia escrita por la España indefinidamente segura entre un feudalismo atípico y un mercantilismo impuesto; por una sociedad taína destruida y encubierta; y por el África que llegó sin saber a dónde… Bullen en mí las influencias de pensamientos tan disímiles como interesantes. Desde Lao Tse hasta Rousseau… He concluido, leyendo mi propia historia,  que todos somos síntesis cultural. Y comprendiendo esa grandeza, debemos encontrar riqueza en cada una de las expresiones de la vida. MAS  [9]

 

 

En febrero del 2001 tuve una experiencia muy interesante de mi condición de mujer de ascendencia oriental, de nacionalidad dominicana y que ha optado por el oficio de historiadora. Les hago la historia corta. Desde hace varios años he tenido la suerte de participar en los esfuerzos de la Comisión de Efemérides Patrias para celebrar el mes de la patria.  Ese año fui invitada para ofrecer una conferencia sobre la Independencia dominicana y el pensamiento duartiano en la ciudad de Ponce, Puerto Rico.  Desde que supe mi destino, me puse en comunicación con el Cónsul dominicano en esa ciudad, el muy amable Sr. José Manuel Rodríguez Hurtado. Nos pusimos de acuerdo y arreglamos los detalles. Danilo Veras fue nuestro cortés y efectivo guía desde San Juan hasta  Ponce. La conferencia se celebraría en uno de los salones de la Pontificia Universidad Católica de esa localidad.

Antes de mi viaje a Ponce, me había enterado que las autoridades dominicanas me habían objetado, porque una china no podía hablar sobre historia dominicana. Sabía además que algunas personas que no me conocían estaban sorprendidas de que una mujer con un nombre decididamente oriental fuera la conferenciante. Sé cuánto tuvo que explicar mi querido amigo José Chez Checo para aclarar una y otra vez sobre mi indiscutible dominicanidad.  Finalmente aceptaron, con reservas, las explicaciones de la Comisión. Pude entonces organizar mi coro viaje hacia la vecina isla de Puerto Rico.

Por esta razón, inicié mi conferencia con una reflexión sobre la necesidad de creer y pensar en un nuevo concepto de ciudadanía, la ciudadanía universal. Lo dije aprovechando que el público presente, como lo fue mi padre sesenta años antes, estaba compuesto en su mayoría por emigrantes, seres que un día decidieron zarpar al mar en búsqueda de un futuro mejor. Comencé con una pregunta muy simple y directa ¿Se preguntarán muchos de ustedes, quién es esta mujer de rasgos orientales y nombre compuesto entre el Castellano y el Chino? Brevemente hablé de mi origen y de cómo quizás esa doble dimensión y la necesidad de ratificar una identidad, me hizo amar, estudiar y escribir la historia de mi patria amada, la tierra que mi padre había adoptado como suya y que me vio nacer. A partir de entonces sentí una gran sintonía entre el público y yo.

Hablé de la necesidad de rescatar los ideales duartianos. Califiqué a Duarte como el dominicano hacedor de sueños y definí a la independencia como un proceso que hoy sigue siendo inacabado, pues muchas de las aspiraciones de los trinitarios no todavía habían podido materializarse. La utopía de libertad debía seguir siendo nuestro norte, afirmé convencida. Mientras hablaba, veía cómo una señora de mediana edad me miraba con atención, y cada idea o palabra que le sonara importante y de interés era anotada en una hoja blanca. Me sonreía y hacía gestos emotivos de aprobación. Verla era una inspiración más, tanto así que me obligó a esmerarme en la exposición. Al finalizar llovieron las preguntas.  Otra señora del público, una trabajadora como tantas que se gana la vida en los duros quehaceres de un hogar extraño, comentó entusiasmada que le había gustado mi entrada inicial, y en su expresión netamente puertorriqueña dijo que “le estaba extraño que una china hablara de historia dominicana, pero que ya entendía”. 

Antes de pasar al brindis, abrimos un gran bulto que guardaba una serie de objetos conmemorativos enviados por la Comisión de Efemérides Patrias. Había de todo,  gorras, banderas, afiches con la figura de Duarte, alfileres alusivos al 27 de febrero, camisetas, calcomanías…El público acudió entusiasmado al llamado de recoger algún recuerdo. Ensimismada observé cómo se agolpaban para tomar algún regalo. Luego al finalizar el brindis, vi hombres salir del local usando sus cachuchas, otros se había puesto las camisetas sobre sus camisas. Al salir del local, la mayoría de los autos ondeaban la pequeña bandera dominicana. El viento las agitaba y las mantenía erguidas. Pensé de inmediato que en la distancia, la mejor forma de mantener el vínculo con la patria amada y ratificar la dominicanidad en una sociedad que le es adversa, era a través de esas pequeñas cosas, magnificadas en la ingrata soledad. Este grupo de hombres y mujeres que llenó el lugar se sintió importante. La actividad había sido organizada para ellos y nadie más. Por unas horas, recordando los sucesos de su historia, renació en ellos de nuevo el sentimiento dominicano.

Durante el brindis tuvimos, mi esposo Rafael y yo, la oportunidad de conversar con mucha gente. Y al escribir esto, pienso en Radhamés un joven sastre, casado y padre de dos niñas, que decidió hace 10 años dejar la familia para construir un futuro. Nos dijo orgulloso que ya había podido hacer su “dinerito” para comprar una casa y poner un negocio de sastrería en Santiago, su ciudad natal. Al hablarnos, nos contaba sus penurias y la angustia que produce la lejanía de su tierra. Su voz se quebraba y sus ojos se humedecían cuando afirmaba que nadie en su sano juicio tomaba esta decisión de salir de su patria, sentirse extranjero y rechazado en otras tierras, si no es por una gran necesidad. Hablamos con otros, médicos radicados hace 15 años, empleados de factorías y almacenes, y todos, absolutamente todos, soñaban ardientemente con el regreso. ¡Regresar a su patria era el sueño acariciado!

En la noche reflexionaba con Rafael sobre la nueva experiencia. Le decía que el sueño del regreso era una constante en la gente que migraba, ya sea por razones económicas o políticas.  Mi padre, como dije en páginas anteriores, al casarse con mi madre en 1947, quiso regresar de nuevo a China.  Japón había sido derrotado en 1946. Pero al llegar, se encontró en pleno apogeo de la revolución comunista, teniendo que migrar de nuevo, quemar otra vez sus naves y regresar una segunda vez como emigrante a la República Dominicana,  con una esposa y un vástago.. Pienso que esa experiencia le hizo tomar la decisión de no pensar más en la utopía del regreso a China. Convirtió este país caribeño en su nueva patria, y a la ciudad de Santiago en su ciudad natal. Se nacionalizó dominicano, comenzó a echar sus raíces y luchar por su futuro y el de sus hijos.  Ahora entiendo por qué, papá a pesar de ser un hijo y un estudioso de la cultura china, no enseñó a sus hijos a hablar ni su dialecto, ni el cantonés ni el mandarín. Quería insertarse en la sociedad de Santiago a toda costa y quería que su familia fuera aceptada como dominicana.

¡Qué gran drama el de ser emigrante! Ser, nacer, pertenecer y amar una tierra que te asecha y  despoja de tu futuro, porque no brinda las oportunidades necesarias para una vida digna, empujándote a la aventura. Entonces llegas a una tierra desconocida que te rechaza y te margina. La forma de caminar, de ver la vida, de hablar y comportante evidencia tu condición de extranjero. El acento te delata y la nostalgia del regreso te traiciona. Vivir con la esperanza del regreso es sólo un aliciente. Los que tienen la oportunidad de visitar su tierra amada, se dan cuenta que aquí también son extraños.  ¡Qué dramas y pruebas ofrece a veces la vida!

Al escribir estas palabras, recordé una hermosa carta que nuestro hermano más pequeño, “el noveno bate” como le gustaba a papá llamarlo, Peng Bian Ventura le escribió a papá al cumplirse el tercer aniversario de su muerte.  Entonces, Peng Bian era un emigrante dominico-chino que se había ido a Boston a estudiar. Finalizados sus estudios  quiso abrirse camino. Las peripecias de los extranjeros, intentando adaptarse a la cultura que lo recibe, pero que no lo acoge, se reflejan hermosamente en estas palabras cargadas de sentimientos:

En estos días he estado pensando que cada día que pasa nuestras vidas se hacen más parecidas. Ahora soy “emigrante” como lo fuiste tú, en una tierra que no es la mía, con un idioma que me delata en cada sílaba que pronuncio, de la misma manera que tu simpático acento chino te denunció frente a los demás. Pensar que tú te abriste camino en las adversidades, que los sacrificios y malos ratos por estar lejos de tu tierra natal se vieron coronados con el orgullo de haber ganado, más que la simple aceptación, el respeto y la admiración tanto de chinos como de dominicanos, me da el coraje y la energía para enfrentar los días y las noches en los que me es difícil encontrar las fuerzas en la confianza en mí mismo para enfrentar este medio que a pesar de los años me hace sentir forastero

 

 Buscando la dimensión filosófica de mi híbrida identidad

“Un monje pregunta a su maestro ¿Haces algún esfuerzo para disciplinarte en la verdad? Sí responde el maestro. ¿Cómo te ejercitas, pregunta el monje. Cuando tengo hambre, como. Cuando estoy cansado, duermo. Eso, dice el monje, es lo que hace todo el mundo. ¿Puedes decirme si ellos se ejercitan como tú? No, responde el maestro. ¿Por qué no?, dice el monje. Porque ellos cuando comen no comen, sino que piensan en otras cosas, distrayéndose. Cuando duermen no duermen, sino que sueñan mil cosas. Por eso no se parecen a mí.”   D. Suzuki, Introducción al Budismo Zen. Citado por José Ramón Álvarez, China caos vital.


“Debemos llorar antes de poder reír. De la tristeza surge el despertar, y del despertar surge la risa. Lin Yutang

 

 

El camino del Tao

Durante los primeros treinta y cinco años de mi vida me sentí dominicana de ascendencia china. No tenía conflictos en decir y sentirme orgullosa de mi dominicanidad. Me sabía con orgullo que mi padre era chino, pero no me interesaba racionalmente adentrarme por esos caminos.  Sabía que papá citaba a Confucio, a Ling Yutang, a Lao Tse y otros filósofos chinos. Era una tarea pendiente que no me interesaba,

Cuando comencé a conocer a Rafael, mi esposo, en el plano personal tuve una gran sorpresa. Lo había tratado de cerca, pues había sido mi jefe durante varios años en INTEC, pero nunca habíamos hablado de nada personal. Mis primeros encuentros amorosos con él se produjeron meses después de yo haber finalizado un matrimonio traumático, y él la muerte de su esposa.  En una de las primeras citas me dijo que uno de los libros que más le había impactado en su vida personal y profesional había sido “La Importancia de Vivir” de Lin Yutang. Al escucharlo me quedé petrificada. Papá volvía a mi vida de forma súbita. Le pedí el libro prestado. Lo devoré enseguida. Mientras leía, lloraba y reía.  De esta lectura nació un artículo que escribí con mucha nostalgia, El tao y yo[10].  Iniciaba explicando que La Importancia de vivir era el libro de cabecera de mi padre, y que en todas las oportunidades nos invitaba a leerlo. “Algunos siguieron el consejo, otros, como yo, rechazamos sin dudar ni un instante la invitación. Mis influencias teóricas materialistas, racionalistas de la época, objetaban mecánica y casi biológicamente cualquier lectura que no estuviese encasillada en esa tendencia ¡Cuánta irracionalidad!”

            Al leer el artículo 10 años después de escribirlo, me enternezco. Confesaba sin rubor que fue después de leer el libro, muchos años después de su muerte, que había conocido en verdad a papá, y que en mis diálogos silenciosos con él, le decía cuánto me arrepentía de mi gallardía y prepotencia juvenil, que había entendido el porqué en sus diálogos- monólogos decía siempre que la vida, como el tao, no podía definirse, pues  era como el curso y la energía del universo.  La vida pues, es un verdad un sueño y los seres humanos somos como viajeros que flotamos por el eterno río del tiempo que embarcamos en cierto punto y desembarcamos en otro, a fin de dejar lugar a quienes, río abajo, esperan subir a bordo”, Lin Yutan, La importancia de vivir.

            Aceptaba mi error, al negar durante mis años juveniles que la filosofía oriental era eminentemente individualista, olvidando la importancia de la colectividad. ¡Equivocada estaba! Aprendí entonces que debemos buscar la felicidad interior, pues ella era y es el preámbulo para construir una vida social feliz. Si puedes mantenerte a gusto allí donde te encuentres, puedes ir a cualquier parte, Huanchu Daoren, Retorno a los orígenes.

            Reconocía mi falsa concepción, aprendida al calor de la euforia de los 70, de que un profundo sentido de justicia y sensibilidad social, sumado a un fuerte basamento teórico que permitiera comprender la realidad, era suficiente para construir una sociedad más humana y justa.  Me equivoqué también, porque entonces entendí que el amor a las personas que nos rodean no debe ser impuesto por una doctrina, una convicción del intelecto, una tesis o cientos de argumentos. El amor por y hacia la humanidad no requiere razones. Decía hace una década, y lo reafirmo hoy también que se hace necesario dejar de ver al ser social como una sumatoria de seres. Se hace imprescindible ver a cada uno en su propia individualidad, con sus propias ideas y sus propias esperanzas.

            Afirmaba que para vivir feliz, se impone la buena y sana convivencia con los demás. Aprender a tolerar y saber distanciarse en situaciones de conflicto. No esperar recompensa si se hace el bien, pero sobre todo, tomar distancia si el éxito llegaba, pues lo importante es ser libre y vivir con libertad. Al establecerte en la sociedad, ni no tienes nobleza de carácter… ¿Cómo podrás se libre? Si no eres respetuoso ¿Cómo podrás estar en paz?, Huanchu Daoren.

            Finalizaba el artículo con una reflexión, que hoy sigo defendiendo, A veces, en la eterna agonía de lo que aspiramos, soñamos y queremos, olvidamos valorar lo que tenemos.  Finalicé con el hermoso poema Mitad y Mitad de Lin Yutang:

Y las flores a medio abrir están más bellas,

Como navegan mejor las barcas a media vela

Y mejor trota el caballo es a media rienda

Quien tiene una mitad de más, suma ansiedad.

Pero quien de menos tiene, con más ansia posee su mitad.

Pues la vida está de dulce y de margo compuesta.

Es más sabio y más hábil quien solo la mitad prueba.

Quise seguir profundizando en las lecturas de la cultura oriental. Leí mucho sobre el taoismo. Lin Yutang siguió siendo mi preferido. Intenté llegar a las fuentes originales de la filosofía taoísta, entonces comencé a leer a Lao Tse, Huanchú Daoren.  Fruto de esa inmersión en mi mundo nacieron muchos artículos que fui publicando en la prensa nacional, y que reflejaban el nivel de mis reflexiones.

Un buen día recibí una caja envuelta en regalo. Cuando lo abrí, había como diez libros de filosofía china.  Era un regalo del Agregado Cultural de la Embajada de Taiwán, quien había leído el artículo El Tao y yo, y me invitaba a seguir profundizando en esas raíces culturales. Las nuevas lecturas me motivaron a escribir nuevos ensayos.

Los amigos me motivaron en la búsqueda.  Recuerdo que el amigo querido, Padre Antonio (Tom) Lluberes, me enviaba la revista INFORCHINA que era producida por los jesuitas que hacían su labor pastoral en China.  De estas publicaciones tomé muchas informaciones.  La primera vez que me encontré adulta con la realidad del horóscopo chino fue en un artículo que apareció en esa publicación.  De estas lecturas nacieron varios artículos.  Uno de los temas más interesantes es en torno al calendario lunar y la significación del simbolismo que tienen los animales. Como se sabe, el año chino tiene 12 símbolos que corresponden a ciclos de doce horas.  Cada signo, y por consiguiente cada periodo de doce-dos horas, está asociado con un signo del zodíaco. Así, desde la medianoche del comienzo del ciclo anual está asociado con el ratón, que es seguido por el buey, el tigre, el conejo, el dragón, la serpiente, el caballo, la oveja, el mono, el gallo, el perro y el cerdo. Aunque estos símbolos no son empleados científicamente, según la creencia china, las personas y los tiempos reciben las influencias que corresponden a las épocas en que pertenecen.

Durante mi niñez los nueve hermanos recibíamos con alborozo la llegada de cada año nuevo chino, como le decíamos en casa, que no era más que la celebración del nuevo año según el calendario lunar. Para nosotros era una oportunidad más para el disfrute de la sabrosa gastronomía china, preparada con esmero, y que anunciaba la llegada del nuevo animal zodiacal.  Papá explicaba las bondades y problemas que traía cada símbolo-signo. Durante mi infancia no retenía, ni me importaba entender las explicaciones. Escuchaba hablar de los ratones, los cerdos, bueyes, ovejas, tigres, dragones…y para mí imaginación infantil no eran más que animales que integraban un especial zoológico imaginario.

He escrito varios trabajos sobre el tema del calendario lunar. Hablé de la llegada del Buey en 1997 [11], y resalté la fortaleza de este animal, caracterizado por la determinación, la disposición al trabajo, la tenacidad, la vitalidad  y la confiabilidad.  Decía que según los ancianos chinos creían que el buey al pasar era capaz de espantar los malos y perversos espíritus. Al año siguiente escribí sobre la llegada del tigre: En este año lunar, que hace poco hizo su aparición, nos toca vivir la influencia del tigre feroz, que espanta con sus alaridos y sus garras, y que por la fuerza de su paso atemoriza sin piedad.” [12]  En ese artículo hacía referencia de las celebraciones que se hacían en Taiwán y en China. Quince días de ofrendas, bailes, juegos y cánticos se produjeron en Oriente. Aquí en el país, también se hacen danzas de dragones para celebrar la llegada del nuevo animal zodiacal.

