lunes, 4 de marzo de 2013


 

ENCUENTROS

 

El fracaso de una generación

 

Por: Mu-Kien Adriana Sang

 

Yo también nací en el '53
y jamás le tuve miedo a vivir….

No me pesa lo vivido, me mata la estupidez
de enterrar un fin de siglo
distinto del que soñé.
Yo también nací en el '53.
Yo también crecí con el "Yesterday"….
Qué te puedo decir que tú no hayas vivido,
qué te puedo contar que tú no hayas soñado.
Yo también nací en el '53.
y soñé lo mismo que sueñas tú
como tú no quiero mirar atrás
sé muy bien que puedo volverme sal.
Siempre tuve más amigos
de los que pude contar
sé que hay varios malheridos
que esperan una señal…. Ana Belén

 

 

No nací en el 53, sino en el 55, pero da igual.  Dos años no es nada, cuando se trata de una generación, de los mismos sueños, ansiedades, esperanzas, y, también, por qué no,  frustraciones. . 

 

Abrí los ojos al mundo, cuando la dictadura de Trujillo estaba en el declive, en medio de un  mundo dividido por la guerra fría, cuando los intereses políticos, militares y económicos de dos visiones antagónicas colocaron una imaginaria, pero contradictoriamente real, cortina de hierro. Nací unos años después que los Estados Unidos  había lanzado la bomba atómica, la primera del mundo, para cumplir su misión destructiva. Viví la niñez con el terror sicológico que impuso la dictadura, luego la Revuelta de Abril y la intervención americana.  Fui testigo,  como todas las personas de mi generación, de la carrera armamentista impuesta al globo por las dos potencias dominantes.   

 

Crecí viendo la represión del régimen de Balaguer de los 12 años. Y veía alarmada las noticias y las imágenes de la  Guerra de Corea, primero, para culminar mi adolescencia con la Guerra de Vietnam. Después presencié el intento soviético por controlar Afganistán. Presencié casi impotente, como toda mi generación,  de la competencia entre los Estados Unidos y la otrora Unión Soviética. Los líderes de los bloques querían  tener las mejores armas. Se iniciaba la tesis de la “seguridad”.  La carrera armamentista  había comenzado, sometiendo al mundo en muchas y nuevas guerras.  Lo importante era dominar y dominar no importaba cómo.

 

Mientras tanto, en la juventud norteamericana surgieron las voces clamando la paz. Con razones para protestar, pero confundidos en la forma,  llegaron al extremo. La libertad para ellos, más que política, se expresaba en las drogas ilimitadas y el sexo libre.

 

En América Latina, la esperanza de un mundo mejor se vislumbró por el camino abrupto de la ruptura del orden establecido.  Se hablaba de la revolución.  Los choques entre izquierda y derecha trajeron consigo las dictaduras militares y sus secuelas de muerte, represión y destrucción.  La represión motivó los grupos armados que abogaban la guerra.  Espiral interminable de violencia de uno y otro bando. Nosotros aquí tuvimos nuestros grupos armados, con jóvenes que se entregaron en cuerpo y alma  a defender sus ilusiones.

 

Adulta ya, llegaron los aires de libertad.  El mundo se unió.  La cortina de hierro  imaginaria se desplomó.  Sin embargo, fue la simbólica destrucción de la muralla que dividía la Alemania Oriental y la Occidental la que visualizó esta nueva etapa en la historia. Recuerdo mirar con asombro y alegría cómo derribaban el muro del Berlín.  ¿Qué ha quedado ahora que por lo menos en no existen las  tensiones ideológicas que se planteaban en la Guerra Fría?   Podrían plantear algunos que ahora las tensiones se producen en otro plano: ¿visión de oriente y occidente después de los atentados del 11 de septiembre del 2001?  Eso es posible.  Pero el drama a mi juicio es más complejo.

 

De todas maneras hemos construido una sociedad sin alma.  Una sociedad llena de cosas, de muchos avances tecnológicos y pocos valores humanos. No, no me siento orgullosa de esta sociedad que hemos construido. No puedo estarlo.

 

Cuando miro lo que hemos hecho.  Me afirmo convencida que hemos fracasado como la generación que abogó por la paz y la justicia social.  No podemos mostrar resultados alentadores. Solo podemos enorgullecernos de aquellos que sacrificaron para romper las garras de la dictadura y legarnos la libertad. Fracasó el lado de nuestra generación que defendía el occidente.  Ellos solo lograron el éxito material de algunos pocos y una muy cuestionada libertad sin límites.  Fracasó el otro lado, porque buscando la igualdad, construyeron una sociedad autoritaria, negadora de los derechos humanos, represiva de las ideas contrarias y sobre todo, constructora de miseria para los muchos y riquezas y privilegios para los pocos.

 

Me pregunto qué vamos a mostrar a la generación que nos sigue.  Los jóvenes de hoy no tienen la culpa de vislumbrar una sociedad basada en el tener.  Nosotros le enseñamos que el triunfo material lo era todo.  Los jóvenes no tienen la culpa de vislumbrar el mañana solo como un problema y una responsabilidad individual.  Nosotros les hemos mostrado una de las culturas más individualistas que ha  existido en la humanidad. 

 

Me pregunto finalmente, qué podemos exigir cuando nosotros los adultos hemos hecho tan poco.  Me pregunto si tenemos valor y moral para exigirles un poco de sensibilidad social, cuando hemos sido egoístas por excelencia.

 

No tengo respuestas.  Solo puedo decir esta mañana tranquila de verano que me siento triste, porque nací en esa generación que soñó, pero que no supo construir sus sueños. 

 

Me reconforta saber que todavía tengo fuerzas para seguir creyendo en nuestra capacidad de soñar y de transformar. ¡Nos vemos en la próxima!   

 

 

Sólo le pido a Dios
que el dolor no me sea indiferente
que la resaca muerte no me encuentre
vacía y sola sin haber hecho lo suficiente.

Sólo le pido a Dios
que lo injusto no me sea indiferente
que no me abofetee la otra mejilla
después de que una garra me arañó esta suerte.

Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.
Es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.

Sólo le pido a Dios
que lo injusto no me sea indiferente
si un traidor puede más que unos cuantos
que esos cuantos no lo olviden fácilmente. …

Sólo le pido a Dios
que el futuro no me sea indiferente
desauciado está el que tiene que marcharse
a vivir una cultura diferente.

Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.
Es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente, Ana Belén

 

 

mu-kiensang@hotmail.com

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