lunes, 29 de abril de 2013

Palabras de la brisa nocturna, 2


 

ENCUENTROS

 

PALABRAS DE LA BRISA NOCTURNA II


 

Por Mu-Kien Adriana Sang

 

 

Dedicado a Edgar Omar Ramírez, por su sensibilidad con las mujeres

 

“La historia de China es muy larga, pero hace muy poco que a las mujeres se les concedió la oportunidad de ser ellas mismas, y que los hombres empezaron a conocerlas.  En los años treinta, cuando las mujeres occidentales ya estaban reclamando la igualdad entre los sexos, las mujeres chinas apenas habían empezado a poner en duda la sociedad dominada por los hombres, pero ya no estaban dispuestas a que les vendaran los pies, o a aceptar los matrimonios concertados por sus padres.  De todos modos, las mujeres chinas desconocían los derechos y obligaciones de su sexo, y no sabían cómo hacer para ganarse un mundo propio. Buscaban inútilmente las respuestas en su propio espacio reducido y angosto, y en un país en el que toda la educación estaba manipulada por el Partido. El efecto que ha producido en la generación más joven es preocupante.  Para poder sobrevivir en un mundo cruel muchos jóvenes han adoptado el duro caparazón... y ha suprimido sus sentimientos y emociones...” Xinran Xue, Nacer mujer en China.

 

Una de las cosas más interesantes en la cultura china es el valor tan especial que se le da a la procreación. Una mujer infértil es una verdadera maldición para la familia. Como reza el viejo proverbio chino: “Existen treinta y seis virtudes, pero no tener herederos es una maldición que las niega todas.”  Esta concepción hizo que muchas mujeres se inmolaran, pues preferían morir antes que vivir con la vergüenza de la infertilidad.  Sin embargo, el heroísmo de algunas mujeres madres tampoco puede ser obviado. Ese es el caso del orfanato de Tangshan, una ciudad que en julio de 1976 fue destrozada por uno de los terremotos más violentos que ha azotado a China, donde murieron millones de personas, y miles de familias quedaron destrozadas. En medio del terrible drama humano que vivía esa comunidad, un grupo de mujeres, decidió formar una gran “familia sin hombres”.  Había, según sus palabras, que recomponer la realidad, y responder a los niños que habían quedado huérfanos. Cada madre vivía con cinco o seis niños.  En cada estancia, decorado según el gusto de cada familia recompuesta, había sin embargo tres cosas comunes: 1. el dibujo de un ojo rebosante de lágrimas, con dos palabras escritas en la pupila: el futuro.  2. un marco con fotos de todos los niños que habían pasado por el orfanato y 3. un libro en el que se recogía la historia de cada niño.  Cuenta Xinran que cuando regresó de su visita no podía olvidar la historia de esas heroínas: “Volví a llorar cuando saqué la pluma para poner por escrito las experiencias de aquellas madres. Me resulta muy difícil comprender su coraje. Todavía están vivas. El tiempo las ha llevado al presente, pero cada minuto, cada segundo que han vivido, han luchado con imágenes que les ha dejado la muerte; y cada día y cada noche han soportado el doloroso recuerdo de haber perdido a sus hijos... Sin embargo, deben permanecer vivas; tienen que abandonar sus recuerdos y volver a la realidad... No guardaron bajo llave la bondad maternal junto con el recuerdo de sus hijos,,,con la grandeza propia de las madres crearon nuevas familias para niños que habían perdido a sus padres. Para mí esas mujeres son la prueba inimaginable de las mujeres chinas...”

 

Del  heroísmo de estas madres, Xinran encontró otra historia interesante, pero extremadamente conflictiva en la realidad China, que trataba el tema de la homosexualidad.  Durante la época de dominio comunista, esta opción sexual era considerada no sólo como una desviación, sino como un estigma.  El lesbianismo era todavía más fuertemente condenado.  La historia comenzó cuando una oyente osó preguntarle porqué no se había tratado ese tema en el programa. Con sagacidad, la periodista pudo salir airosa con una respuesta general, pero sobre todo sin comprometerse.  Pero Taohong, la oyente lesbiana que llamó al programa, insistió tanto que Xinran no tuvo más remedio que escucharla, pero en privado. Esta historia no es diferente a otras historias de muchachas maltratadas, hijas de padres dictatoriales que buscaban en esa hija al varón que tanto anhelaban. 

 

La otra gran historia relatada en el libro es acerca de una mujer de las altas esferas políticas de China, quien se acercó a Xinran y le relató su historia. Pero la historia fue impedida de hacerse pública, porque “dañaba la imagen de nuestros líderes”.  Esposa de un alto funcionario del partido, se cansó de ser un objeto de su esposo. Sin amarlo, se vio obligada a casarse, pues sus padres y los dirigentes del partido habían arreglado el matrimonio.  “ ¿Cómo pude acabar “casada con la revolución”? En los últimos cuarenta años he vivido adormecida e la humillación. La carrera de mi marido lo es todo para él. La mujer sólo cumple una función física,  nada más. Él suele decir: Si no usas a una mujer, ¿por qué preocuparte por ella? Mi juventud fue interrumpida, mis esperanzas aniquiladas y todo lo hermoso que había en mí, utilizado por un hombre.”

 

Pero la más conmovedora de las historia es la de “La mujer que esperó cuarenta años”.  Jingy. En 1946 esta mujer logró entrar a la universidad. Era una hazaña para la época. Allí encontró a Gu Da y se enamoraron profundamente. Estudiaron y terminaron sus estudios. De pronto comenzó el proceso de la revolución. “Ambos habían estudiado...y la nueva patria... necesitaba de su conocimiento para la defensa nacional. Eran tiempos de gran solemnidad...Todo incluyendo la separación debía ser aceptado incondicionalmente.    Pero durante la revolución cultural, y viendo que Jingy era originaria de una familia de profesionales, fue confinada a un pueblo para convertirse en una campesina más.  De ser una persona necesaria para la revolución, pasó a ser una paria que debía rehabilitarse.  Buscó a Gu Da durante más de treinta años, pero no lo encontró. Tiempo después, por una casualidad, logró localizarlo, pero ya estaba casado y con otra familia. El amor eterno que se habían jurado fue olvidado por él. Desde entonces, Jingy se volvió un ser ermitaño y triste que se dedicaba a mirar el lago Taihu.  Vivía recordando los días de intenso amor con Gu Da, pero ya no le importaba ni el presente ni el futuro.

 

La conclusión de estas historias no es otra que el drama humano que supuso la revolución comunista china, pero sobre todo las atrocidades que se suscitaron durante la llamada revolución cultural china, que no fue más que un proceso de aniquilación de la individualidad por una supuesta moral colectiva que no hacía más que someter, ¡otra vez! a las mujeres.

 

 

 

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