Desde hace seis años, nuestra hermana Mu-Yien comenzó a celebrar los años nuevos chinos.  En estas celebraciones participamos la familia ampliada y los amigos y amigas que nosotros llamamos “chinos de corazón”.  En las fiestas, un homenaje esplendoroso de la gastronomía china, se incorporan también la danza de los dragones, con su estruendosa música, especialmente el tronar de los tambores.  Todos los invitados deben ir vestidos de chino o con una vestimenta roja, símbolo de alegría.

Mis lecturas sobre filosofía taoísta, no así de la religión taoísta, culminaron en muchos artículos que aparecieron en los diferentes medios en que mi columna fue transitando, Ultima Hora, Listín Diario, El Siglo, Rumbo y el periódico Hoy, donde llevo varios años publicando en Areíto mi columna Encuentro.  Algunas de las personas que han leído mis trabajos se motivaron y me enviaron libros.  Una señora, de quien no recuerdo su nombre, pero sí tengo clara su figura de mujer pasada de los sesenta, presumida como pocas, que me fue a visitar a mi oficina de la Universidad, para llevarme un grupo de libros sobre filosofía oriental, que incluía no solo libros sobre filosofía china, sino también hindú.

Al principio hice énfasis en las posiciones taoistas sobre el poder, quizás porque estaba viviendo al calor de la actividad política del momento. Corría el año 1995, había pasado la crisis política de 1994. El fortalecimiento de la sociedad civil, y su activa participación en procesos electorales, mi convencimiento de que era necesario una nueva forma de ciudadanía, me orientaron quizás a centrarme en ese aspecto del pensamiento taoísta.  Y me gustó mucho algunas de las cosas que encontré en el Tao Te Ching:

Ayudar al gobernante con el Tao, significa no servirse de las armas para conquistar el mundo, porque las armas gustan de las represalias.  Allí  donde hay ejércitos, crecerán matas de espino. Después de una guerra, seguirán años de desgracias. El buen jefe simplemente acepta los resultados como son, no se vanagloria, no se autoalaba, no se enorgullece, lo considera todo como el único resultado posible y no se apoya en la fuerza…”

Según el taoísmo, que significa el camino y la norma de conducta, la política ha de ser esencialmente ética. El camino, dicen los taoístas, tiene tres formas de expresarse. La primera es a través de la conducta humana, que debe sustentarse en los principios. La segunda se refiere al Soberano, al que tiene en sus manos ejercer el poder, que debe ejercerse sin manchas y asumiendo siempre la senda de lo recto y lo perfecto. Y la tercera, que plantea que ambas cosas deben estar siempre acordes con el mandato del cielo, que los taoístas llaman la norma absoluta.

Para gobernar bien, dicen los taoístas, se necesitan aplicar tres caminos o principios.  El primero es el NO-SER, símbolo y expresión del aspecto no aparente de lo real.  Señalan que si un soberano solo mira el servicio que pueden ofrecer las coas, será un productor de inútiles normas, leyes y planes.  Si por el contrario, centra su acción en la utilidad que puedan ofrecer esas mismas cosas, no será más que un soñador.  Lo importante, dicen, es logar la perfecta conjugación de la utilidad-servicio, es decir, la interrelación dinámica del SER- NO SER. Así pues, el taoísmo es una doctrina esencialmente crítica que se sustenta en la relación individuo-totalidad. Al adoptar el NO SER el Soberano se enfrentará a las formas preestablecidas que quieren adecuar la realidad a sus planteamientos.

El segundo principio es LA NO ACCION, que es también una forma de hacer. Dicen los filósofos que a veces lo mejor es la inactividad, el dejar pasar, el no actuar, porque el buen gobernante es aquel que comprende la armonía interna de los conflictos. El gobernante que quiere evitar los problemas, debe aprender a NO CREARLOS, que es en definitiva la NO ACCION.

El principio tres es LA SUAVIDAD. Plantean que si el gobernante actúa de acuerdo a la valoración del NO SER y actúa tomando en cuenta la NO ACCIÓN, solo necesita la capacidad de captar lo que es blando, suave y flexible, que ellos llaman el RUO.   El KANG es el concepto contrario, pues significa rudeza. Para los taoísta, el éxito de la vida es cuando los seres humanos comprenden la polaridad de la realidad: duro versus blando, seguridad versus inseguridad, acción versus no acción. El problema reside cuando los gobernantes utilizan lo que ellos llaman la trilogía diabólica: Acción – dureza – fuerza – Ser. Estos gobernantes, dicen los taoístas, son evidentemente inferiores.

Por suerte para mí, la búsqueda que inicié intentando dar sentido político al taoísmo no me satisfizo. Seguí profundizando. Me hablaron de Alan Watts, un chino que por accidente había nacido en Estados Unidos, y por accidente también tenía un físico contrario a sus ideas, sus vivencias sus convicciones. Era alto, blanco y de pelo rubio. Decía su hijo, que desde que recuerda su padre vivió como un oriental. Bebía infusiones de plantas exóticas, tocaba la flauta de bambú y era un especialista en danzar los difíciles pasos del tai chi. En su libro, El Camino del Tao, Alan Watts define al Tao como el modo en que el hombre coopera con el curso o la tendencia del mundo natural, cuyos principios descubrimos en el fluir del agua, el gas, el fuego, y que fueron posteriormente grabados o esculpidos en piedra, madera, y por “ultimo plasmados en diversas formas de arte humano.

¿Confuso no? Cuando leí esto solo pude tener una conclusión, Watts nos invita a vivir con  y por la naturaleza, invitándonos a adecuar nuestras actividades a la ley de la vida natural. Pero afirmaba con dolor que esta ley era, y es, violada por la vida moderna.

Una de las cosas que más recurrentes del pensamiento taoísta es resaltar permanentemente las bondades del agua, pues tiene, dicen los taoístas, muchas bondades. Alan Watts no se quedó atrás. Decía que el agua es un elemento gratuito que nos ofrece la naturaleza, y que una de sus propiedades es que no ataca a los obstáculos, sino que sabe encontrar pacíficamente su camino alrededor de ellos. Los ríos constituyen el ejemplo vivo de esa bondad del agua, pues aunque busquen el nivel más bajo y el curso más fácil, encuentran obstrucciones que no evitan, sino que los bordean, y llegan siempre al mar.

Watts fue un crítico de la sociedad occidental, caracterizada por el conflicto y la contradicción. Abogaba por el principio taoísta del yin- yan, que es la verdadera polaridad taoísta, que según él forma parte del sistema del universo, ofreciendo una visión cíclica del tiempo y la historia, en contraste con la posición linealmente destructiva propia de las culturas occidentales. Buscaba respuestas a las incontables interrogantes que la vocación destructora del progreso occidental genera en su corazón y en sus propias entrañas. El progreso occidental, decía, origina más problemas que los que resolvía. La tecnología, aseguraba Watts, ha sido pensada como un arma destructiva, más que constructiva para ayudar a la humanidad.

Comparaba el arte de vivir con el arte de navegar, puesto que lo importante es conocer los vientos, las mareas, las corrientes, las estaciones y los principios de crecimiento y decadencia, de modo que en nuestros actos debemos utilizarlos en lugar de luchar contra ellos.

Uno de los más grandes descubrimientos que hice en mi búsqueda por la filosofía china, fue el reencuentro con lo cotidiano, con las pequeñas cosas de la vida.  Acostumbrada, como todas las personas que somos producto de esta sociedad, a valorar solo “lo importante”, lo que se conoce como “trascendente”, me olvidé de lo pequeño, de lo que pasa inadvertido en nuestras vidas.  El Tao Te Ching me ofreció la clave para cambiar mis percepciones sobre la vida y las cosas:

Un árbol de grandes dimensiones nace de un brote minúsculo

Una torre de nueve pisos se ha levantado desde un pequeño montón de tierra

Un viaje de mil millas comienza debajo de los propios pies.

            Después de leer esas maravillosas reflexiones entendí que la vida debe ser vivida como una armonía de todo lo real, del silencio, del ruido, de lo pequeño, de lo grande, de la oscuridad y de la luz.

Flavio Darío Espinal, amigo de infancia, y hoy el flamante Embajador dominicano en Estados Unidos, me envió un artículo que encontró en la Revista Vuelta que hacía referencia al libro Trazos, en el cual  Octavio Paz hablaba de sus incursiones intelectuales en la filosofía china. En esta obra el gran intelectual mexicano hace una reflexión sobre el quehacer filosófico chino, especialmente el taoísmo y el confucionismo. Posteriormente publicó en la misma Revista Vuelta, en abril de 1997, un trabajo maravilloso sobre Chuang Tzu.  Inicia el artículo auto criticándose de que en la obra Trazos había hecho una criminal omisión al no hablar ni hacer referencia a ese pensador chino, que había sido uno de los padres del taoísmo.

Paz, admirador del pensamiento oriental, fue crítico con él. Decía que el taoísmo y el budismo propugnaban por la pasividad y la indiferencia frente al mundo, pero sobre todo al olvido de los deberes sociales y familiares. Para Octavio Paz, el mayor crimen era la imposible búsqueda de un estado de completa beatitud.   Paz afirmaba que era tal la riqueza de los pensadores chinos que podría compararse a los filósofos griegos, especialmente los pre-socráticos.

Sobre Chuang Tzu, Octavio Paz decía que era el más profundo y prolífero de los pensadores chinos. Afirmaba que había un Chuang Tzu sabio, un Chuna Tzu moralista y un Chuna Tzu dialéctico. El pensador chino utiliza el elemento contradictorio del pensamiento chino, al afirmar que “sólo los que conocen el valor de lo inútil pueden hablar de lo útil”. Más interesante resulta su sentencia: “es evidente la utilidad de la inutilidad”.

Como buen taoísta Chuang Tzu proponía el amor a la naturaleza, a la sencillez de la vida y el respeto a las leyes y normas que los poderes naturales ofrecen. Era un defensor de la ley del cielo y la ley natural, proponiendo, como lo hacía también Confucio, el orden cósmico, donde la naturaleza y sus cambios recurrentes normen la vida de la humanidad, así como la vida nos regaló las estaciones del año.

Diez años después de haber iniciado la búsqueda en las ideas del pensamiento taoísta, puedo decir, que es mucho lo que he aprendido. Además del reencuentro con mi padre, que fue, como dije, el origen de esa auto imposición, el Tao me enseñó a encontrar belleza y riqueza en las cosas simples de la vida, y sobre todo, en la búsqueda de aprender a vivir más allá del trabajo y los compromisos sociales. Como dice Lin Yutang en La importancia de vivir, el fin de la vida no es otra cosa que simplemente vivir.

Descubrí con el Tao, aún cuando sus planteamientos tengan elementos objetables, que en el universo todos somos importantes: el soberano, quien tiene la responsabilidad de gobernar bien, los trabajadores porque con su sudor nos ofrecen muchas cosas, el filósofo porque da razón y vida a lo cotidiano, porque “hay sabiduría en el tonto; hay la gracia del torpe; hay sutileza de la estupidez, y hay ventaja en ser pasivo”.

A fuerza de tropiezos, aprendí el sentido del NO HACER, del ocio. Como dicen los taoístas, el culto al ocio significa que hay calma interior, un sentido de despreocupada irresponsabilidad y un goce intenso y pleno de la vida y de la naturaleza.

Educada por la ciencia occidental, busqué durante años la verdad de la ciencia, y en mis intentos y reintentos entendí que es más importante conocer la vida que la verdad. Este aprendizaje me permitió asumir de manera distinta el triunfo y el fracaso. El triunfo hay que tomarlo con calma, para que la gloria efímera no dañe tu intelecto y te creas el centro del universo. El fracaso es un momento para detenerse, pensar en las fallas para reiniciar el camino de la vida. La perfección no existe. Se impone sabernos limitados y plenos de defectos.

 

El encuentro con las ideas de Confucio

 

No había leído mucho de Confucio, hasta que el Padre Alemán me dijo un día: Mu-Kien deberías leer a ese sabio chino, es más plural que el taoísmo, que era, a juicio del padre amigo, la filosofía de los Emperadores.   Me había desafiado. Busqué libros por dondequiera, y comencé a conocer a Confucio, colmó mi búsqueda cuando leí en una revista que el gran Octavio Paz, ferviente lector de filosofía oriental, afirmaba que los griegos no eran originales, que incluso Sócrates y su mayéutica no era más que una reproducción de los diálogos provocadores de Confucio y su discípulo Mencio. Admiraba Octavio Paz a Confucio, pero también era crítico con el mítico pensador chino, a quien definió como utilitarista y  conservador, ya que su pensamiento se había convertido en  la justificación para la conquista y el mantenimiento de un imperio que duró mil años.

Empecé a descubrir Confucio, e incluso he escrito algunas cosas sobre su concepción en el arte de gobernar.  Nacido más de quinientos años antes de la Era Cristiana, Confucio, sin llegar a ocupar puestos importantes en su China natal, logró, sin embargo, tener una gran influencia en la política de su tiempo. A diferencia de otros sabios, Confucio no fue un personaje que se preocupó de las elucubraciones filosóficas o metafísicas.  Muy al contrario, su preocupación  fue siempre la búsqueda de soluciones prácticas a los problemas que se enfrentaba con la realidad de su tiempo.

“Confucio dijo: Yung tiene capacidad para ejercer las funciones del que se sienta de cara al mediodía, es decir, las funciones del gobierno del reino.  Yung preguntó si Tsang-Pe-tse sería capaz de desempeñar las mismas funciones.  El Maestro le dijo: Cuenta con la suficiente inteligencia y agudeza como para desempeñarlas.  Yung comentó: para desempeñar las funciones de gobierno también es preciso que además de capacidad se sepa actuar con dignidad en todo momento, para de esta manera granjearse el respeto de los gobernados. También resulta indispensable ser benévolo y generoso, sin incidir en los extremos de la prodigalidad a que puede llevar un temperamento desprendido. El Maestro asintió y dijo: Las palabras de Yung son acertadas.” Confucio

 

“Confucio ha dicho: Cuando se gobierna a un pueblo de acuerdo con las leyes de la buena administración y se le mantiene en paz por miedo a los castigos, los gobernados intentarán que no se descubran sus malas acciones, pero no sentirán vergüenza por ellas. Si se gobierna a un pueblo según los principios de la virtud y se le mantiene en paz con las únicas leyes de la convivencia social –que es la ley del Cielo-  los gobernados se avergonzarán de sus malas acciones y así progresarán por el camino de la virtud.” Confucio

“El hombre superior, el noble, encamina todas sus capacidades mentales al descubrimiento de los principios fundamentales... el principio fundamental de la humanidad o benevolencia universal hacia todos los hombres constituye la base de la piedad filial y del respeto fraterno... ”  Confucio

 

“Si amamos a nuestros semejantes y somos humildes, lograremos la perfección máxima y obtendremos la virtud.  TSE – Lu siempre tenía presente esta máxima y la mencionaba frecuentemente. El maestro dijo, no basta con hacer el bien. También es preciso entregarse al estudio y buscar la verdad...” Confucio.

Confucio confiaba en el ser humano, afirmaba que era bueno y libre por naturaleza, pues de lo contrario, “sería víctima de la infelicidad”.   Sin embargo, estaba consciente el Maestro de que si bien la bondad era intrínseca de la existencia humana, la realidad era una constante negadora de esta creencia.  ¿Cómo lograr una solución coherente a esta dicotomía?  ¿La respuesta? Fácil para él: “Volver al origen”. Afirmaba convencido de que “el hombre noble tiene que entregarse al estudio de los ritos y a aumentar todos sus conocimientos.  Tiene que someterse a los usos y costumbres ya estipulados.  Sólo de esa manera podría mantenerse en la senda correcta.”  Esta concepción de respeto y veneración al pasado, de amor filial incondicional, tiene una función fundamental en la vida de cada persona. Lo interesante de la visión confuciana es que no se queda en el mero espacio de lo individual, sino que proyectó sus ideas al conjunto de la sociedad, y por supuesto, al gobernante.  Estableció las cualidades y fórmulas que a su juicio (y al mío también) debía tener y aplicar la persona que asumiera la responsabilidad de guiar los destinos de un pueblo:

1.      Lo primero que pide a un gobernante es eficacia, una capacidad que debe basarse en la sabiduría.

2.      La relación entre el gobernante y los gobernados debía ser una relación filial. De los segundos exigía respeto, del primero una buena conducta, que con su ejemplo inspirara confianza y benevolencia.

3.      La bondad debía ser, según Confucio, la principal cualidad de los gobernantes.

4.      Recomienda el uso de la fuerza sólo en momentos necesarios

5.      Recordaba Confucio que el gobernante no debe buscar el aprecio del pueblo, sino cumplir con su deber, ya que su misión no es obtener popularidad sino realizar de forma adecuada la tarea encomendada.

Las enseñanzas de Confucio, como puede verse, son sencillas, simples y prácticas, muy prácticas; tan susceptibles de ser aplicadas sin ocasionar grandes convulsiones, que no resulta extraño su enorme influencia. Al morir Confucio, su escuela se dividió en dos, y sus enseñanzas se esparcieron por el mundo, en algunos casos tergiversadas. 

 

La tierra prometida de mis ancestros.[13]

 

“Últimamente comprendí el significado de la tranquilidad. Día tras día me mantuve apartado de la multitud. Limpié mi cabaña y la preparé para la visita de un monje, que llegó a visitarme desde las montañas lejanas. Vino bajando desde los picos ocultos por las nubes. Para verme en mi casa de techo de paja. Sentados en el pasto compartimos la resina del pino...Al terminar el día encendimos nuestra lámpara. Las campanas del templo anuncian el comienzo de la noche. Repentinamente advertí que la Tranquilidad es realmente la FELICIDAD, y sentí que mi vida tiene abundante ocio...” Wang Wei.

 

Desde que mamá partió hacia el infinito, en abril de 1999, para acompañar a papá en la eternidad, sus hijos decidimos iniciar la travesía inversa para reencontrarnos con la otra parte de la identidad perdida ya en el laberinto de la vida y envuelta en los vaivenes del dominio occidental y caribeño de nuestra muy cargada cotidianidad. 

El viaje a China continental se constituyó en un punto de partida y llegada para reencontrarnos como familia en el más amplio y profundo sentido oriental, por eso invitamos a participar en el proyecto a algunos de los primos, así como amigos cercanos, chinos por afección. El grupo quedó finalmente integrado por 39 personas; 25 de las cuales éramos parientes (hermanos, hermanas, esposos y esposas, cuñados y cuñadas, hijos, hijas, primos y primas). De los nueve hermanos Sang Ben, logramos ir siete.  Ping Sien y Ping Jan, no pudieron acompañarnos por razones familiares.  Partimos el miércoles 7 de agosto del año 2002 a un largo y hermoso viaje de tres semanas hacia China continental, corazón del oriente y cuna de nuestros antepasados.

Creo que para los hermanos Sang, los primos Linkon Pons, Rosario Sang y Elena Ho, este viaje significó un reencuentro con una parte  vital de nuestra identidad híbrida   Somos Dominico-Chinos, nacidos de la simbiosis y la doble raíz cultural y racial. ¡Viva esa riqueza! ¡Viva la identidad cultural! ¡Multicolor es el nuevo signo de la identidad hoy!

Llegar a China es una verdadera travesía. Nos costó dos días completos para ir y la misma cantidad para regresar. Empleamos cuatro días de nuestras vidas encerrados en esas aves gigantescas.  El tiempo se hizo eterno en este pequeño espacio infernal y monótono.  El avión, un ejemplo indiscutible de la sabiduría humana, capaz de romper barreras físicas inimaginables está pensando para el traslado, más que para el confort de sus usuarios. Comidas infernales hechas de plástico; y espacios tan pequeños que nos hacen sentir prisioneros del aire.  A veces se dificulta respirar, moverse es una verdadera hazaña. Las lecturas, la música o el cine, únicos entretenimientos posibles, ayudan pero también aburren. ¡Todo sea por la gratificación de la llegada!   A mí alrededor, veía como la mayoría dormía como podía.  Pienso que el sueño que logramos conciliar era el mejor medio para olvidarnos de las largas  horas encerrados. ¡Resiste! ¡Resiste!  Me decía constantemente  que el cansancio será recompensado.

Llegamos a Beijing agotados y felices un 9 de agosto, después de más de 48 horas trajinando entre aeropuertos. El guía que nos recibió, el Sr. Chu, un  ex diplomático, culto y con un español casi perfecto, nos informó que directo del aeropuerto haríamos la visita al Templo del Cielo.  Necesitábamos adecuar nuestros cuerpos al cambio de horario. Así es que sin más protestas hicimos la visita. Sin sacudirnos la modorra del cansancio y sin habernos bañado por muchas horas, tomamos el bus que nos llevaría al lugar. Creo que el sentimiento fue generalizado, pues al ver la majestuosidad de este monumento, nos olvidamos del cansancio.  Había tomado la decisión de que llevaría un cuaderno de notas para escribir todo cuanto aconteciera en el viaje. No quería arriesgarme de que mi memoria me fallara. Las descripciones que aparecen a continuación del relato fueron tomadas con rapidez, cansancio, sorpresa y la alegría de estar presente en la tierra que vio nacer a papá.

El templo fue construido durante la dinastía Ming, hace miles de años, con el propósito de que sirviera de morada al Dios del Cielo.  En la distribución del espacio, se advierte la creencia antigua de los chinos de que  el cielo era redondo y la tierra cuadrada.  Por esta razón, las edificaciones tienen esa simbiosis donde aparecen, de forma casi entrecruzada, espacios diseñados con las dos formas. Aprendimos también que el número mágico chino es el 9. Consideran que los dígitos que van del 1 al 9 únicos, pues a partir de entonces son meras repeticiones. Por esta razón, el número 9 es la representación de la máxima categoría, que sólo podía ostentar el Emperador. La estratificación social se expresaba de muchas formas. Por ejemplo, en los laterales de lo techos de los palacios  se decoraban con figuras de animales, y la cantidad de ellos indicaba la categoría del habitante. Existían cuatro categorías. La mínima tenía tres y la máxima 9 animales decorativos.

            El área o cuerpo principal del Templo del Cielo tiene 3 edificaciones.  Rodeada de un muro redondo.  Los techos están cubiertos de porcelana azul. El edificio es bordeado por un muro, llamado el muro del eco, porque propaga la voz de manera espectacular.  Se puede hablar desde una esquina a la otra, incluso como un susurro, y se escucha claramente.  En el centro está la loza de triple eco.  Una palmada se reproduce dos o tres veces.  Un grupo de nosotros lo probó, y efectivamente se puede escuchar el susurro a una gran distancia. ¡Sorprendente!

La figura del Dragón se repite constantemente en esta edificación, en las pinturas y las esculturas. Evidencia clara de la cultura tradicional china de que este animal mitológico era el símbolo del emperador, y se creía además que su presencia aseguraba la prosperidad, e incluso  controlaba la lluvia en períodos de sequía. Salimos al palacio-templo del cielo de espaldas,  pues según la creencia de los chinos, ayuda a ejercitar la parte trasera del cerebro. Parecíamos locos caminando hacia atrás. Lo hice con miedo a caerme, pero nos reímos de buena gana. ¡Creo que papá y mamá estarán felices en el cielo!  Celebraron con nosotros este encuentro.

Ahora que reviso mis notas del viaje a la China, y hurgué entre los papales de papá, me doy cuenta que en uno de los artículos que tradujo, hay una referencia a la relación cielo-tierra en la cultura china, y por qué los chinos daban tanta importancia a la veneración de esos dos elementos. Veamos lo que dice el artículo;

La historia de China tuvo su origen hace cuatro mil quinientos años …La vida espiritual del chino antiguo, fue igual a la de otros pueblos que empezaron con la deificación y adoración de los fenómenos importantes de la naturaleza. Había un dios de la Lluvia, del Viento, de los Ríos. Un dios de los Truenos, un dios o una diosa del Matrimonio, un espíritu de en la Unión de los caminos y un señor de tras divinidades. Por encima de ellos había un supremo dios, el Cielo, que fue el señor de todos los dioses y de los hombres. En el mismo puesto había también un señor de la Tierra…. La adoración del Cielo y de la Tierra es la forma más alta de religión para las personas comunes…[14]      

Así pues, iniciamos nuestra travesía por la China de nuestros antepasados adorando al Templo del Cielo, el dios supremo, junto al Señor de la Tierra.  El artículo me permite ahora entender por qué aquella majestuosidad en el Templo del Cielo.

            Haber llegado a China ha sido una de las mayores experiencias de mi vida. Haber palpado in sito, las enseñanzas de papá, era algo realmente grandioso. Haber podido ver con mis ojos  las cosas que una vez, hace mucho tiempo, aprendí en la escuela; o había leído en uno de esos libros que te alegran la vida, no tiene descripción.

Los días que estuvimos en Beijing, fueron maravillosos. Al caminar por las calles, vimos bicicletas y más bicicletas, un medio de transporte verdaderamente popular. Según nos dijo el Sr. Chu, en esa ciudad se calculan 11 millones de bicicletas para un total de 10 millones de personas.  La razón de tan gran diferencia, es que muchas familias tienen una de repuesto, como mecanismo preventivo. Viejos, jóvenes, mujeres, hombres y niños utilizan ese vehículo de dos ruedas para trasladarse de un lugar a otro.  Por las calles me encontré con muchos rostros casi iguales al de  a mi padre. 

Había visto por fotos la PLAZA TIEANANMEN o  PUERTA DE LA PAZ CELESTIAL, pero al tenerla frente a mí me quedé impresionada. La inmensa fotografía de Mao Zedong, se impone ante los visitantes. Las filas para ver su féretro son interminables.  Por la distracción de la prima Elena, que me puso conversación al momento de llegar a la plaza, nos perdimos. ¡Qué sensación de desolación! ¡Sentirse sola en medio de aquel gentío es terrible! Traté de hablar con algunas personas para que nos orientaran, pero era imposible la comunicación. Hasta que por fin pudimos llegar a la entrada de la Ciudad Prohibida, la segunda visita del día. ¡Grande fue nuestra alegría cuando vimos llegar al grupo! Por supuesto que permanecí todo el día molesta con Elena, quien no se dio por enterada.

La visita a la Ciudad Prohibida es indescriptible ¡El mismo lugar en que fue filmada la película El Ultimo Emperador!  ¡Cuanta pomposidad! ¡Cuánta vanidad imperial encerrada en ese inmenso lugar exclusivo y excluyente!  El complejo es inmenso. Se pueden pasar días enteros y no se termina de visitar todos y cada uno de los apartamentos que tiene el lugar. Por supuesto que nos llevaron solo a los lugares más importantes.  

Pero la visita a LA GRAN MURALLA  CHINA, la mayor barrera del mundo y una de las diez maravillas de la humanidad, fue lo que colmó mis sentidos. Caminar por ella fue una experiencia única e irrepetible.  La construcción de esta majestuosa serpiente de piedra, tenia un objetivo militar, la defensa. Después de seis siglos de construcción, fue finalizada durante la dinastía Ming. Así gracias al sudor de mas de 500,000 hombres fueron construido 6,350 Km de muros, que tenían  7.5 m de alto y 6.5 metros de ancho.  La muralla consta de  4 componentes, a saber:

  1. La muralla misma, que es la pared
  2. Las fortalezas o fortificaciones  de 2 pisos, diseñadas para combate, vigilancia,  almacenamiento de alimentos y dormitorios de soldados
  3. Atalaya, que eran porciones más altas y estratégicas que servían como puntos de vigilancia.  Avisaban en caso de invasión.
  4. Pasos, que servían para el acantonamiento de regimientos, los cuales estaban ubicados en posiciones estratégicas.

Había un museo donde se exponían los tesoros de los Emperadores. Había una sábana hecha en hilos de marfil para cubrir la cama del Emperador. Los trajes de los Emperadores estaban bordados con hilos de oro y adornados con piedras preciosas.  Un maravilla del ingenio creativo chino y una vergüenza por la vanidad que representaban, y sobre todo por el poder despótico que se ocultaba detrás de esas obras de arte.

Cuando terminó la visita, solo pensé en que las maravillas históricas legadas por nuestros antepasados han sido el producto del sudor y el sacrificio de los de siempre: los sin nada. Y pensé en las pirámides de Egipto, otra maravilla de la humanidad, construida con el sacrificio, incluso hasta la muerte, de los miles de esclavos sometidos por la voluntad y el poder de los faraones.

También visitamos los llamados Hutong, las callejuelas del Beijing tradicional. Esta palabra originalmente significaba pozo, nombre dado por los mongoles. Estos callejones conducen a las casas típicas de las familias chinas.  Conglomerados de pequeñas viviendas grises, en los cuales se establecían marcadas diferencias sociales. La vivienda de una familia adinerada estaba compuesta a su vez de un patio central rodeado de varias casas  En la más grande, colocada normalmente en el centro, vivía el dueño de la casa. A la derecha eran colocados los hijos, a la izquierda las hijas, y atrás las concubinas.  El acceso a ese complejo se hacia por la puerta del lado sur-oriental, pues según la creencia china, inspirada en el feng shui, por ahí es que se recibe el viento del sur, signo indiscutible para atraer los vientos favorables para la familia.  En la actualidad esos complejos se han subdivido y son compartidos por varias familias.

Después de caminar por muchos callejones, nos permitieron entrar a una casa típica.  Conversamos con la señora de la casa. La vivienda fue construida durante la dinastía Ming, hace más de 400 años.  El techo es alto, preguntamos la razón, y nos explicaron que es la mejor forma de adecuarse a las inclemencias del tiempo.  Estaba construída de pino. El patio central está compartido por 3 familias.  Nos dijo que en esa casa vivía una concubina del último Emperador de la Dinastía Ming. Observé la casa con especial atención. Reparé en unos bajantes decorativos con mensajes de bienestar.  Eran iguales a los que papá  tenía en el bar de nuestra casa familiar. El corazón me dio un vuelco enorme. Al verlos le hice seña a los otros hermanos. Ellos también habían reparado en el detalle.

Una de las actividades más lindas fue conocer la ceremonia del té.  Sabia que el té no solo es una bebida popular en China y que forma parte de su cultura, pero no tenía conciencia de cuán importante es para las familias disfrutar del ceremonial del té junto a la familia. El hecho no es sólo compartir la bebida, sino cumplir con un rito muy especial que rinde culto a las virtudes de la bebida y a su sentido social y gregario. He aquí lo que pude anotar.

  1. Primero se huele el té para percibir su aroma.
  2. Se  echa  agua caliente a r la taza.
  3. Las hojas del té se echan en una tinaja de barro.  Luego se le añade agua para lavar las hojas.
  4.  Luego es que se echa el agua hervida.  Cuando el  zumo esta listo se coloca en otra jarra.  Existe, según nos dijeron, una vasija para cada tipo de té.  No pueden mezclarse las vasijas.  El barro que se usa tiene minerales que ayudan al estómago.
  5. Nos dijeron que el té es digestivo, diurético y curativo. Se agarra la taza con tres dedos. Y debe beberse la primera porción en tres sorbos, cada uno tiene un especial significado: El primero es el de la felicidad. El segundo es el de la salud y el tercero de la longevidad

En China hay tres tipos de té, que tienen sus usos específicos: 

1.      Jazmín-  bueno para la piel y los ojos

2.      Guenté - cáncer y presión arterial.

3.  Oblong- para adelgazar

Para degustar se usa una taza pequeña,  para beber una más grande. Muchos del grupo salieron convertidos en amantes del té. Yo, sin embargo, si bien aprecié el ceremonial, pensé mucho en el café caribeño, y no solo lo preferí, sino que sentí en ese momento inmensos deseos de saborear un buen café caliente y cargado.

En la Noche nos llevaron a ver una representación de la Opera de Beijing. Llegamos temprano y entusiasmados. Me sorprendió que en el Teatro hubiera mesas donde los visitantes podían comer, beber té y hasta tomar fotos.  Antes de la opera se permite que los turistas observen mientras los actores se maquillan. Cuando se inició el acto, el grupo completo miraba con interés el espectáculo, pero la música monótona, el extraño lenguaje y el agotamiento fue venciendo uno a uno. Al final del espectáculo casi todos dormían. Yo no sucumbí a Morfeo porque me distraje tomándole fotos a los bellos durmientes.

El pobre Señor Chu, nuestro incansable y atento guía, debía soportar mis tandas interminables de preguntas Sorprendida le pregunté un día cómo era posible que se emplearan 5 años para hacer una alfombra de seda, o que la amplísima producción de porcelana fuera pintada a mano, o que se utilizaran muchos años y muchas manos para hacer una sábana en hilos de marfil. Me contestó que en China el trabajo era parte importante de la cultura, y que el significado del tiempo en oriente era muy diferente al de occidente. La espera, la paciencia y el trabajo constante y cotidiano, me dijo, era el secreto para hacer todas esas maravillas culturales. Pensé en papá y en sus sermones cotidianos sobre la necesidad de trabajar, porque el trabajo, decía, no solo aporta dinero para vivir, sino que ennoblece y disciplina.

Pregunté también el significado del Número 3 en la cultura china, pues en muchos textos tradicionales y modernos aparece como la cifra mágica de la vida, una constante en textos taoístas, budistas y confucianos. Me respondió que mi observación era cierta. Y que la cifra se sustenta que los chinos creen que cada persona tiene tres vidas: La vida presente, la vida pasada y la vida futura  Por esta razón en la cultura tradicional China, la tumba, no era un mero lugar para depositar el cuerpo sin vida de alguien, sino el lugar donde se espera la vida que se iniciará. Los Emperadores de todas las dinastías seleccionaban siempre lugares especiales para construir las edificaciones donde fueran depositados sus restos una vez hubiesen partido de la vida presente. Este lugar debía ser hermoso, cerca de una montaña y bordeado de un río ancho y caudaloso. La montaña serviría de apoyo  y el agua del río permitiría limpiar su cuerpo mientras esperaba la otra vida.

Estas explicaciones me permitieron entender la visita siguiente que se desarrolló en la ciudad de Xian, cuna del río Amarillo, tierra privilegiada por la naturaleza, ya que nunca  ha habido nunca inundación ni sequía. La visita al  Museo de los guerreros de terracota o el mausoleo Qinshi Huangdi, un lugar tan extraordinario que UNESCO lo bautizó como patrimonio de la Humanidad, muchos incluso lo han definido como la  nueva Maravilla del Mundo.

La tumba de Qinshi resulta impresionante  con sus filas apretadas de más de 7000 guerreros hechos de barro cocido, de tamaño natural, completamente armados, con los auténticos elementos característicos de los hombres que sirvieron de modelo, junto a sus caballos, también de tamaño natural. A la entrada del museo se encuentran 2 arqueros sentados en cuclillas.  Las figuras de los soldados pesan entre 150 a 180 kilos. Las primeras fosas fueron descubiertas hace 20 años. Vimos una réplica de una carroza en bronce, oro y plata.  Tiene 2,300 años.  Las carrozas tenían 4 caballos.  El caballo derecho tenía un penacho. Las ruedas tenían treinta radios, que en conjunto significaban: luna llena, felicidad y oportunidad. Al terminar la visita del museo, fuimos a la tienda.  Allí pudimos conocer al campesino que descubrió el inmenso tesoro. Le pedí un autógrafo y me tomé una fotografía con él.

De Xiam nos volamos a Chongching, una ciudad llena de luces, que los chinos se ufanan de decir que es la ciudad de Las Vegas Chinas.  La cena la tuvimos en el museo de Bellas Artes.  Al terminar la cena, el director del museo ofreció una conferencia sobre la pintura tradicional china. Al final nos llevaron al embarcadero. El grupo debía tomar el barco que nos llevaría a descubrir la belleza natural del río Yangtse.  Tuvimos suerte, pues las fuertes lluvias cayeron cuando habíamos terminado. En Shanghai nos enteramos del desbordamiento del río y las secuelas de este desdichado fenómeno natural.

Las gargantas del rio Yangtse.  Nos levantamos temprano para que pudiésemos ver el imponente espectáculo del barco pasando por la primera garganta del río ¡Algo Impresionante! Las montañas penetran el río como si quisieran tragarlo.  La bruma siempre presente en las montañas, hace que se conviertan en algo misterioso para el espectador.  Estrechos pasadizos por donde el barco pasa con dificultad, y mientras cruzábamos, me parecía  como si estuvieran atravesando por las imágenes de los cuadros que veía cuando niña. Recordé que me cuestionaba sin cesar por qué siempre aparecían paisajes brumosos de las montañas y los ríos. Ahora entiendo por qué.  El Yangtse corre aceleradamente por esta garganta, remolinos inmensos acompañan al barco durante su travesía. Las montañas, las más altas de este trayecto se ven de repente entrecortadas por nubes.  Si levantas la vista alcanzas a ver el pico final como una imagen en la cual el cielo y la tierra se unen de manera imperiosa.  Doy gracias mil veces a la vida de haberme obsequiado esta oportunidad, de ser testigo silente de esta maravilla que la naturaleza ha regalado a la humanidad. 

Ahora entiendo porqué al río Yang Tse le llaman el Dragón.  Es un inmenso río que casi atraviesa China, con las curvaturas del dragón, que se lleva a su paso cuanto encuentra.  Cuando el dragón lanza sus llamas los que están a su lado se espantan.  El río ruge provocando fuertes movimientos al barco tratando quizás  de aligerar el peso de este mole de hierro cargado de gente extraña que viene a observarlo.

Al otro día, temprano en la tarde, como a las 2h30pm oímos el llamado de que el barco entraba por la segunda garganta. El sol hizo que el misterio que imprime la bruma se esfumara, entonces la entrada por ese paso no resultó tan impactante.  Sin embargo, la naturaleza con su grandiosidad se impuso ante nuestros ojos.  Las montañas penetran al agua, intentando imponerse al dragón, pero el agua con su fuerza no deja  dominarse por la grandiosidad de las montañas.  Así en el periplo de largos kilómetros observamos dos expresiones de la naturaleza luchando por dominarse mutuamente. El dragón, dijo al río, como buen discípulo taoísta, que debe adecuarse a las adversidades y continuar su trayecto  río abajo.

Un día después entramos a la tercera garganta. Es la más peligrosa, nos levantamos temprano, pues a las 7:00 en punto pasábamos por ella.  La bruma estaba más espesa y era casi imposible ver con detalles la lucha feroz entre el río y la montaña.  Sin embargo, el paisaje seguía siendo hermoso.  Las montañas se tiñeron de colores diferentes. Durante el trayecto visitamos algunas “pequeñas” ciudades de 5 millones de habitantes. Conocimos templos y subimos y bajamos por muchas montañas.

Al terminar el trayecto por las gargantas, tomamos un bus para ver la obra de ingeniería más grande y osada de todos los tiempos: La empresa hidroeléctrica del río Yangtse.  La zona está siendo custodiada por la guardia. Nos dijeron que en la construcción de la presa trabajan más de 20,000 obreros constructores y algo más de 10,000 técnicos e ingenieros. Vimos el sistema de eclusas para el paso de los barcos.  Son 5 en total y tienen  34 m de ancho y 280 m de alto.  No dicen que esta obra, fruto también del ingenio y el trabajo, podrá ser vista, junto a la Gran Muralla desde el espacio.

Cuando finalizó nuestra travesía por el río, comprendí algunas de las ideas que nos dieron durante la conferencia sobre la pintura tradicional china en el en el museo de Bellas Artes de la ciudad de Chongching.  Normalmente se utiliza el papel de arroz o en su defecto la seda. La pintura de los bajantes, elemento tradicional de la cultura china, se coloca en el centro. Dejan dos espacios, arriba, o el lugar del cielo, y abajo, el que corresponde a la tierra. En la pintura tradicional, no importa tanto el dibujo, la perspectiva o la luz, sino el color. Para reproducir la bruma de las montañas se utiliza tinta negra, que dependiendo de la forma de colocar el pincel ofrece diferentes tonos de negro (¡los mismos tonos que vi cruzando el Yangtse1).  En el barco había un pintor que se especializaba en pintar las pequeñas botellas por dentro. Utiliza un pequeñito pincel que en vez de tener sus cerdas verticales, están horizontales para poder pintar el cristal. Una pequeña botella puede durar horas y días, dependiendo de los detalles.  Lo hacía sin prisa, sin presión.  Mostraba su arte sin alardes, esperando que algún turista interesado le comprara su obra de arte.

Esta experiencia nueva, única en mi vida, me ofreció un nuevo motivo para pensar profundamente en la identidad. Me dije a mí misma, cuán orgullosa me siento de haber nacido en el Caribe, de haber acariciado mis raíces dominicanas, pero cuán dichosa soy de poder vivir en carne propia la presencia de otra raíz de mi identidad. Occidente prevalece, de eso no me cabe la menor duda, pero el Oriente se ha hecho cada vez más presente, y me ha hecho redescubrir no sólo su riqueza, sino cuán presente han estado en mí sin quizás darme cuenta.

Antes de llegar a Guangzhou (así se le llama ahora a Cantón), pasamos por el “New York asiático”, la ciudad de Sanghai  El poder económico mundial ha invertido en esa ciudad y le ha transformado.  Su posición estratégica es fundamental para la zona del sudeste asiático:  Singapur,  Korea, Taipei.  Las edificaciones así lo demostraban.  Shangai ha sido el centro tecnológico, cultural y financiero de China.  El capitalismo corre por las calles. El contraste con la zona céntrica es inmenso.  Allí visitamos el Palacio de la Seda. Fue impresionante ver el proceso en que un capullo de gusano se convierte en hilos de seda. Nos cuentan que el proceso dura 5 semanas desde el huevo hasta que finalmente es seda. Cada capullo aporta más o menos unos 1,200 metros de hilos de seda. Para sacar el hilo de los gusanos se requiere una temperatura muy alta. Me impresionó las condiciones laborales tan terribles de las obreras chinas.  Un calor inmenso y un olor muy fuerte se desprende cuando sumergen a los pequeños gusanos en el agua hirviendo.  ¡Pobres mujeres! ¡Manos expertas a cambio de míseros salarios! La tienda de ropa de seda es por el contrario moderna y completa. Una forma de ocultar las injusticias sociales detrás del colorido de las hermosas sedas que se expenden en la tienda.

Finalizada la visita al modernismo capitalista oriental, volamos a Cantón, la tierra donde papá fue concebido y abrió sus ojos al mundo. Al llegar comprobamos que dejó de ser la aldea pobre que expulsaba a sus hijos a la aventura marina, como hizo mi padre y millones de chinos que zarparon en busca de mejor vida. Hoy es una ciudad importante que tiene más de 10 millones de habitantes. Sin llegar a competir con Shanghai, Cantón es célebre por su actividad económica y el alto número de inversionistas extranjeros.

La visita por las calles de Cantón tomó una característica muy especial. A pesar de la terrible humedad y alta temperatura, ninguno de los siete hermanos se amedrentó. Intentamos abrazar en pocas horas sus calles y rincones. Percibimos cómo las magnolias de Cantón, su flor distintiva, está presente en todos sus parques. El contraste entre la zona moderna y tradicional es muy grande. Los callejones están repletos de personas y mercados. Se vende cualquier cosa. La alimentación es lo más impactante: culebras criadas para comer, cucarachas de agua, sapos, lombrices, gusanitos....cualquier cosa se vende, se cría y por supuesto, ¡se come! 

Visitamos el templo de SUN YAT SEN, el gran líder chino, padre de la República, y el principal responsable de terminar con el injusto régimen feudal e imperial. Sun Yat Sen es el orgullo del pueblo cantones, pues era oriundo de Cantón. Este fue, sin duda, el momento más emocionante, especial, importante y único de toda nuestra visita a la gran China. 

El templo de Sun Yat Sen era el lugar favorito de papá. En nuestra historia familiar lo  inmortalizó en imágenes con fotos del 1947 y luego su último viaje en 1979, una vez se eliminó la prohibición de viajar a China de parte de Gobierno de Antonio Guzmán. Recuerdo perfectamente la escalera que lleva a la estatua del liberador de China.  En mis recuerdos infantiles, Cantón era esa escalera.  Todavía guardo en mi memoria la foto de mamá joven y hermosa, con su primogénito sentado en la escalera.  Al ver este monumento el corazón me dio un vuelco. Los demás hermanos sintieron lo mismo. Al ver aquel  monumento y los recuerdos familiares se me atropellaron uno tras otro.  Después tomamos fotos bajo un sol candente.  En la sombra, la emoción nos embargaba a todos y comenzamos a llorar y a abrazarnos.  Papá y mamá imagino que nos observaban felices desde el cielo.  En nuestros pensamientos estaban Ping Jan y Ping-Sien, los dos hermanos que no pudieron acompañarnos.  Caminamos luego por las calles de Cantón y en cada anciano chino veía el rostro de papá. Doy gracias a Dios y a la vida por haberme dado la oportunidad de haber vivido esta experiencia

Al finalizar la visita de casi un mes por China me hice muchas preguntas. ¿Se puede llamar comunista a un régimen autocrático, que proclama abiertamente una economía notablemente capitalista? ¿Fracasó el socialismo? La grandeza de China es indiscutible.  Su capacidad de adecuarse a los nuevos tiempos es impresionante, pero la grandeza del imperio, de la China comunista se ha hecho sobre la base del trabajo injusto del pueblo chino. ¿Será que sólo puede conocerse la grandeza cuando hay explotación? El pueblo chino es un pueblo trabajador.  Todo desde su artesanía hasta las obras monumentales son el producto de la paciencia, la constancia y la dedicación. Toda China es un mercado.  Se vende todo a cualquier precio. ¿Se convertirá China en una potencia? ¿Cuál será la posición de Estados Unidos y Europa? ¿Y Japón, país que no sale de su crisis, qué hará ante el avance de China? ¿Podrá Taiwán sumarse a la China continental guardando su identidad?

El retorno fue tan largo y agotador como la ida.  La diferencia era que en la partida teníamos la ilusión de lo desconocido, en el regreso la felicidad de lo descubierto. Creo que el viaje cumplió con su misión.  Los Sang Ben, ratificamos la riqueza plural de nuestras raíces, y regresamos a República Dominicana, nuestra patria chica amada, con la alegría de que formamos parte de una simbiosis cultural, donde se entremezcla el té oriental, el café caribeño, la alegría dominicana y la búsqueda de la tranquilidad, camino seguro, según las creencias chinas, hacia la felicidad.

No había pensado nunca en el tema de la identidad. Me sabía de ascendencia asiática, algunas amigas de infancia me llamaban “china” de cariño, pero no era una preocupación para mí encontrar las raíces de esa doble dimensión de mi identidad, hasta que hice conciencia, y comencé a hurgar en los grandes laberintos de mi memoria para reconocerme como una dominicana híbrida, producto del  encuentro entre dos culturas diametralmente opuestas, y a pesar de las apariencias, complementarias.

Soy una de sus hijas y me siento orgullosa de mi doble y complementario origen. Doy gracias en nombre de los hombres y mujeres que han vencido múltiples trabas impuestas y han soportado, con dignidad, tantas exclusiones, abiertas o soterradas. Las reservas sociales sobre mi origen no han hecho más que fortalecer mi espíritu,  y ratificar la firme decisión de que es necesario avanzar en el camino de la vida.

 

Cerrando el círculo

 

Gracias papá, por tu amor, tu dureza, tu ternura. Gracias por enseñarnos a ser críticos, incluso contigo mismo. Gracias por amarnos  cada uno de los nuevo con nuestras diferencias, con nuestras deficiencias, con nuestras virtudes.  Gracias por insistir en que tratásemos de ser tan buenos como podamos, aún cuando no aprobaras la dirección que nuestras vidas tomaran.  Gracias también, papá, por cometer errores, por ser humano. Finalmente gracias por amar tanto a mamá. La mejor lección que tus nueve hijos tuvimos de amor, respeto y honestidad.  Peng Bian

 

En Cantón, bajo el árbol de Lychee, el Señor Chu, nuestro competente guía, nos habló emotivamente y nos dijo que en la tradición china se habla de que cuando alguien sale de la aldea en busca de mejor vida y regresa triunfante, lo hace vestido de seda. Utilizó la simbología para decirnos que nosotros, los hijos de Miguel Sang, habíamos regresado por él, también  cubiertos de seda. 

Rosario Sang, una de las primas que nos acompañó en el viaje, pudo visitar la aldea donde nacieron sus padres.  Y aprovechando el momento, visitó la aldea donde nació y pasó su niñez nuestro padre, Miguel Sang. Fotografió la casa y pudo conversar con algunos de sus amigos. Con esta noticia, nos sentimos con la deuda moral de llegar hasta allí  Desde que llegamos a principios de septiembre del 2001, mi hermana Mu-Yien, la “matatana de los Sang”, movió cielo y tierra para contactar a alguien que conociera a papá en su aldea nativa. El primo, José Chiang, del que hablé en páginas anteriores, la puso en contacto con un amigo de infancia de papá y coordinaron un encuentro.  Un nuevo viaje se organizó a China con el propósito de visitar el verdadero lar nativo de nuestro padre.  Esta vez fueron tres de las hermanas, Mu-Yien, Suk Yien y Suk Lang, además del primo Linkom y su esposa Orietta. Esta visita significó, sin duda alguna, el cierre de un círculo importante en nuestras vidas.

Mis hermanas lograron contactar a un amigo de la infancia de papá.  Se citaron en un hotel de Cantón. Había un problema, mis hermanas no sabían, ni saben, cantonés ni mandarín, y el amigo de papá no sabía ni español ni inglés.  Pero cuando hay interés de comunicarse, todo es posible.  En el lobby del hotel, sin conocerse, se reconocieron.  Se sentaron, y como saludo inicial, el amigo de nuestro padre le pasó un paquete.  Era una foto de 1956.  Sólo estábamos nacidos 7 de los 9 hermanos.  Yo tenía un año, y Suk Yien estaba recién nacida. Me cuentan que cuando vieron las fotos, la nostalgia fue grande. ¡Había conservado la foto por más de 45 años!  Como había El amigo de nuestro padre se acordó que había una china que vivía en la República Dominicana y que estaba en una aldea cercana. Tomó el celular y llamó a “Clitina”, una china de pura sepa que tiene en el país un negocio de comida en Haina.  La “traducción” de la conversación fue muy original. El amigo de nuestro padre hablaba con “Clitina” por teléfono, enseguida se lo pasaba a Mu-Yien, y así sucesivamente.  Estuvieron con ese sistema un buen rato, hasta que “Clitina” aceptó que la fueran a buscar para servir de traductora.

El objetivo del viaje era llevar a mis hermanas a la Aldea de nuestro padre. Después de buscar a la “traductora oficial”, se dirigieron a la aldea.  Cuando llegaron, la comunidad completa, vestida de gala, recibió a los visitantes con fuegos artificiales.  Las llevaron luego a la casa paterna.  A pesar de tener más de 50 años cerrada, permanecía intachable, deteriorada con el tiempo, pero inalterable.  Me cuenta Suk Yien que en una de las habitaciones había un costurero de mamá.   A juzgar por la descripción, la casa era en realidad una pobre choza de madera.  En la sala hicieron un altar de bienvenida, con letreros, velas, incienso, fotos…Se hizo una pequeña ceremonia, hablaron, tradujeron, hubo lágrimas, aplausos, abrazos y muchas emociones.  Después la llevaron a recorrer la aldea. En el recorrido aprendieron que antes de morir papá había enviado dinero para que construyeran el puente, de manera tal que la comunidad no tuviera que mojarse en el riachuelo cada vez que quisieran salir de la aldea.  Luego las llevaron a la tumba del abuelo, el mismo que después de haber iniciado el periplo por el mar de China en los años 30 decidió regresar a su pueblo. Murió en su aldea. Papá envió dinero para la tumba.  Las muchas regresaron a Cantón sobrecogidas de la emoción.  Ellas fueron las protagonistas del regreso, vestidas con trajes de seda.

No había pensado escribir sobre este asunto, pero el “plimo de corazón” José Chez Checo y el hermano del alma, el Hermano Pedro Acevedo, insistieron por separado que debía narrar esta parte de la historia. Después de pensarlo mucho, decidí hacerlo. En diciembre de ese año 2002 la familia completa, hermanos, esposos, esposas, hijos e hijas fuimos al cementerio a hacer una ofrenda en la tumba de mamá y papá. Rezamos con mucha solemnidad, a pesar del candente sol, un Padre Nuestro, un Ave María y algunas plegarias. Luego Mu-Yien leyó la carta-homenaje.  Mientras leía, las lágrimas corrían por nuestros rostros.

“Hoy tus hijos recordamos esta fecha con una tristeza apaciguada por el tiempo transcurrido y por el conocimiento de que estás acompañado por la persona que fue tu fiel compañera por 40 años, mamá, tu querida “Doña Anda”, como graciosamente pronunciabas su nombre.  Estamos aquí reunidos todos tus descendientes directos... y de otras personas que forman parte de nuestro grupo familiar ampliado y que se han unido para rendirte este tributo... 7 de tus hijos pudimos llegar a tu querida y recordada China, a tu añorado Cantón. Regresamos en tu nombre vestidos de seda a rendir tributo a nuestros abuelos,  a cerrar ese círculo que iniciaste cuando saliste a conocer otros mundos para tener una vida mejor para ti y tu familia.

Sabemos que tú también regresaste vestido de seda;  pero las circunstancias que en ese momento existían en China no permitieron que disfrutaras con alegría ese regreso. Nosotros lo hicimos por ti, con la diferencia de que regresamos más orgullosos de saber qué clase de papá tuvimos, de la enseñanza sin palabras, con ejemplos, que nos ofreciste de tu cultura y de tu renuncia, sin quejas, a tu mundo para ofrecernos un futuro mejor.

Suk Yien, Suk Lang y Mu-Yien tuvieron el privilegio de regresar y completar ese encuentro de nuestras raíces.  Conocieron tu aldea, tu casa y tu gente, Sang Hua Lin y su hermano Sian Buak; hicieron en tu nombre una ofrenda y reverenciaron a nuestros antepasados, visitaron la tumba de tu papá, nuestro abuelo y más que nada, disfrutaron el paisaje que rodea la aldea y que fue tu mundo durante los primeros 14 años de tu vida.  La visita a la aldea nos enseñó un rasgo tuyo que siempre hemos admirado: tu capacidad de ayudar sin estridencias a los demás, ayudas que sólo tú y mamá sabían que se hacían. ¡Qué orgullosos nos sentimos cuando supimos que el puente que comunica  la aldea al lugar de la tumba de los abuelos fue hecho con tu apoyo económico!.

Esta pequeña ofrenda que te traemos y que te acompañará en tu lugar de reposo, está compuesta por tierra recogida de la tumba del abuelo, callaos recogidos de los laterales del puente que ayudaste a construir, algunas piedras recolectadas durante nuestra visita por el río Daning, así como hojas tomadas de un árbol de Lychee que se encuentra en los jardines del Monumento a la Memoria de tu líder, el Dr. Sun Yan Tze. La misma representa el cierre del círculo de tu vida: el regresar a tu lar nativo. Gracias Mamá por ayudar a Papá a ser el padre que fue. Siempre los recordaremos. 


 

III Aprendí que la realidad en China no es color de  rosa

 

“La vida es más importante que un libro. Peor, en cierto modo, mi libro era mi vida.  Era mi testimonio sobre las vidas de las mujeres chinas, el resultado de muchos años de trabajo periodístico. Sabía que mi comportamiento había sido estúpido: de haber perdido el manuscrito, podía haber tratado de recrearlo. Sin embargo, no estaba segura de soportar una vez más los sentimientos extremos que me había provocado su escritura. Revivir las historias de las mujeres que conocía había sido doloroso, y más aún ordenar mis memorias y encontrar el lenguaje adecuado para expresarlas... Cuando te adentras en tus recuerdos, abres una puerta al pasado; el camino tiene muchas ramificaciones y, en cada incursión, el itinerario que sigues es siempre muy distinto...”

 

 “La historia de China es muy larga, pero hace muy poco que a las mujeres se les concedió la oportunidad de ser ellas mismas, y que los hombres empezaron a conocerlas.  En los años treinta, cuando las mujeres occidentales ya estaban reclamando la igualdad entre los sexos, las mujeres chinas apenas habían empezado a poner en duda la sociedad dominada por los hombres, pero ya no estaban dispuestas a que les vendaran los pies, o a aceptar los matrimonios concertados por sus padres.  De todos modos, las mujeres chinas desconocían los derechos y obligaciones de su sexo, y no sabían cómo hacer para ganarse un mundo propio. Buscaban inútilmente las respuestas en su propio espacio reducido y angosto, y en un país en el que toda la educación estaba manipulada por el Partido. El efecto que ha producido en la generación más joven es preocupante.  Para poder sobrevivir en un mundo cruel muchos jóvenes han adoptado el duro caparazón... y ha suprimido sus sentimientos y emociones...” Xinran Xue, Nacer mujer en China.

 

Imbuida en mi búsqueda ideal de la otra parte de mi identidad, embebida por la hermosura de los planteamientos taoístas expuestos en los textos del Tao Te King, Ling Yutang, y maravillada con los argumentos inspirados en el diálogo crítico de Confucio con Mencio, idealicé la cultura china y su historia, olvidando muchos de sus horrores, olvidando incluso que detrás de esas magníficas obras, gracias al ingenio, el talento y la paciencia de los trabajadores, se esconde la injusticia social, la miseria  y la exclusión

Mi primer encuentro con la realidad, fue una conversación fortuita que tuve con Rafael Emilio Yunén hace varios años.  Me dijo que había leído mis artículos, pero que notaba una cierta idealización en mi aproximación a la cultura y filosofía china. Lo escuché con atención, pero me produjo cierto rubor escucharlo. Me envió un trabajo publicado en una revista, que desnudaba las condiciones laborales de los trabajadores en China.  Recuerdo que en esa oportunidad, tratando de resarcir ese error, más por razones intelectuales, que afectivas, escribí un artículo en mi vieja columna del Periódico El Siglo, haciendo referencia a la situación. Confieso sin embargo, que mis sentimientos idealistas seguían intactos.

Tiempo después recibí un regalo desde Madrid. Me lo envió un lector asiduo de mis Encuentros, el Sr. Edgar Omar Ramírez  [15]. Cuando lo abrí me encontré con la imagen de una pequeña y hermosa niña oriental de unos seis años que en sus ojos reflejaba profunda tristeza. Al leer el título entendí el mensaje: Nacer Mujer en China escrito por Xinran Xue.  La hermosa dedicatoria del libro que me escribió el amigo lector, me motivó a devorarlo.  Me dispuse a leerlo tan ávidamente, que mi esposo me preguntó curioso ¿Qué lees con tanto interés? Esto, mostrándole el libro, le contesté brevemente, y seguí sumergida en la lectura. 

“Palabras de la brisa nocturna” era el nombre de un famoso programa radial cuya conductora era la periodista Xinran Xue, la propia autora del libro. Xinran Xue era una aguerrida periodista china, que osó, en las mismas garras del poder político chino, abrir una compuerta para que las mujeres de la China continental abrieran sus corazones y narraran sus desgarradoras historias. Ignoradas, sepultadas por la indeferencia de una sociedad esencialmente patriarcal y opresora, las mujeres chinas, de todas las épocas, han tenido que ocultar sus sentimientos y asumir con resignación sus desgraciadas vidas.

 Inicia el relato comentando con detalle las peripecias que tuvo que hacer para que le aprobaran el programa. Para su primera emisión la periodista intentó ganar la confianza de las mujeres, colocándose en la primera fila, narrando su propia vida como mujer / profesional / madre soltera  “Mi nombre es Xinran-dije al empezar la primera emisión del programa-. Xinran significa “con mucho gusto”.  A través del programa,  la sordidez de sus anónimas existencia salió a flote con toda la crudeza que persona humana pudiera imaginar. Como bien dice la autora en su libro, durante el período comprendido entre 1949 y 1988, las únicas informaciones que recibía el pueblo chino a través de la radio eran las directrices del Partido, por lo que “la comunicación con cualquier ser humano o estamento en el extranjero parecía tan remota y fantástica como un cuento”.  A partir de 1983, durante el dominio de Deng Xiaoping,  se produjo una cierta apertura; pero sólo los periodistas más aguerridos aprovecharon esta oportunidad.  “Con Palabras en la brisa nocturna intenté, dice la autora del libro, abrir una pequeña ventana, un minúsculo agujero, en el que la gente pudiera permitir que sus almas se desahogaran y respiraran después de la atmósfera cargada de pólvora que habían soportado durante los últimos cuarenta años.”  La compuerta que abrió Xinran fue tan grande, que en algunos momentos se vio precisada a enfrentarse con la máxima autoridad de la emisora. 

Con las preguntas ¿qué valor tenía la vida de una mujer en China? ¿Qué filosofía tienen las mujeres chinas? ¿Qué significa la felicidad para una mujer? ¿Qué es lo que hace una buena mujer? Xinran comenzó a buscar respuestas, motivando a las mujeres para que contaran sus propias historias. Algunas, por miedo a la represión, escribían cartas anónimas relatando sus miserables existencias.  Otras, disimulaban su voz para que las autoridades no la reconocieran.  Encontró resistencia en sus colegas y amigos, pero aún así decidió mantener su proyecto de vida: “¿realmente crees que serás capaz de juzgar o modificar las leyes según las cuales viven sus vidas?” le preguntaban para recriminarla.  Ella siguió firme con su posición, y desde que abrió la primera compuerta de diez minutos, llovieron las cartas y las llamadas. Las mujeres chinas ¡por fin! Habían encontrado un espacio para su propio desahogo.

La primera gran historia que Xinran descubrió fue la de Hongxue, una niña que había sido sistemáticamente violada por su padre. Abandonada por su madre, ella y su hermano pasaron a vivir con su padre. “Había ido a parar a la guarida del lobo”.  Para librarse de las garras de su padre, Hongxue se auto castigaba para enfermarse. Un día decidió contarle todo a su madre.  Escuchó trastornada la historia, pero le dijo: “Tendrás que aguantarlo todo por la seguridad de toda la familia. Si no ¿qué será de nosotros?”   Atrapada por el drama familiar, la niña enfermaba cada día más, buscando la muerte. Era su forma de liberarse. Como dice en una de las tantas cartas que escribía a su única amiga: “¡Qué feliz soy hoy! Mi deseo ha vuelto a cumplirse. He vuelto al hospital”.  Lo interesante de la historia, es que la niña decidió adoptar a una mosca como mascota, pues era, según decía, la única caricia verdadera que había recibido en toda la vida.  Las autoridades del hospital trataban de disuadirla, porque el insecto era un transmisor de enfermedades, pero Hongxue buscaba la forma de mantenerla a su lado.  Para no volver a la casa de su padre, Hongxue adoptó el hospital como su refugio, por lo que la enfermedad representaba su liberación. Una de sus cartas más conmovedora era la que expresaba su alegría por encontrarse al borde de la muerte: “!Victoria! no ha dejado de subirme la fiebre durante los últimos dos días. Me siento mal pero soy feliz.”   Poco tiempo después Hongxue murió. Encontró por fin la paz.  Esta historia fue narrada en el programa. Xinran estaba segura de que muchas muchachas que habían sufrido abusos sexuales, habían llorado aquella mañana entre las miles de almas soñadoras de la ciudad.

La segunda gran historia del libro habla de la Trapera, una hermosa y digna mujer, que decidió convertirse en “trapera”, una especie de mendiga, para poder cuidar desde lejos a su hijo, un próspero empresario.  Cuando fue descubierta por Xinran, la trapera decidió irse. Como relata la autora, “entendía que la trapera se hubiera ido. Me había permitido mirar en su corazón y su vergüenza no le permitía volver a enfrentarse a mí. Me dolía haberla ahuyentado de su mundo cuidadosamente construido, pero también me apenaba que se hubiera consumido para dar la vida a sus hijos y que su única recompensa fuera tener que resignarse a ser desechada. Tan solo confiaba en su identidad como madre. Mantuve el secreto de la trapera y nunca expliqué a su hijo cómo ella había vigilado.” 

Una de las cosas más interesantes en la cultura china es el valor tan especial que se le da a la procreación. Una mujer infértil es una verdadera maldición para la familia. Como reza el viejo proverbio chino: “Existen treinta y seis virtudes, pero no tener herederos es una maldición que las niega todas.”  Esta concepción hizo que muchas mujeres se inmolaran, pues preferían morir antes que vivir con la vergüenza de la infertilidad.  Cuando leía los relatos del libro, pensé en mí misma.  He tenido una excelente vida, pero mi vientre y mis entrañas fueron infértiles.  No pude procrear. ¿Qué me hubiera pasado si viviera en China? ¿Me habrían desahuciado? ¿Me habrían relegado a un segundo o tercer plano? ¿Me hubiese tenido que esconder para ocultarle al mundo mi gran defecto físico?

El heroísmo de algunas mujeres madres tampoco puede ser obviado. Ese es el caso del orfanato de Tangshan, una ciudad que en julio de 1976 fue destrozada por uno de los terremotos más violentos que ha azotado a China, donde murieron millones de personas, y miles de familias quedaron destrozadas. En medio del terrible drama humano que vivía esa comunidad, un grupo de mujeres, decidió formar una gran “familia sin hombres”.  Había, según sus palabras, que recomponer la realidad, y responder a los niños que habían quedado huérfanos. Cada madre vivía con cinco o seis niños.  En cada estancia, decorado según el gusto de cada familia recompuesta, había sin embargo tres cosas comunes: 1. el dibujo de un ojo rebosante de lágrimas, con dos palabras escritas en la pupila: el futuro.  2. un marco con fotos de todos los niños que habían pasado por el orfanato y 3. un libro en el que se recogía la historia de cada niño.  Cuenta Xinran que cuando regresó de su visita no podía olvidar la historia de esas heroínas: “Volví a llorar cuando saqué la pluma para poner por escrito las experiencias de aquellas madres. Me resulta muy difícil comprender su coraje. Todavía están vivas. El tiempo las ha llevado al presente, pero cada minuto, cada segundo que han vivido, han luchado con imágenes que les ha dejado la muerte; y cada día y cada noche han soportado el doloroso recuerdo de haber perdido a sus hijos... Sin embargo, deben permanecer vivas; tienen que abandonar sus recuerdos y volver a la realidad... No guardaron bajo llave la bondad maternal junto con el recuerdo de sus hijos,,,con la grandeza propia de las madres crearon nuevas familias para niños que habían perdido a sus padres. Para mí esas mujeres son la prueba inimaginable de las mujeres chinas...”

Del  heroísmo de estas madres, Xinran encontró otra historia interesante, pero extremadamente conflictiva en la realidad China, que trataba el tema de la homosexualidad.  Durante la época de dominio comunista, esta opción sexual era considerada no sólo como una desviación, sino como un estigma.  El lesbianismo era todavía más fuertemente condenado.  La historia comenzó cuando una oyente osó preguntarle porqué no se había tratado ese tema en el programa. Con sagacidad, la periodista pudo salir airosa con una respuesta general, pero sobre todo sin comprometerse.  Pero Taohong, la oyente lesbiana que llamó al programa, insistió tanto que Xinran no tuvo más remedio que escucharla, pero en privado. Esta historia no es diferente a otras historias de muchachas maltratadas, hijas de padres dictatoriales que buscaban en esa hija al varón que tanto anhelaban. 

La otra gran historia relatada en el libro es acerca de una mujer de las altas esferas políticas de China, quien se acercó a Xinran y le relató su historia. Pero la historia fue impedida de hacerse pública, porque “dañaba la imagen de nuestros líderes”.  Esposa de un alto funcionario del partido, se cansó de ser un objeto de su esposo. Sin amarlo, se vio obligada a casarse, pues sus padres y los dirigentes del partido habían arreglado el matrimonio.  “ ¿Cómo pude acabar “casada con la revolución”? En los últimos cuarenta años he vivido adormecida e la humillación. La carrera de mi marido lo es todo para él. La mujer sólo cumple una función física,  nada más. Él suele decir: Si no usas a una mujer, ¿por qué preocuparte por ella? Mi juventud fue interrumpida, mis esperanzas aniquiladas y todo lo hermoso que había en mí, utilizado por un hombre.”

Pero la más conmovedora de las historia es la de “La mujer que esperó cuarenta años”.  Jingy. En 1946 esta mujer logró entrar a la universidad. Era una hazaña para la época. Allí encontró a Gu Da y se enamoraron profundamente. Estudiaron y terminaron sus estudios. De pronto comenzó el proceso de la revolución. “Ambos habían estudiado...y la nueva patria... necesitaba de su conocimiento para la defensa nacional. Eran tiempos de gran solemnidad...Todo incluyendo la separación debía ser aceptado incondicionalmente.    Pero durante la revolución cultural, como Jingy era originaria de una familia de profesionales, fue confinada a un pueblo lejano, con el propósito de “reeducarla”. De profesional exitosa y necesaria para la revolución, pasó a ser una paria que debía rehabilitarse.  Buscó a Gu Da durante más de treinta años, pero no lo encontró. Tiempo después, por una casualidad, logró localizarlo, pero ya estaba casado y con otra familia. El amor eterno que se habían jurado fue olvidado por él. Desde entonces, Jingy se volvió un ser ermitaño y triste que se dedicaba a mirar el lago Taihu.  Vivía recordando los días de intenso amor con Gu Da, pero ya no le importaba ni el presente ni el futuro.

La conclusión de estas historias no es otra que el drama humano que supuso la revolución comunista china, pero sobre todo las atrocidades que se suscitaron durante la llamada revolución cultural china, que no fue más que un proceso de aniquilación de la individualidad por una supuesta moral colectiva que no hacía más que someter y sepultar la libertad, pero sobre todo a las mujeres.

 

 “Una característica de la familia china moderna es tener una familia sin sentimientos, o tener sentimientos pero no familia.  Las condiciones de vida fuerzan a los jóvenes a convertir el trabajo y el alojamiento en las condiciones mínimas para acceder a casarse. Sus padres, sumergidos en los trastornos políticos y los cambios sociales, hicieron de la seguridad la base sobre la cual construir una familia.  Para ambas generaciones, cualquier sentimiento que pueda existir surge a partir de los arreglos prácticos que siempre se anteponen a los sentimientos, y cualquier sentimiento dentro de la familia surge posteriormente a estos.  Lo que la mayoría de las mujeres busca y anhela es una familia que se desarrollo a partir de los sentimientos.  Esta es la razón por la que hay tantas historias trágicas de amor en la historia china. Historias que no florecieron ni dieron sus frutos.” Xiran Sue, Nacer mujer en China

 

Es posible que los relatos de Xiran me hayan tocado tan profundamente porque provengo de una familia cuyos orígenes se remontan a China.  Todavía recuerdo las expresiones de alarma de mi abuela cantonesa ante la actitud tan occidental de la vida que teníamos mis hermanas y yo.  Traducidas por mi padre todas las peroratas y consejos de la abuela que había venido del lejano oriente, no comprendía sus insistencias y sus preocupaciones.

En mi visita a China  noté una sociedad que se transformaba. Dos tendencias opuestas se encontraban en su realidad. Por un lado los valores tradicionales chinos, donde la mujer juega el mero papel de objeto, y por otro, la integración de valores de occidente, en la cual la mujer se integra al trabajo y busca su propio espacio en la sociedad.  Cuando fuimos a Xiam, la persona que nos sirvió de guía era una mujer. Aproveché algunos momentos para preguntarle algunas cosas. Era una defensora de la participación femenina en el mercado laboral, sin embargo, aún persistían en ella, valores tradicionales de los  que no podía, por convencimiento y conveniencia social, desprenderse.

Como dije al referirme en páginas anteriores a mi visita a Shangai, especialmente durante la visita a la fábrica de las telas de seda, constatamos las condiciones verdaderamente infrahumanas en que realizan su labor.  El calor inaguantable y el olor que despiden, hacen del ambiente algo lúgubre, que recuerda las explotaciones de la esclavitud durante  la época imperial china.  Cuando vimos el espectáculo, algunas de las mujeres que allí estábamos nos preguntamos ¿cómo es posible que soporten esas condiciones laborales de forma tan sumisa? 

Al leer el libro de Xinran recordé mis reacciones de encono al leer algunos de los textos que han llegado a mis manos sobre la filosofía China. Mi primera experiencia fue con el libro de Linyutang, como dije antes, uno de mis autores favoritos. Me molestó su manera de percibir a la mujer, pero sobre su defensa a la sumisión y aceptación pasiva de un rol social de tercera o cuarta categoría. Tanto la filosofía y la religión taoísta como confuciana, señalan que la mujer ha de ser esencialmente un objeto de reproducción al servicio de la sociedad, y su función principal debe ser para apoyar a los hombres, los seres más importantes de las sociedades chinas. ¡Qué lástima, la sabiduría china, tan profunda y prolifera se detiene ante la mujer!  

Al leer todas estas historias, al mirar hacia atrás y ver mi propia historia, al escuchar las historias de otras mujeres chinas, al recordar las historias de las Geishas en Japón, al observar el triste papel que le otorgan a la mujer en las sociedades islámicas, me doy cuenta que nuestra historia, la historia de las mujeres, ha sido escrita con sangre y lágrimas. 

Tuve la suerte de haber nacido en un hogar de fuerte tradición china, pero con un grado suficientemente occidental para que nuestro padre otorgara a las mujeres de su familia un papel distinto a lo que él vio en su propio hogar.  Quizás por eso, las cinco mujeres que componemos el lado femenino de la familia somos mujeres fuertes y tenaces.

Después de leer a Xinran recordé a mi padre. De niña escuchaba algunos de sus relatos con gran incredulidad. No podía pensar que sus historias podían tener algo de verdad. ¿Cómo era posible? Parecían meras fantasías. Ahora recuerdo sus palabras, como si fuera ayer, cuando nos hablaba de la tragedia familiar que significó la revolución cultural; o el significado de la purga social de los hombres y mujeres considerados “parásitos” sociales. Lo que significó para muchos la destrucción de las familias.

Al leer todo esto y recordar mi propia historia familiar me doy cuenta, y constato, de nuevo, que la humanidad ha podido avanzar a costa del dolor de mucha gente. ¿Cómo es posible que por el triunfo de un proyecto político seamos capaces de violentar la propia dignidad humana? ¿Cómo es posible que en nombre  de la libertad, sometamos y amordacemos? ¿Es que acaso el fin justifica los medios?  No lo creo. Me resisto a pensarlo.

Gracias a Xinran por regalarnos estas historias. Supe después que tuvo que abandonar China y refugiarse en Europa. Había abierto una compuerta demasiado tarde, y eso era imperdonable. Escribió estas experiencias llevándose del consejo de un viejo amigo que le dijo: “Deberías poner todo esto por escrito. La escritura es una especie de sala de exposición, y un almacén que puede ayudar a crear un espacio para dar cabida a nuevas ideas y sentimientos.  Si no pones estas historias por escrito, tu corazón se colmará de ellas y se romperá.” 

                 


 

IV Los Primeros pasos para entender la  migración china

 

Escogiendo palabras llanas

Para expresar pensamientos simples

Repentinamente me encontré con un recluso,

Y me pareció ver el corazón del Tao.

Al lado del arroyo sinuoso,

Debajo de la sombra del pino oscuro,

Había un forastero llevando un haz de leña,

Y otro escuchando el laúd.

Y así, hacia donde me llevó mi fantasía,

Mejor que si lo hubiera buscado,

Escuché la música del cielo,

Sorprendido por sus raras melodías.  

Ssu Kung-tu, poeta de la dinastía Tang.

 

Tenía toda la motivación para escribir sobre la migración china a la República Dominicana, pero no me había decidido a iniciar el proceso, hasta que el muy querido amigo José Chez Checo, “el plimo”, como nos llamamos cariñosamente, otro chino dominicano que abrazó la historia como oficio, me motivó a que debíamos hacer una investigación profunda sobre el tema pues, me decía “tenemos que pagar una deuda moral con nuestros progenitores”.  Desde hace unos años hemos hecho algunas cosas, pero muy ligeras todavía. Seguimos acariciando el proyecto. Estamos a la espera de un alma decidida haga este proyecto también suyo.

Reconozco de nuevo que no había sido un tema de mis preocupaciones el tema de la identidad y la migración.  Durante mis años de niñez y adolescencia no era preocupación. Fui dominicana por esencia e identidad. La dimensión china de mi vida la redescubrí con la muerte de mi padre.  Decidí entonces que el tema de la identidad y la nacionalidad serían una preocupación no sólo intelectual, sino también vivencial. 

El 26 de junio del 2001 ofrecí la conferencia: “Chinos en República Dominicana: mitos y realidades1961-2000”.  El mes anterior, José Chez había presentado una similar sobre la migración china en el siglo XIX.  Ambas conferencias fueron auspiciadas por la Embajada de Taiwán.  Asistieron muchas personas interesadas en el tema. Expongo aquí los avances de mis reflexiones sobre el tema.

Desconocedora del tema, tuve que leer algunos trabajos para preparar la conferencia. Hurgando como pude, localicé el excelente trabajo del Profesor Juan Hung Hui, un prestigioso académico de la Universidad de Chengchi en Taipei. En su libro “Chinos en América” [16]  afirma que para 1988, habían más de 30 millones de chinos en el  mundo; de los cuales 2.2 millones estaban en América.  Asegura el catedrático universitario taiwanés que la migración china presenta radicales diferencias con respecto a la africana, europeo o japonesa.  Los chinos, dice, no abandonaron China en calidad de esclavos, como fue el caso de los africanos, ni tampoco fueron colonizadores o conquistadores al estilo europeo; ni han podido alcanzar el poder económico de los japoneses. 

La migración china ha sido el producto de la conjunción de dos factores, por un lado la calamitosa situación de China en el siglo XIX,  y por el otro, la  necesidad de mano de obra barata que demandaba la expansión capitalista.  En un principio, sigue afirmando Hung Hui, los migrantes chinos, como todo migrante, pensaban en la temporalidad de su permanencia en América. El regreso al suelo patrio era su signo característico y sobre todo su utopía vital. Sin embargo, las condiciones propias de la migración (el régimen semi esclavista de contratación, la lejanía y el alto costo del transporte) hicieron del regreso una empresa verdaderamente imposible.  Partiendo de esa difícil realidad, Hung caracteriza la historia de la migración china como “un cuadro desolador de discriminaciones, malos tratos, trabajo duro y situaciones conflictivas con los movimientos y agrupaciones obreras de las naciones receptoras” [17]  Pensé al leer esto, ¡Dios cuánto habrá sufrido mi pobre padre! ¡Qué difícil resulta hacer la historia de tu propia historia y tu propia sangre!

La inestabilidad política de China hizo que el flujo migratorio hacia América aumentara de manera considerable en los años cuarenta de siglo XX.  Esta tendencia se refleja claramente sólo tomando el caso de los Estados Unidos.  Según Hung Hui, para 1930 se calcula que la migración china en Estados Unidos era de 74,954; diez años más tarde asciende a 77,504 personas y ya para 1950 esta cifra se duplicó. Se calcula que en esa fecha había 150,005 chinos. Se estima que dos años después, en 1952, llegaron a los Estados Unidos unos 27,502  chinos en calidad de refugiados y en 1960, la cifra llegó a más de un cuarto de millón.

La migración china al Caribe tenía un claro objetivo: servir de trampolín para  llegar hasta la tierra prometida de los Estados Unidos. Cuba, Puerto Rico o República Dominicana eran vistas como paradas necesarias para proseguir el trayecto hacia el destino final.  Pero la realidad en la mayoría de los casos se impone a los deseos.  Muchos de los migrantes chinos que llegaron tuvieron que quedarse en las islas, siempre con la esperanza de zarpar nuevamente para llegar a la tierra salvadora.  Muchos, la gran mayoría se quedó en el país. La utopía americana salvadora se convirtió en una gran decepción. La imposibilidad del regreso a su China natal,  una verdader frustración.  Muchos optaron por crear y recrear su propia cultura, permaneciendo en los ghettos; otros, como fue el caso de mi padre, decidieron vencer las múltiples trabas y exclusiones para  insertarse a la sociedad.  Yo tuve esa ventaja.  En mi condición de segunda generación tuve el camino allanado.

Según Hung Hui, en la República Dominicana, según el censo de 1987 [18],  había en el país unos 5,500 chinos. Se estima que al día de hoy esta cifra se ha multiplicado varias veces. La mayoría de los chinos están concentrados en San Francisco de Macorís, Santo Domingo, Bonao y Santiago.  Las inversiones básicas están a nivel de supermercados, hoteles, empresas de importaciones y exportaciones, criaderos de camarones y relojerías. 

La marginalidad de los chinos migrantes en la sociedad dominicana ha sido algo más que evidente. Creo, y aclaro, esta es una afirmación subjetiva y personal, que sólo los haitianos están por debajo. Y producto quizás de esa exclusión encubierta, la mayoría de los emigrantes chinos de primera generación, como ya dijimos, optaron por encerrarse en su círculo y reproducir su cultura. La integración es más un fenómeno de las generaciones siguientes. Como fue por ejemplo mi caso y el de mis hermanos.

Otro de los problemas de la migración china, fue el tema ideológico. Los chinos que migraron a la República Dominicana en la década de los 40 vinieron básicamente de la China Continental, especialmente Cantón. Mi padre, como dije, era cantonés. Sostengo que la opción del Estado Dominicano (fíjese que no digo Gobierno) por Taiwán creó una crisis de identidad, que con el paso del tiempo se esfumó y volvió a renacer en la década de los 80. Para mayor facilidad expositiva divido la participación de la colonia china en el proceso político nacional en los siguientes períodos:

1.      1961 – 1966. 

      Reflejos de la guerra fría en la colonia. Las luchas por ganar un                                espacio.

2.      1966 – 1978.

      La Embajada de Taiwán gana la batalla y se fortalece. La colonia                            china se activa.

3.      1978 - 1986.

      La diplomacia China es activa en la cooperación. La inserción                                 social de una nueva generación.

4.      1986 – 2000

      Los conflictos de las chinas se reflejan en la diplomacia                                           dominicana

Veamos ahora en detalle cada etapa. Comencemos con la primera, 1961 – 1966. La opción de Trujillo por fortalecer el vínculo con la República China en Taiwán tiene su explicación. Al momento de fortalecerse los vínculos, el tema de la guerra fría estaba en pleno apogeo.  Era lógico pensar que las alianzas estratégicas del Dictador se hicieran con las naciones que se habían definido opositoras del comunismo. Las diferencias políticas que se evidenciaban tanto en el plano internacional, como en la propia China Continental versus China de Taiwán  se reflejaban también en el estrecho marco de la colonia China en República Dominicana.   Es decir la guerra fría se daba al interior mismo de los emigrantes chinos.  Los miembros de la colonia China que defendían las posiciones políticas e ideológicas del nacionalismo, no desaprovechaban ninguna oportunidad para ganar posición y mostrar a la sociedad dominicana el valor y la importancia de este proyecto político

            El Embajador Chino, el Sr. Li Chiao, era un activo diplomático que tenía bien clara su misión en el país. Durante los años que estuvo en la República Dominicana desempeñó su cargo con activismo y decisión. No perdía ninguna ocasión para ganarse la opinión pública. Un suceso nubló la misión del Embajador Li Chiao y fue la desaparición del ciudadano chino Rafael Leo. El rumor público acusaba al embajador de ser el responsable indirecto del hecho.  El asunto tomó tal carácter que el Embajador chino, Sr. Li Chiao, se vio en la necesidad de hacer una declaración pública. Las declaraciones del Embajador tuvieron reacción y fueron refutadas por muchos miembros de la colonia.

Parece ser que el conflicto fue su acta de salida.  En efecto, en septiembre de 1962 un nuevo Embajador Chino presentó sus credenciales al Presidente Bonnelly. El
Sr. Li Chin fue quien sustituyó al activo y polémico Embajador Lin Chiao. La llegada del diplomático calmó bastante los ánimos. 

            Para el segundo período,  1966 – 1978, la Embajada de Taiwán gana la batalla y se fortalece. Durante este período el trabajo tanto de la Embajada China como de la colonia, en especial los miembros de Asociación, dirigieron su accionar en dos sentidos. En primer lugar realizar una dinámica actividad diplomática con el Gobierno dominicano, que al momento se iniciaba el período de los 12 años de Balaguer.  La cooperación técnica fue uno de los principales estandartes. Por ejemplo, en 1968 el país recibió la visita de un enviado especial del Presidente Chiang Kai Shek, el Sr. Sampson C. Shen. En 1971 llegó una nueva misión diplomática-económica procedente de China Nacionalista. Según la información aparecida en la prensa dominicana, esta misión tenía como misión intercambiar ideas y ver la forma de impulsar la cooperación cultural y económica.

El otro elemento era demostrar a la sociedad dominicana los aportes de la colonia china en el país. Por demás, era importante presentar una imagen distinta de la migración china, por lo que se hicieron notables esfuerzos por mostrar cómo muchos ciudadanos y ciudadanas habían logrado abrirse un espacio y descollar en sus respectivas disciplinas. 

El tercer período comprendido entre 1978 – 1986, la diplomacia China se activa en la cooperación y se produce una inserción social de la nueva generación. El ascenso del PRD al poder no significó en modo alguno una desaceleración de las relaciones. Tal parece que la opción por Taiwán fue más que nada una política de Estado. La prensa que pudimos recopilar da cuenta de las múltiples actividades realizadas tanto por la Embajada como por la colonia china, la cual ahora se agrupó en un nuevo organismo: La Cámara de Comercio y Cultura Dominico China, que tenía por objetivo fortalecer los vínculos comerciales y culturales entre los dos países.

Sin lugar a dudas, que la labor del Embajador Michael Tung fue muy activa y sobre todo fructífera.  Fue activo en destacar las figuras de la colonia.  El Embajador Tung fue sustituido por el Sr. Meng Hsien, quien parece que siguió la misma línea de su antecesor.  A juzgar por las informaciones de la prensa, la Cámara de Comercio y Cultura Dominico China jugó un papel estelar en el proceso.  Gracias a su activa participación, muchos inversionistas de Taiwán se motivaron a invertir en el país, sobre todo en lo que se refiere a las zonas francas en el área de textiles.  En ese sentido, la Directiva de la Cámara aprovechó la política diseñada en el Plan Reagan para motivar la inversión extranjera. En septiembre de 1984 apareció en un gran despliegue periodístico sobre el establecimiento de varias fábricas de capital chino en las zonas francas de Puerto Plata y Santiago.

El creciente activismo diplomático de los diplomáticos taiwaneses tiene su explicación.  Taiwán había hecho una decisión estratégica de incrementar sus relaciones económicas con los países de la región del Caribe, mediante la concertación de acuerdos bilaterales a fin de estimular las inversiones en áreas productivas.  Taiwán definió como prioridad en el Caribe sus relaciones con la República Dominicana.  El interés del gobierno chino no sólo era para la inversión sino también para la transferencia de su tecnología.  La presencia de constantes misiones comerciales evidencia esta afirmación.  Entre 1985 y 1986 recibimos cinco misiones de inversionistas privados.

 Pero no todo fue color de rosas durante ese período.  En los ocho años del PRD, especialmente durante el Gobierno de Antonio Guzmán, el país vivió un boom desconocido de migrantes chinos que solicitaban vivir en la República Dominicana.   Las facilidades oficiales eran otorgadas “a compañías o inversionistas que operan en la venta de inmuebles a Oriente y que muestran interés de radicarse en el país.  Una de las facilidades es la de poder vender en el extranjero inmuebles radicados en la República Dominicana sin tener que obtener autorización previa del  Poder Ejecutivo.” El gobierno exigía a los chinos que solicitaban naturalizarse la compra de un bono de RD$ 10,000.00 de la serie Huracán David. Esta venta de bonos se comenzó a aplicar a los chinos que compraron inmuebles en los proyectos turísticos Villa Marina, Isabel Villa y Puerta de Hierro, propiedad de inversionistas de Taipei y Hong Kong. Esta nueva ola migratoria trajo muchas suspicacias.  La prensa de opinión atacó fuertemente. Se habló de una mafia mixta, de dominicanos y chinos, que estaba traficando con la entrada ilegal de chinos que obtenían la nacionalidad dominicana para seguir hacia los Estados Unidos.  Las cifras confirman la afirmación. Para 1986 localizamos varias noticias que dan cuenta que el tráfico en vez de disminuir se intensificó. Un año después, en 1987 se afirma que  4,355 chinos se habían naturalizado entre 1966 y 1985, amparados en la disposición de la ley de naturalización que autoriza a cualquier extranjero a hacerse dominicano si ha comprado un inmueble en la República y ha residido por lo menos seis meses.  Hasta el día de hoy el tema sigue en la palestra pública. Contamos con informaciones diversas sobre el tráfico de chinos ilegales. Durante el pasado cuatrienio las autoridades tuvieron que enfrentar el problema, llegando incluso a deportar varios cientos.

            El último y cuarto período, comprendido entre los años de 1986 al 2000, veremos que en nuestro país se reflejan los conflictos de las chinas, e incide en la diplomacia dominicana. A pesar del escollo que significó el tema de las naturalizaciones, la Embajada China de Taiwán en Santo Domingo y la colonia china residente en el país, continuaron con sus actividades para promocionar la inversión taiwanesa y sobre todo rescatar los valores positivos existentes en la colonia. Así, durante todo el año 1987 aparecieron sendos reportajes sobre Taiwán.  Las acciones positivas siempre se destacan. Durante todo ese año aparecieron hermosas entrevistas con miembros destacados de la colonia: Gionguey Sang, al momento gerente de Codomotor, Venchin Chez, Miguel Sang, etc.  Asimismo aparecieron sendos reportajes sobre algunas actividades productivas que gerenciaban miembros de la comunidad china:  los muebles de rattan, un arte pionero en el país gracias al trabajo de migrantes chinos; panaderías novedosas con ofertas especiales y los supermercados chinos, con su principal atractivo de estar abiertos los siete días de la semana.

La Embajada desplegó esfuerzos por dar a conocer los grandes aportes de los técnicos chinos.  Por ejemplo, varios medios de prensa dieron cuenta que los técnicos taiwaneses han sido los responsables de la mejoría de la industria del papel. Pero, y es lo más importante, se trató de resaltar fue el aporte de China nacionalista a la economía dominicana.  La inversión de capital taiwanés había aumentado de manera considerable. Para 1987 se habían invertido más de US$ 16 millones en  10 zonas francas, dos agroindustrias camaroneras. Las importaciones de productos provenientes de Taiwán también aumentaron considerablemente.  De US $ 28 millones en 1985 subió a US$ 60 millones en 1987. Se calcula que la inversión de los empresarios taiwanés en el país superó los US$ 100 millones en 1994.

Pero el  fin de la guerra fría trajo consigo muchos cambios.  Uno de ellos es la mirada más tolerante del mundo con respecto a la China Continental.  La posición de esta nación en las Naciones Unidas, sobre todo su puesto en el Consejo de Seguridad y su nueva política de apertura ante el llamado del capital internacional, su constantes amenazas de invasión a Taiwán han reabierto las heridas y rivalidades entre las dos Chinas.  Estas contradicciones, evidentemente se reflejan en la realidad dominicana.

El Embajador Kuo Kang durante los años que tuvo en el país tuvo que lidiar con esta realidad.  El objetivo básico de su misión era el mantenimiento de las buenas relaciones con el Estado Dominicano, no sólo en términos económicos, sino también políticos. Se definió un nuevo plan de cooperación, principalmente en el plano agrícola, que incluía el de arroz, artesanías de bambú, de cerdos, ajo, uvas y hortalizas. El plan de acuacultura –en agua dulce- y el Centro de Camarones Marinos abierto en Azua.  El plan también incluía cooperación en el campo energético, al ayudar económicamente para la construcción de una planta hidroeléctrica sobre el río Nizao entre Baní y Azua.

La difícil y conflictiva situación con China Comunista o Continental fue abordada por el Embajador Kang. En ese sentido pienso que la labor de los diplomáticos chinos en el país ha sido muy efectiva. Durante el Gobierno de los 10 años del Dr. Balaguer las relaciones se mantuvieron intactas. Un ejemplo de esto fue la visita oficial del Canciller Frederick Chien en julio de 1993, invitado por el Gobierno Dominicano.  En el cuatrienio del Presidente Fernández se fortalecieron. Y todo parece indicar que durante este gobierno se mantendrá la tendencia.  Los viajes de los dos presidentes es un espaldarazo a Taiwán.  Queda todavía por definir si el país continuará su apoyo solicitando la entrada de esta nación en las Naciones Unidas. De todas maneras el problema sigue latente. Los viejos fantasmas que incidieron en la colonia china en los años sesenta resurgieron, esta vez las contradicciones internas estaban aplacadas, el enemigo llegaba  desde fuera.  Hoy en el país existen dos legaciones diplomáticas chinas: una Embajada de Taiwán y una Oficina Comercial de la China continental. El problema está planteado, y, casi estoy segura, en los próximos años la pequeña isla de Formosa tendrá que negociar con el gran Dragón del Continente, no tiene otra salida.

Haciendo un poco de abstracción de la historia de la migración China, un tema que colmará mis preocupaciones en los próximos años, quiero hacer unas reflexiones sobre este fenómeno humano.  La migración ha sido un proceso eterno en la historia de la  humanidad.  Los procesos migratorios han influenciado de manera decisiva los procesos migratorios. El caso del Caribe, y entre de ellos, República Dominicana, las migraciones han sido su signo.  En la actualidad, los procesos migratorios tienen especificidades nuevas que han tenido como consecuencia la incorporación de nuevos elementos en la identidad.  Aprovecho esta ocasión para retomar unas ideas muy interesantes planteadas por Carlos Dore en un  seminario internacional que organizó la Asociación de Trabajo Social de la República Dominicana. Me permito, con el permiso del propio Carlos de retomar algunas de sus ideas  planteadas esa tarde, porque me parecen que contribuyen mucho a la reflexión.

Señala el amigo Carlos Dore que las identidades nacionales en El Caribe no pueden explicarse al margen de los procesos migratorios que han tenido lugar.  Ahora bien, en la actualidad se están produciendo procesos migratorios que están dando lugar a la formación de identidades completamente  nuevas y, en consecuencia, incorporando elementos hasta ahora desconocidos.  La más superficial  de las observaciones podrá comprobar que en aquellos tiempos en que la República Dominicana era un simple  lugar de recibo de extranjeros, si bien estos hombres y mujeres que llegaban aportaban nuevos elementos étnicos raciales y culturales  que, de hecho, ampliaban el concepto y la realidad de la nación. Este fenómeno se producía casi de manera imperceptible, en la medida que la función de asimilación estatal era tan grande que disimulaba las transformaciones; así, los elementos característicos esenciales que definían lo nacional permanecían aparentemente estables, me refiero a la hispanidad, el idioma español, los límites tanto terrestres como acuáticos.

Hoy día el fenómeno es más complejo. Miles de dominicanos se establecen masivamente en los Estados Unidos, algunas islas del Caribe  y Europa, y a pesar de su lejanía no sienten que han dejado de ser dominicanos. ¿Qué significa entonces este hecho? Sencillamente que las identidades no son estáticas, que sufren mutaciones; y que quiérase o no este grupo de hombres y mujeres que se insertan en esas sociedades, a pesar de permanecer en la marginalidad, crea sus propios vínculos con su lo nacional, pero a su vez, influyen en las identidades de los lugares donde se establecen.

Pero al margen de consideraciones teóricas, aquí les habla una mujer que ha vivido su propia experiencia y que a partir de esas premisas ha decidido escudriñar el tema a partir sus propias raíces. No puedo, como los emigrantes de la primera generación,  soñar con la utopía del regreso. No conozco otro suelo vital que no sea el dominicano.  Las tierras que he visitado alrededor del mundo son sólo referencias interesantes para regresar a la que he considerado siempre mía.  A pesar de las adversidades y consecuencias de mi origen no me he sentido nunca extranjera. Sin embargo, sí he sentido esta sensación durante mi estadía en Francia, por ejemplo.  Al asumir el compromiso de reflexionar sobre las diferentes aristas que contiene el tema de la identidad me doy cuenta cuán compleja es la realidad hoy.

Mi padre adoptó la nacionalidad dominicana. Asumió esa condición con celo inmaculado. Incluso decidió educar a sus hijos en el marco de la cultura dominicana, los elementos  chinos  de nuestra educación eran secundarios.  Tengo recuerdos muy gratos de las fiestas familiares para celebrar el año nuevo chino de acuerdo al calendario lunar. Pero su decisión de insertarse en la sociedad de Santiago lo hizo guardar en un lugar profundo de su corazón algunos rasgos culturales de su vida cotidiana.  Sin embargo, cuando se le diagnosticó un cáncer  mortal en sus pulmones, decidió retomar esos rasgos rezagados de su identidad. Siendo un ferviente católico practicante, ofrecía algunos saludos especiales a una estatua de un Buda que adornaba el jardín interior de su casa.  Esa decisión de sus últimos días le dio una paz impresionante, al haber podido combinar esos dos elementos de su identidad. 

Como dije antes, al morir papá tomé la decisión de descubrir mis raíces orientales.  Desde entonces soy una ferviente lectora de la filosofía taoísta. Intento conocer y transitar los diferentes senderos de una cultura tan milenaria como desconocida. Y lo estoy haciendo sin abandonar uno de los oficios que más amo en la vida, la investigación histórica. Y lo estoy haciendo, sin dejar de ser y sentirme tan dominicana como el que  más. Y lo estoy haciendo, sin abandonar mi compromiso político y social de participar activamente en el fortalecimiento y transformación de la democracia dominicana. Y lo estoy haciendo, sin dejar de reclamar mis derechos y de cumplir con mis deberes en el marco de una nueva concepción de ciudadanía. Y lo estoy haciendo y  hoy, confieso que cada descubrimiento nuevo me hace sentir una mujer mucho más plena y confiada. Y hoy, más convencida que nunca, comprendo cuán compleja es el  conocimiento del camino de la identidad.

Como dije en Ponce hace unos años, lo escribo hoy de nuevo. Soy dominicana por derecho, por nacimiento y por amor. Sin embargo, ahora más que nunca creo en la ciudadanía universal y en la necesidad de que los seres humanos nos sintamos pobladores del mundo. Las fronteras políticas son geografías impuestas por pugnas e intereses políticos. La verdadera división y creación humana debe ser la cultura universal, la búsqueda colectiva de un mejor futuro, sin distinción de credo, raza, color o nacionalidad. ¡Ese es mi sueño! ¡Ese es mi eterno regreso a la vida!  Sé que es una utopía más de esta mujer que no ha dejado nunca de soñar. ¡Qué le vamos a hacer! [19]

 


V Una guerrera defendiendo la identidad híbrida.

 

He sentido discriminación por ser de ascendencia china, pero esos sucesos en vez de amedrentarme, me fortalecieron el espíritu. Creo que mis hermanos coinciden con esta apreciación. Pienso que la labor que hicieron nuestros padres por darnos un espíritu combativo rindieron sus frutos.  De niña me molestaba, pero no hasta llegar a golpear, porque en la calle alguien me gritara “¡China molonga!”, una forma a todas luces despectiva de calificarme.  Ahora, cuando lo escucho me hace gracia, incluso una comadre, amiga de infancia, me llama así con cariño y lo acepto gustosa.  Cuando fui por primera vez a la escuela, tenía entonces unos seis años, me vestí con las mejores galas, un vestido verde con un gran lazo detrás. Estaba impresionada por haber llegado a un lugar desconocido, entonces escuché una voz que me decía: “Chinita, ¿quieres venir a jugar con nosotras? Era una hermosa niña blanca, de indiscutible ascendencia española, que me tendía la mano. Desde entonces Amelia es mi amiga-hermana.

¿Cómo molestarme porque me digan china, si a todas luces mi rostro me delata? ¿Por qué no enorgullecerse por los rasgos diferentes que me brindó la naturaleza de mis progenitores? Aceptarse como tal cual es, constituye la clave. Tengo un rostro indiscutiblemente redondo, unos labios grandes, carnosos, un cuerpo sin las grandes curvas de las mulatas dominicanas y un pelo tan lacio que casi es misión imposible de someter a la forma ondulada. ¿Ir contra la naturaleza es la solución? ¡Claro que no! Así pues, consciente de mi legado, de mi identidad bifurcada y de mi físico distinto, he caminado durante 50 años por estas tierras que Dios puso en este caluroso Caribe.

Sin embargo, creo que hay todavía muchos prejuicios en el país sobre la raza y la dominicanidad. ¿Cuál es el rasgo dominicano? No lo se, creo que nadie lo sabe con certeza. Por eso me he vuelto una guerrillera, o guerrera, el gusto es de ustedes, cuando aparecen afirmaciones extremas.

Hace unos años, leí una entrevista a Enmanuel Esquea, quien en esa oportunidad abogaba por la aplicación del jus sanguini para determinar la nacionalidad dominicana.  Al leer las declaraciones entré en verdadera cólera. ¿Cómo era posible que una persona tan versada defendiera una posición así? Escribí un artículo que salió publicado en mi vieja columna de la revista Rumbo y al que titulé “Los “jus” de Enmanuel”.  Le pregunté con insistencia. Me puedes decir ¿Cuál es la sangre dominicana? A seguida entonces hacía nuevas preguntas intentando encontrar la respuesta: ¿La de los taínos que desaparecieron en el siglo XVI? ¿La de los africanos que llegaron para hacer el trabajo duro de la naciente industria azucarera del siglo XVI y XVII? ¿La de los conquistadores españoles? ¿La de los mulatos? ¿La de los mestizos? ¿La de los italianos que en el siglo XIX llegaron al Caribe a la “nueva conquista” económica e invirtieron en el azúcar? ¿Acaso era la sangre de los migrantes húngaros o los judíos que vinieron durante la dictadura de Trujillo? ¿Podría ser la sangre de los cocolos que fueron importados en condiciones esclavistas durante las tres primeras décadas del siglo XX? ¿La de los chinos que llegaron por diferentes rutas y en diferentes períodos desde principios del siglo XX? ¿La de los haitianos que llegaron primero para sustituir la mano cocola en los ingenios, y hoy es un verdadero problema al venir en masa sin preguntársele? [20]

En la misma tónica le escribí a Pelegrín Castillo, en un artículo fue publicado en mi sección Encuentros en el periódico HOY, sección Areito. Con el título ¿Y... qué harás conmigo? Una pregunta a Pelegrín Castillo, tocaba el tema de la raza y la llamada dominicanidad. El artículo lo hice a propósito de la lectura que hiciera al opúsculo de su autoría llamado “Geopolítica de la isla de Santo Domingo. Migración Haitiana y Seguridad Nacional.”  Confieso que no me sorprendió la esencia de su contenido, aunque reconozco que en este trabajo añade una serie de informaciones que le dan un matiz más racional a su reflexión. En este artículo no toqué sus polémicas y eternas posiciones con respecto a Haití, sino que me concentré en el último aspecto de su reflexión: “¿Qué hacer?” En este apartado Pelegrín se pregunta y responde al mismo tiempo.  Al igual que Enmanuel, vuelve al tema del jus solis y el jus sanguini. Decía que era necesario modificar la Constitución de la República para suprimir o modificar el sistema de atribución de la nacionalidad por Jus Soli, así como fortalecer en sentido general, todo el estatuto jurídico de la nacionalidad y la migración.

Evidentemente que Pelegrín no habla del Jus Sanguini, como lo plantean otros, pero deja abierta esa posibilidad. Le replicaba entonces ¿Qué he sido entonces? ¿Qué soy ahora? ¿Qué voy a hacer en el futuro? Entonces le preguntaba qué haría conmigo, una dominicana nata gracias al Jus Soli.  Nací…en la hermosa ciudad de Santiago, hija de un chino cantones inmigrante, que bien se hizo dominicano; y de una china- dominicana natural de San Francisco de Macorís.  Si se hiciera una suma algebraica de mi condición sanguínea sería así:  ¾ de mi sangre es de origen chino  y  ¼  es dominicano.  Pero si desglosáramos aún más la proporción, la cosa es más complicada. Mi ¾ chino,  no es tan complicado, pues creo que a pesar de que en China hay muchas regiones, aldeas y grupos, prevalece mi sangre cantonesa.  La cosa se enreda con mi restante cuarto dominicano: mi abuela materna era mulata, de rasgos negros muy marcados, pero su padre era de ascendencia española, por eso tenía una tez oscura con un hermoso pelo largo lacio.  Ya lo ves, tengo en mis ascendentes el arco iris racial: blanca, negra y amarilla. Siendo total y absolutamente honesta, en caso de que se me aplicara el Jus Sanguini,  debo asumirme como China. Pero resulta y viene a ser que nunca he ido a China, ni a Taiwán ni a la China Continental, y más aún no hablo chino.  Es más, mi familia (el clan de los hermanos) pensamos organizar un viaje para este verano.  Mi idioma materno es el español, tanto así que cuando hablo en inglés o francés mi acento es hispano parlante. ¿Qué hago entonces Pelegrín?  ¿Me puedes dar una salida?

Esta vez el artículo tuvo respuesta. Pelegrín me contestó con otra frase: “Más racionalidad, Mu-Kien, por favor. Evidentemente que no cuestionó mi dominicanidad, pero en el fondo subyacía su posición frente al tema de Haití.  El haberme convertido en guerrera de la multiculturalidad, es quizás una forma de agradecer a mi padre el haberme dado esta identidad bifurcada e híbrida. Pero he sido, soy y seré guerrera hasta la muerte, porque creo que las posiciones unilaterales de los “dominicanistas” anti-haitianos, no hace más que reducir un tema profundo y complejo. Cuando veo esas irracionalidades que se cometen en contra de los haitianos en nuestro país, pienso en nuestros nacionales en España, Estados Unidos y otros lugares.  Los nuestros también zarpan, se aventuran y llegan a cualquier parte buscando mejor vida.  ¿Por qué a pesar de haber sido víctimas, también nos convertimos en verdugos?

 

Mi patria siempre ha sido esta.  No tengo recuerdos de mi infancia que no hayan sido correteando por las calles de Santiago, en aquel barrio llamado el Pantalón, porque una isleta de cemento dividía las dos calles, asemejando esa vestidura occidental.  Hija, como ya lo he dicho antes, de un padre chino que zarpó y atravesó los mares huyendo despavorido de la miseria.  Llegó al Caribe en 1936 y se estableció en Santiago formando con nuestra madre, Ana Ben, una dominicana hija de padre chino y madre mulata, una familia de 9 hijos. 

 

Nueve hijos engendrados, de los cuales, solo uno, Miguel, nació en China en 1948, cuando papá, junto a su joven esposa, Ana, decidió hacer la aventura inversa. Regresó de nuevo en 1949.  Y a partir de entonces tomó la decisión de hacerse dominicano, naturalizándose algunos años después. Desde la ciudad norteña formó su amplia familia.  En Santiago fuimos a los colegios, compartimos con amigos y amigas. Participamos en los grupos sociales. Vivimos nuestros primeros desamores y desilusiones. Y cada uno ha organizado su vida de acuerdo a sus propios criterios y vivencias.  Del núcleo de 9 hermanos, hoy se ha ampliado a un número mayor de 40, sumando a sus hijos y compañeros y compañeras.

 

Somos dominicanos gracias al jus solis.  Y desde siempre hemos llevado una existencia normal con la marcada conciencia de tener la riqueza de una identidad hermosamente híbrida, llevando ese designio divino como uno de nuestros mayores orgullos. Pero quieren cambiar las cosas, solo por hipocresía e interés político.

 

La perorata política ha tenido sus implicaciones en la vida cotidiana. Mi hermana Mu-Yien, 53 años de edad, casada hace más de 25 años con Simón Suárez, madre de dos hijas, abogada comercial, fue como una ciudadana cualquiera a renovar su pasaporte hace cosa de dos o tres semanas.  Al presentar sus papeles, especialmente el acta de nacimiento, la secretaria de turno, le dijo con desparpajo y desdén que debía pasar a la oficina de naturalización.  Ella sorprendida le preguntó por qué. La empleada sin más le respondió que tenía dos apellidos chinos y que en el acta de nacimiento no se especificaba la nacionalidad de los padres.  Según me cuenta, al principio trató de ser amable y explicarle que ha tenido pasaporte por más de cuarenta años, más aún que lo que solicitaba era una simple renovación.  La joven secretaria especificó que había recibido “instrucciones superiores”.  Mi hermana aludió que además de haber nacido en la República Dominicana, estaba casada con un dominicano. La joven entonces le ripostó diciendo que debía además ir a Interior y Policía, porque su nacionalidad era por matrimonio. Entonces mi hermana sintió que la sangre le hervía. Le dijo: “Soy dominicana por nacimiento, no por matrimonio. Que quede bien claro.” La sangre no llegó al río, porque en medio de la discusión apareció un joven funcionario de pasaporte, y al ver el conflicto se acercó a Mu-Yien y le preguntó ¿usted es una de los hermanos Sang Ben?  Al obtener la respuesta afirmativa, le dijo a la secretaria. ¡Esa gente es más dominicana que tú!

 

Me enteré del incidente porque Mu-Yien, diligente como es, envió un correo interno al grupo familiar ampliado, indicando que había tenido el problema. Sugería que chequeáramos las actas de nacimiento, pues en algunos casos se especifica la nacionalidad de los padres.  El revuelo familiar no fue pequeño.  Algunos de los hermanos se indignaron con el incidente.  En lo particular pensé que era oportuno volver a tocar el tema  una vez más en este Encuentro.

 

Días después, en una reunión de amigos, conté el caso de mi hermana Mu-Yien.  Ahí estaba presente Lina Arzeno Douce, viuda Latorre, la esposa del buen amigo Eduardo Latorre.  Ella también fue a renovar su pasaporte. En la oficina le ocurrió un incidente similar. Tuvo que explicar que su abuelo materno era alemán, que ella era dominicana. Argumentó también que era una renovación, que  ella tenía pasaporte por más de 50 años. Para suerte de ella, le creyeron, pudiendo hacer su transacción.

 

Pensé mucho.  ¿Tendrán todas las personas de apellidos raros demostrar su “dominicanidad”?  Por demás, ¿cuál es el apellido “dominicano?  ¿Nadie ha pensado en lo absurdo de la situación? Tomé la guía telefónica y me di cuenta que hay apellidos de origen italiano, francés, americano, judío, chinos, japoneses, árabe y por supuesto, español. Me pregunté ¿Tendrán ellos el mismo problema? En todo caso, serán muchas las personas que a la hora de renovar su pasaporte tengan que demostrar “su nacionalidad”.

 

Tal vez algún lector pueda pensar que me siento en peligro, vejada o cuestionada. Es posible que así sea.  Después de haber vivido toda la vida aquí, de haber nacido en esta tierra, cincuenta años más tarde, una medida política absurda genere este tipo de conflictos.  Por demás, si hacemos una proporción matemática de la sangre nuestra se verá que el 75% es china y el 25% dominicana, gracias a nuestra hermosa abuela mulata.  Quizás ella nos salve y se nos pueda aplicar el jus sanguini. ¡Gracias Guela Andrea!

 

Lo bueno del caso es que aplicar la medida significaría poner en cuestionamiento “la dominicanidad de algunos grandes hombres”. Por ejemplo, Jacobo Majluta Azar era hijo de padres libaneses que migraron al Caribe en busca de mejor vida.  Juan Bosch Gaviño era hijo de españoles.  Joaquín Balaguer era hijo de puertorriqueña, y dicen algunos que incluso descendiente de haitianos.  El insigne escritor Federico García Godoy era cubano, pero lo asimilamos y nos enorgullecemos que es nuestro. La familia Castillo Selimán es de origen libanés.  Norberto James, poeta dominicano, es de origen cocolo. ¿Y de dónde es el apellido del queridísimo Milton Ray Guevara? ¿De dónde es el apellido Selman? ¿Bonnetti? Armenteros es un apellido español, Vicini es italiano, y si seguimos descifrando nos preguntaremos de nuevo ¿cuál es el apellido dominicano? Más aún, ¿existe algún apellido dominicano?

 

Todo este debate del Jus solis y el jus sanguini no es más que una verdadera hipocresía, una forma de esconder el problema de fondo: el tema haitiano. Hipocresía generalizada. Por un lado el Estado desarrolla campaña de repatriaciones “masivas”, atropellando la dignidad de esos hombres y mujeres, pero por otra parte no enfrenta valientemente las mafias existentes en migración y en el ejército que son los que más se benefician con las entradas de ilegales. 

Hipocresía general. Muchas voces se levantan para criticar a los curas que por labor humanitaria desarrollan pastorales para ayudar a ese sector el más pobre entre los pobres, pero son los primeros que emplean mano de obra haitiana en las construcciones, las plantaciones agrícolas o en el sector servicios a bajos salarios para obtener altos márgenes de ganancia. 

 


VI. Conclusión. Unas palabras prestadas.

 

 El domingo 12 de febrero participé en la tarde cultural de apoyo al barrio chino. Un discurso estremecedor de nuestra “plima del alma”, Rosa Ng . El grupo de dominicos chinos lloramos al escucharla, porque como ella, pensamos en nuestros padres, que zarparon, llegaron, lucharon y aquí, en esta tierra descansan para siempre. Por su valor, reproduzco el discurso como si las palabras escritas por Rosa fueran mías.

 

Todo el Continente Americano es un ejemplo de mezcla racial. Nuestro país no es una excepción.  El vínculo de la República Dominicana con el gigante asiático es irremediable nada ni nadie lo puede detener. ¡Huele a futuro, a progreso, a desarrollo de mercados! Y no es exclusivo de una raza, ni de una etnia, ni siquiera de una nación.

En América Latina Argentina y Perú tienen su China Town, la Habana cuenta no solo con un Barrio Chino sino también con un Cementerio chino, Panamá acaba de construir su Pórtico. Imposible no mencionar a Londres y a Estados Unidos y Canadá. Ahora mismo, en España está formándose un proyecto empresarial con este nombre estrechando los lazos comerciales y humanos entre las naciones. Viven AQUÍ en nuestro país las culturas europeas, africanas, asiáticas… Cada uno de nosotros es descendiente de indio, libanés, sirio, árabe, español, japonés  o chino… y lo maravilloso es que HABLAMOS EL MISMO IDIOMA! Estamos aquí porque el Barrio Chino  de Santo Domingo es una realidad. No se entiende que alguien pueda obstaculizar su construcción porque este programa de proyectos es una visión de futuro y es algo que la sociedad dominicana quiere porque nos aprecia por trabajadores y tranquilos.  ¡Desde que mi padre y el padre de mi padre y los abuelos y bisabuelos de todos los domínico-chinos llegaron a esta tierra, CHINA VIVE EN DOMINICANA! porque vive en cada uno de nosotros.

¿Quién se atreve a negar esta realidad? Venga los sábados o domingos, paséense por el entorno y lo verán  y si no pregúntenle a Don Teofilo Diek de Casa London que él le puede contar las historias de todos los chinos que ha conocido a través de sus largos años en el lugar. Qué es un apellido sino una manera de CREER que estás unido a alguien del pasado? ¿Qué es el pasado si no aquello que elegimos recordar?

WONG, YEE, SANG, CHANG, CHONG, CHEZ, LEE, FONG, JOA, CHÍA, LEO, LILONG NG, ¡Presentes! ¡Presentes Aquí y Ahora! Somos las generaciones regadas con el amor asiático en los lechos caribeños! Somos los descendientes orgullosos de nuestros padres chinos y de nuestras  madres dominicanas. Somos la piel del gong que suena bajo las palmeras, somos Mar Caribe y Océano Atlántico, con gotitas del Río Amarillo ( Huáng Hé, o Hwang-ho) que es el segundo río más largo de China, con 5.464 km. Somos el jade y el ámbar mezclados en esta isla de los encantos.

Somos hijos de la Virgencita de la Altagracia y hasta somos capaces de ir a Higuey a cumplir promesas, sin embargo hemos crecidos bajo las doctrinas del Maestro Confucio y tenemos esperanzas y soñamos despiertos y eso nos da la fuerza de continuar con la construcción del Barrio Chino de Santo Domingo.  Nos hemos criado con el mangú de plátano en la cena o en el desayuno, la yuca, la batata y el ñame, junto al arroz blanco sin sal; al Chop Suey, al Chow Fang, a la carne con jengibre y a la sopa de Aletas de tiburón,o el agridulce alternados con sancochos y tragos de ron o cerveza en lo que llaman bemberria.

Tenemos un signo del zodiaco occidental y otro del horóscopo chino, respetamos todas las religiones y honramos a nuestros muertos.

Celebramos el Año Nuevo en febrero y aunque adoramos el Sol, nos regimos por la Luna. Imploramos a los dioses la protección celestial y deseamos la salud, la prosperidad y la felicidad para todos. ABSOLUTAMENTE PARA TODOS. Los hijos e hijas de ciudadanos de origen chino, aplatanados, somos lo más parecido al AMOR en esta tierra, porque como la dialéctica, somos EL YIN Y EL YANG, las fuerzas que se complementan en dos culturas: LA CHINA Y LA DOMINICANA. 

Y es por eso que CHINA VIVE EN SANTO DOMINGO! Se siente aquí como su gastronomía: OLOR, COLOR Y SABOR que inunda los sentidos. A nuestros padres les tocó siempre la discreción, la paciencia, el trabajo, y la serenidad. A nosotros nos toca el sol de mediodía, el ritmo del merengue,  la bachata y la humedad del salitre. Estamos aquí para mostrar lo que somos, nuestras características, nuestra diversidad, nuestra riqueza pues formamos parte de esta tierra, de esta historia Y de este país.

Y esto precisamente es lo que nos hemos propuesto cambiar y transformar, para que no solo nosotros los chinos y dominicanos de la zona podamos habitarla dignamente sino para que ustedes y los turistas  puedan venir y disfrutarla y llenarse de alegría y conocimientos de nuestra otro lado cultural. 

Es por eso que ASI como no nos podemos privar ya del CHOW FAN, ni del ARROZ CON POLLO CHINO, no tenemos que privarnos de los beneficios de la medicina china, de las artesanía chinas como la Porcelana, de las joyas chinas, de la pintura, de la arquitectura china que ustedes apreciaran en este entorno, de los muebles y estilos chinos, de la ropa y textiles, de los libros, de los médicos chinos (¿dónde está el Dr. Chang Aquino?); de los chinos de Bonao o de Santiago que están aquí, del mentol chino Pochung, del aceite medicinal La Flecha, del ungüento sensual El Chinito, del almanaque chino, de las películas, de la música china, de los modelos chinos, de la historia china, de las supersticiones y mitos chinos que inundan la literatura, de los personajes ilustres chinos, en fin: DEL CONOCIMIENTO MILENARIO CHINO!”

Así, como pudieron ver, vengo desde aquí y desde allá. Soy tan caribeña como china, tan china como dominicana.  

 

 

 

 

 

 



[1]  Paul Cohello,  Manual del Guerrero de la Luz, Barcelona, España, Editorial Planeta, 1999, p.126.
[2]  Me refiero al monólogo al libro de mi autoría Yo Soy Minerva. Confesiones más allá de la vida y la muerte, Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 1993.  Este monólogo se presentó con éxito en el Teatro Nacional. Edilí encarnó a Minerva Mirabal.
[3]  Las dos novelas más interesantes, por lo menos a mi juicio son: a) Los cien sentidos secretos, Barcelona, Ramdom House Mondadori, S. A. y Litografía Rosé, 1993. b)  The Bonesetter’s Daughter, New York, Penguin Putnam Inc, 2001. y c) El Club de la buena estrella, Barcelona, Tusquets Editores, 1990.
[4] Cf. Jacques Gernet, El mundo chino, Barcelona, Editorial Crítica, 1991.
[5] Carta abierta, La Información, 28 de octubre de 1946.
[6] La religión china, La Nación, 1º de marzo de 1946.
[7] La educación de China durante la Guerra, La Nación, 16 de octubre de 1946.
[8] 1. Miguel Sang. Un símbolo de humanismo por Emilio Armando Olivo, Listín Diario, 20 de septiembre de 1988.
2. Sang Miguel por Rafael Emilio Yunén, Listín Diario, 30 de diciembre de 1987.
3. Don Miguel Sang: al cumplir un mes de su encuentro con el Señor por Margarita Vallejo de Paredes,  Listín Diario, 23 de enero de 1988.
4. Miguel Sang. Un Grande Hombre por el Dr. Ángel Chan Aquino, Listín Diario, 8 de marzo de 1987.
5. Don Miguel Sang por José Ulises Franco, La Información,  6 de julio de 1988
6. En memoria de Don Miguel Sang por Teófilo Gutiérrez,  La Información, 22 de diciembre de 1988.
 
 
[9] Mu-Kien Adriana Sang, “Que la fortaleza del buey nos acompañe”, Rumbo 159, febrero del 1997.
 
[10] El Tao y yo, El Siglo, 9 de mayo de 1995.
[11] “Que la fortaleza del buey nos acompañe”, Rumbo 159, febrero del 1997.
[12] “Avanza el tigre”, Rumbo, 211, febrero de 1998.
[13] Este apartado está basado en una serie de artículos titulados Reencuentro, publicados en mi sección Encuentros de la sección Areito del Periódico Hoy durante el mes de septiembre del 2002.
[14] La religión china por Joan Meng Wang, traducción de Miguel Sang, La Nación,  1º de marzo de 1946.
[15] Esta lectura produjo una serie de artículos que fueron publicados en mi columna del Periódico Hoy, que fueron titulados Palabras de la brisa nocturna.
[16] Juan Hung Hui, Chinos en América, Madrid, Editorial MAPFRE, 1992.
[17] Ibid.  p.12.
[18]  Todavía no se conocen los resultados del censo de 1993 ni del 2003.  Se está programando el nuevo censo. Este es uno de los problemas más graves en el país para hacer cualquier investigación: la falta de información estadística fidedigna y confiable. Todo lo que tenemos son las proyecciones hechas por los organismos internacionales sobre la población, pero, por supuesto no ofrecen detalles segregados por origen.
[19] Estas ideas están planteadas en una conferencia que ofrecí al Instituto de Estudiso Dominicanos , University de CUNY, de la Ciudad de New York en mayo del 2001.
[20] “Los “jus” de Enmanuel”, Revista Rumbo, No, 234 de julio de 1998.

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